jueves, octubre 21

¿Qué ha quedado de él?


Octubre 2010.     ¿Qué ha quedado de él?

 

Hoy quito esos escudos laterales que encierran todo comentario en el terreno de lo exclusivo, de lo casi personal, los paréntesis.

¡Porque! ¿Qué hay de personal en esta vida?

Creo nada, lo que te sucede a ti, de alguna manera me sucede a mí.

Nadie escapa de la belleza, como de los trastornos de nuestros tiempos, así como de la serenidad más misteriosa que es la muerte.

Navego por el mar de mis reflexiones y arribo a la costa de la realidad siempre cuestionable.

Entre las escasas pertenencias que me acompañan, aparece una libreta, en la cual he pegado un paisaje, un atardecer de las costas de Baja California, donde el sol se ahoga en el mar entre un abanico de tonos rojos, logrando una panorámica hermosa que permite la entrada elegante de las notas que escribo.

Ahí, entre esas paginas, colmadas de llantos, paciencia, risas, sueños, reflexiones, me encuentro de frente con el doloroso poema: Por la muerte de un niño, escrito como si tocara con la punta de un lápiz, una música que refleja nostalgia, polvo de oro que danza en el desequilibrio de los recuerdos ante el sol de su lectura.

¿Qué ha quedado de él?

Su nombre; en este cepillo el perfume de su cabello nada más.

Un paño bañado de sangre y este poema.

El mundo esta hecho de espíritu y de locura de poder.

No, no comprendo porque me han hecho esto, no pienso disputar, sólo guardar silencio y seguir viviendo.

Ahora es un Ángel, si hay ángeles.

Pero aquí, abajo, todo es banal y vacuo.

No soy capaz de perdonar.

A nadie y nunca más.

Estos versos y su sentido no carente de piedad y lucidez me conquistan.

¿Dónde habrá ido a parar la infancia?

¿Se habrá ido de nuevo rumbo al paraíso y se desbarranco por los caminos?

¿O, ya perdidos los paréntesis, se dejo comer por la bestia sanguinaria que es el lobo de la sociedad?

Desde BC, mi rincón existencial predominantemente espiritual, viviendo una experiencia humana. Andrea Guadalupe.

 


                                            



martes, octubre 19

La virtud de la lujuria…



   Octubre 2010.   La virtud de la lujuria…

 

El esplendor de naturaleza, posee su voz sutil, y en esto, la claridad del erotismo.

Como un sonido de visiones sensuales, convocan a la aceptación, a la indescriptible narrativa.

Obsequio oloroso de almizcle, el colorido que es en corolas levantadas, ofrecen sus pétalos o ramas en las lluvias hipnóticas de sus vapores.

Dios o la vida, la vida o Dios, halago a la mujer, porque cantando y bailando, con su copa derramo el néctar en la música de cada movimiento, dejando caer la semilla de lo que ama y así, la vida se fecundo en una floresta, bosque o rio.

La virtud de la lujuria en palabras, es la poesía, haciendo uso de una delicadeza fragante, describiendo paraísos con las metáforas o las parábolas.

Leyendo autores varios, recojo muestras, no sujetas a equilibrio, las trasplantó aquí, a esta maceta, rincón existencial o espacio y recupero del jardín de la memoria, insinuaciones afrodisiacas que toman cuerpo al ser leídas.

Te ofrezco este pétalo, construye tú la rosa.

Saúl Ibargoyen.

Lo obsceno, es lo sagrado invertido.

Luis Cardoza y Aragón.

Guarda silencio, después de un tiempo, distinguirás la voz entre el barullo de los ángeles, Dios es mujer.

Efraín Bartolomé.

Lo llevas en tu boca, y cambia el rumbo del fuego entre las hojas.

Fernando Alegría.

Lo desnudo no es erótico, lo erótico, es lo desvestido.

Luis Cardoza y Aragón.

La palabra humano, está a medio camino entre el mutismo animal, y el silencio de Dios.

Louis Lavalle.

Hay que tener un caos en si mismo, para dar a luz una estrella danzante.

Fiedrich Nietzsche.

Bésame, vamos, que bella eres, soy la flor silvestre, paloma mía, no hay en ti defecto, despierta, corre, ven, dame tus labios, estoy enferma de amor, llévame al lecho.

Cantar de los cantares.

Desde BC, mi rincón existencial, Andrea Guadalupe.

                                          


 


domingo, octubre 17

Los muertos que viven en mis recuerdos.


Octubre.2010.   Los muertos que viven en mis recuerdos.

 

A veces, me gusta caminar como desesperada que ha perdido el rumbo.

Sobre todo cuando recorro los senderos que llevan a cementerios con tumbas tranquilas y lapidas anónimas.

Busco como en los templos, los rincones más huérfanos y sentarme a meditar junto a los muertos que en realidad descansan en paz.

En ocasiones, pienso que sería hermoso estar muerta, sabiendo que mi alma no se mantendría en reposo, y no pasaría mucho sin que se pusiera a curiosear en las tumbas vecinas.

Con estas ideas en la cabeza, siento sobre mí las miradas piadosas e invisibles que me invitan a tomar mi tiempo.

Cuando visito los cementerios, siento que estoy en el lugar adecuado para reflexionar en lo que nunca seré, en quienes jamás me aceptaran, y sobre todo en la brevedad de la vida.

Ayer la neblina era cerrada, el ambiente húmedo y frio, el ánimo se encogía y mis pasos me llevaron a un cementerio solo, donde, me dio la bienvenida un angelito de mármol y mirada tierna, que ya se había acostumbrado al cautiverio.

Antes no tenía idea, ahora sé que esas aventuras no son más que una indagación inútil alrededor de mi ataúd, y que los muertos serán siempre una compañía agradable, tal vez como la de los perros, que tienen el mal gusto de ser amables.

Me gusta sentarme entre lapidas, leer, meditar, escribir.

Y cuento esto, porque hoy nuevamente amaneció el día frio, con neblina, el ánimo propicio para un llanto silencioso, lento, sanador.

Tiene algunos años que no visito las tumbas de los muertos que viven en mis recuerdos.

Debí dejar que mi ciudad de origen y las situaciones que forjaron mi historia, murieran en mi memoria.

Soy persona testaruda, quiero volver  la ciudad que se alegro cuando me vio salir.

¿De dónde viene la furia inútil?

No lo sé, sólo que me veo justo frente a la urna donde reposan las cenizas de mi padre, platicando con orgullo mal disimulado de los logros de su nieto en la mecánica, mi hijo.

Y en el Café Parroquia, saboreando un café caliente, negro y amargo, mientras rio y digo: Querido Ricardo, mientras yo viva, jamás descansaras en paz.

Desde BC, mi rincón existencial, Andrea Guadalupe.

 

 


                                             


 


Y lo vi volar…


Octubre.2010.   Y lo vi volar…

No me lo contaron, puedo asegurarlo como otras tantas cosas curiosas que pasan en este mundo.

Que el perro paso volando a unos metros de mi cabeza.

Del barandal del segundo piso en el edificio de gobierno donde hacen diversos trámites, pasó volando y se perdió en un ángulo de cielo y suelo que, en ese instante me resulto invisible.

Solo escuche el eco de un aullido en las llanuras de mi cerebro y me imagine pertenecían a algún chamaco, de esos que únicamente con un golpe ponen en paz sus padres.

Más adelante me entere que el perro había venido muy feliz a pagar alguna licencia municipal, y, por las características de su especie, no había sido aceptado.

Le dijeron: peludo, coludo, orejón, animal, humillándolo.

Esto lo deprimió, y aprovechando que se encontraba en depresión amorosa, y en un segundo piso además, erizo el lomo y se lanzo al vacio.

Y lo vi volar.

Aunque también me platicaron lo que realmente sucedió, un chiquillo con alma de taquero, y corazón de bandolero, lo correteo por los pasillos, asustándolo con muecas y gritos, empuñando en su mano derecha, un cuchillo cebollero imaginario, obligándolo así a saltar del barandal.

Encontrándose con la transparencia, fragilidad y falta de solidez del vacío.

Y  lo vi volar, como otras tantas cosas extrañas que suceden en este mundo, chocando bien recuerdo, con el sólido suelo.

Desde BC, mi rincón existencial, Andrea Guadalupe.