miércoles, julio 17

Una sonrisa irónica...

Jul. 2013.                     Una sonrisa irónica...
Le miré, me miró,  sonreí y sonrió.
Yo sabía que no podía ser real, sabía que hacia un tiempo ya, había dejado esté mundo.
¿Eres un fantasma?, No, soy un recuerdo.
Volvió a sonreír, esta vez sin ganas, y desapareció en el olvido.
Me levanté del suelo sacudiéndome la ropa.
Miré a mí alrededor y vi una silueta que se acercaba con prudencia.
Le reconocí entre las nubes de polvo que dejaba tras de sí el pick up que se alejaba, era mi padre.
Ups, si tú habías muerto... ¿cómo...?, Dije entre sorprendida y emocionada
Sí, hija, llevo esperándote años...
Y nos fuimos, ahí donde aguardaban el resto de mis ancestros, a seguir esperando...
Sujeto como puedo un tronco a la deriva, siento que mi alma se hunde en el fondo de la vida, y justo en ese momento en que mi aliento se apaga, un golpe de mar me eleva a la superficie clara, y en la cresta de la ola, respiro a fondo y sonrío, y siento mi alma viva, un segundo todavía devorando ese aire.
La mar me vuelve a devorar, ahora floto a la deriva, subo y bajo sin destino, los pulmones que me estallan y el corazón malherido.
Cuando creo ver la orilla, una corriente me arrastra, devolviéndome a lo incierto de una marea encrespada, jugando con mi indolencia, matándome a bocanadas, y solo pido a la vida, que me deje en buena playa.
Oh, gran maestro, tú que has vivido mil vidas y viajado por mil tierras; tú que has pisado desiertos y valles y has vivido en la ciudad de los inmortales, respóndeme a esta pregunta que me asfixia y me perturba hasta no dejarme dormir por las noches ni disfrutar de los días: En el amor, ¿quién es más fuerte, el corazón o el cerebro?
Hija mía, no he vivido mil vidas ni he viajado por mil tierras, no he pisoteado más desiertos que cualquier viajero, tampoco, he conocido a más inmortales que al viento y a la montaña.
Aun así, he vivido muchos años y he conocido a los seres humanos, y te diré que en el amor, cuando vence el corazón, el que pierde es el cerebro, sólo que, cuando vence el cerebro, ambos  salen perdiendo.
Dicen que aquella noche se volvieron a escuchar los lamentos de aquel viejo maestro, rasgando la quietud de la luna en el desierto.
Satanás, te tengo una pregunta: ¿Por qué Dios te convirtió en lo que eres?
Te contaré un secreto: Fui yo quién convirtió a Dios en lo que es.
No todos aquellos peces se conocían desde pequeños, algunos tan solo de vista, otros eran familia lejana, se encontraban ahí, también, los que hacían comentarios graciosos, mientras que otros intentaban únicamente sacar provecho del resto.
Sin duda habían caído en una red social.
Vi cómo se acercaba mirando para otro lado, como si no viniese hacia mí.
Noté como se sentaba a mi lado con una sonrisa entre sarcástica y tímida.
Con todo el dolor de mi alma, mirándole cara a cara, sólo pude decirle: Hola, aburrimiento.
Hay mañanas en las que me despierto y no me levanto, aunque las peores son aquellas en las que me levanto y no me despierto.
Me duele el alma...te la vendo.
No, no compro almas dolidas.
Alíviala entonces...
No puedo, sería competencia desleal.
Mugre  Satanás...
Empiezo a teclear sin saber cómo acabará esto, una idea, un pensamiento, una coma más y punto.
Mientras tanto acudo a la ortografía para poner otro punto y aparte.
Me rebelo enojada ante la huidiza capacidad de las ideas para esquivar mis ansias de crear, hoy no es el día, mañana quizás, tres puntos y lo dejo en el aire...
En mi infancia, quería crecer para entender el mundo, luego me hice adolescente y luché porque el mundo me entendiese a mí.
Ahora, el mundo y yo no nos hablamos.
De entre todos las aprendices, aquella era la más inquieta y curiosa.
Una tarde paseando junto al maestro en su habitual meditación, se detuvo pensativa, dejando en evidencia que una idea rondaba su cabeza.
El maestro se acercó a su altura y despojándose de su ceremonial capucha le exhortó a contarle el motivo de su preocupación.
Ella preguntó entonces: Maestro, ¿Qué puede hacer a una mujer más grande de lo que ya es?
El maestro no tardó mucho en contestarle: Un gran corazón puede hacer a una mujer más grande.
Sólo que, la discípula, era más curiosa de lo que imaginaba, y trató de llegar más lejos, preguntando: Sí, aunque, dígame: ¿Qué puede hacerla más grande si ya tiene un gran corazón?
El maestro pensó un instante, no demasiado, menos del tiempo que tarda en caer una hoja desde la copa de un árbol, y contestó: Después de un gran corazón, una mujer puede hacerse más grande con una gran inteligencia.
Y aunque, afirmó, no estaba aún satisfecha y siguió preguntando: Y después de esas dos cosas: ¿Qué haría que una mujer aún más grande?
El maestro necesitó meditar unos segundos, no más de lo que tarda el trueno en manifestar al relámpago en la montaña lejana, y al fin contestó: La tercera cosa que puede hacer a la mujer más grande, es la sabiduría.
El maestro se sintió satisfecho y no esperó una nueva pregunta, sólo que la alumna, aún no veía colmada su necesidad de saber, y volvió a preguntar: Si maestro, aunque: ¿Qué podría hacer que una mujer, aun teniendo todo lo que dices, fuese aún más grande?
El maestro la miró con una expresión que no había adoptado en años de pacífica meditación y  armonía, por un momento el trueno en la montaña temió por su superioridad como el sonido más fuerte del valle, sólo que el maestro reflexionó, respiró como solo lo sabe hacer un maestro entrenado en las más ancestrales artes y contestó con calma: Si una mujer se ha hecho grande mediante su gran corazón, luego más grande con su inteligencia y finalmente ha vuelto a ser más grande a través de una gran sabiduría, la única forma de ser aún más grande es usar tacones.
Ella, nunca olvidó aquella lección.

Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, donde la vida me sonreía, y yo era feliz…hasta que descubrí que se trataba de una sonrisa irónica... Andrea Guadalupe. 

sábado, julio 13

Ese último beso, oscuro y húmedo como mi ropa.

Jul. 2013.     Ese último beso, oscuro y húmedo como mi ropa.

Cuando el cielo reventó, me refugié en ese oportuno portal quebrado de oscuridad.
Me sobresaltaste con aquel: "¿aún llueve?", y pude vislumbrar tu figura húmeda, el pelo revuelto de agua, viento y noche.
Pudiste comprobar cómo el agua resbalaba por mi cara, y alargaste un pañuelo que, de tan mojado, me hizo reír.
Nos sentamos contentas a aguardar en compañía a que despejara; desgranaste entonces una conversación triste y apasionada.
Mientras hablabas de antiguas novias, de tu falta de trabajo y de los coqueteos con la droga, no evadí el contacto de tu mano con la mía; poco a poco nos fuimos entendiendo y no pude negar ese suave beso que hundió lentamente mi cabeza en la pared.
El amanecer se abrió paso por el quicio e iluminó tu sonrisa.
Te despediste pidiéndome el monedero y guardándolo en tu bolsillo.
El detalle de la navaja era innecesario: te di todo sin oponerme, incluido ese último beso, oscuro y húmedo como mi ropa.
El amor no paga alquiler y, en ocasiones, cuando estalla la tormenta, esconde sus remiendos en la húmeda tristeza de los atrios.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde oculto el oído en una caracola que presumida y orgullosa de su cuerpo calcificado se deja mecer por el oleaje del Pacifico, que, impregna de olor a brisa marina y retoza sin conciencia entre gruesos granos de arena su vestimenta coloreada.

Andrea Guadalupe. 

viernes, julio 12

Una vida sin sueños.

Jul. 2013.    Una vida sin sueños.

Nada era lo que parecía, nada, y lo que era peor, ahora sabía que no poseía la clave para descifrar la verdadera esencia de las cosas.
Había descubierto que toda su vida había estado equivocada y no se había dado cuenta hasta esa misma tarde, la verdad la había asaltado con la crudeza de lo impensado y le había encajado una herida mortal.
Había muerto, y nadie parecía haberlo advertido, con una sonrisa en los labios, su corazón y su alma se habían partido en dos, y con una sonrisa en los labios, había tenido que sostener su cuerpo que se desmoronaba.
En medio de las bienvenidas, de las despedidas, de las risas y los lloriqueos, sobre el frío suelo, apenas recordaba nada.
¿Cómo podía recordar, si estaba muerta?
Porque tenía que estar muerta, no había otra explicación a la ausencia de dolor, no sentía absolutamente nada, ni angustia, ni celos, ni tristeza.
Tan sólo pensaba que nada era lo que parecía, podía apreciar un mundo que sólo tenía existencia real en su pensamiento, podía ver, oír, tocar, oler, aunque, todo era un truco de su imaginación, el verdadero mundo, el que los demás parecían distinguir, se escapaba a su conocimiento.
Su percepción la había traicionado y se había quedado sola, abandonada en medio de un mundo extraño, ajeno, frío y desconocido, ahora lo sabía, como siempre, demasiado tarde.
Miró por la ventana, seguía lloviznando y algunas gotas de agua se adherían al cristal por algún  principio de la naturaleza que unía amorosamente el agua y el vidrio en una ceremonia de encuentro entre el frío y el calor.
Dejó deslizar la mirada a través de ellas y comprobó que todo lo que observaba, la calle, los edificios, los árboles, se distorsionaba ante sus ojos, eran, otra ilusión, otro sueño.
Su propio mundo también estaba distorsionado y las emociones y situaciones se habían curvado y deformado hasta formar una maraña de recuerdos vacíos y sin sentido, absurdamente retenidos en su memoria.
¿Cuál era la visión verdadera?
¿La carretera combada de manera infinita?, o ¿el cuadriculado mundo donde todo estaba colocado donde debía estarlo?
Apartó las gotas con una mano y miró hacia la calle, los árboles habían dejado de estar verdes, algunos ya habían comenzado a perder sus hojas., indicio de que llegaba el momento en que ya no tendrían que esforzarse por respirar, ni por crecer, sólo tendrían que descansar en un dulce letargo, para cuando llegue el invierno, y les encuentre desnudos y secos.
Parecerán muertos; aunque no, no como ella, que creía estar viva y estaba muerta.
¡Qué engaño tan finamente entretejido! Podía vivir toda una vida sin notar la trampa y morirse con la certeza de que poseía la luz del conocimiento.
Miraba hacia fuera, hacia el exterior de las cosas, porque no quería mirar hacia el interior, su mundo interior, cristalizado y frágil, que se había quebrado con su llegada, con la llegada del ser que amaba.
Desde que su pareja se había marchado, buscando un horizonte difuso y neblinoso, había estado anhelando su regreso día tras día.
Noche tras noche soñaba que había vuelto, o que nunca se había ido, sueños llenos de ternura, bañados en la dulzura incomparable de un amor que no había tenido tiempo de florecer y que había permanecido latente, sueños inflamados de pasión en los que por fin se entregaban y derretían la barrera del miedo, porque siempre habían tenido miedo a dar el primer paso en la búsqueda del amor genuino, miedo a la desilusión, miedo al fracaso, miedo a perder la libertad, miedo a decepcionar al otro, miedo a mostrar la cara oculta de sus lunas interiores.
Recordaba cómo una noche, en medio de la multitud que abarrotaba calles, se habían encontrado y se había acercado a ella, con una anhelante y bella sonrisa. 
Ella había sentido sus hombros, su pecho, sus caderas, sus muslos en una cercanía casi dolorosa, y sus labios, sus labios sobre su oído, susurrándole con aquella voz  que quería dormir con ella.
¡Cómo se había derretido al oír aquel susurro pronunciado como si fuera un deseo largamente ahogado!  El corazón acelerado, la respiración jadeante, su cabello, tan cerca, rozándole el rostro... Deseaba responder, deseaba hacer algún movimiento que demostrara su mismo anhelo, y no pudo, el miedo la dejó paralizada, rígida, helada en el interior de un volcán, ella, que deseaba dejar fluir su cuerpo derretido, que deseaba dejarse llevar por el torbellino que la devoraba, sintió pánico y sólo mostró su helada coraza.
Su intenso deseo la atemorizó y salió huyendo, después, sólo pudo soñar para saciar el hambre de su presencia y recordar cada pequeño instante que habían compartido y que atesoraba en su memoria como perlas del pasado.
Había anhelado tanto su regreso... Le había imaginado, le había soñado de mil formas diferentes, había modelado la misma escena con los dedos de su pensamiento cuando las barreras del miedo desaparecían y era capaz de aceptar el amor con una intensidad casi hiriente, cuando las cadenas de sus defensas cedían y dejaban de lastimar su hermético corazón, cuando su mente era liberada y podía navegar en el mar del sueño.
Entonces, volvía de su exilio, libre de los temores que habían ahogado sus deseos, y en su reencuentro no existía más que un beso, el beso que nunca se habían dado, el beso que uniría sus vidas más profundamente que cualquier lazo.
Un beso, mudo, que diría todo lo que no se habían dicho antes, un beso de vida con el que moriría, por fin, el miedo.
Así debería haber sido... si su visión del mundo hubiera sido cierta, si su intuición hubiera sido certera, así debería haber sido, y no como ocurrió, fue suficiente mirarle a los ojos buscando el reflejo de su anhelo; porque en ellos estaba la verdad que había sido incapaz de confesar, en sus ojos, que no podían sostener su mirada curiosa, ella leyó las líneas mortíferas y envenenadas, en ellos encontró la solución al enigma del que no había querido tener consciencia.
Había olvidado todo, había enterrado su amor y su miedo hacia ella bajo la losa del olvido, nada tenía significado porque había entregado su amor a alguien que no era ella.
Ella lo supo con mirar a sus ojos y en ese instante se rompió en pedazos y murió.
El resto únicamente confirmó su muerte, el frío abrazo, todo el dolor concentrado en ese fragmento de tiempo contenido y después... nada.
Vacío de sensaciones, ausencia de sentimientos.
Se había quebrado el espejo de los sueños y éstos se habían volatilizado, dispersándose en el aire inmóvil de una tarde de verano.
Por eso estaba muerta.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, donde descubro que, una vida sin sueños, es la muerte.

Andrea Guadalupe. 

miércoles, julio 10

Recuérdalo, recuérdate.

Jul. 2013                   Recuérdalo, recuérdate.

Andrea, sé bien que tienes miedo y que no tienes la práctica que se requiere para escribirte una carta a ti misma…Sólo que… tienes que hacerlo hoy que recuerdas.
Hoy que es espantoso, aunque con muchas posibilidades de que con el paso del tiempo, tu reflejo dejara de serte conocido.
Hoy, tienes en mente a tu padre y la carta que le escribió a tu madre antes de morir, en donde relata a principios de enero del 2003, pocos días antes de su muerte, que necesitaba a su compañera de toda una vida, porque ya se le olvidaban las cosas.
Y recuerdas a tu madre,  ella sentada en una esquina, la dejaron ahí, junto a la ventana para que mire al exterior, sola, como un mueble obsoleto o un estorbo.
Todavía conserva en su rostro la mirada dulce de la niña que fue, la piel de la cara se mantiene tersa, pura, suave, en cambio la piel de sus manos y de sus brazos se han convertido en algo tan frágil como un papiro.
Dicen que no habla, no es cierto, dicen que habla sola o que le habla al aire y no es cierto: ella le habla algún ser de su pasado alojado en su memoria, que ha olvidado el presente y se ha refugiado en los días de ayer.
¿Cuándo se rompió su vida?
¿Cuándo se rompió su memoria?
Nadie escucha, ella solo habla de los días de ayer.
Ella está más a gusto, estancada en esa realidad que se quedó inmaculada y detenida entre su infancia y su última juventud madura.
Ella, habla de niños con las rodillas destrozadas, de hambre, de muñecas de cartón...
Dicen que no habla y no es cierto, su memoria ha escogido su tiempo porque tal vez no le gustaba lo que estaban viendo sus ojos o tal vez para que siga existiendo el mundo, algunos seres deben dejar de recordar los días de hoy, para dejar espacio a los recuerdos jóvenes.
Quizás el Universo sólo tenga un una capacidad limitada de memoria, y sea indispensable que haya gente como ella que olviden, quizás en el Universo se inventaron los libros donde se escriben y se cuentan historias con ese mismo fin: el de dejar memoria libre para que el resto pueda seguir con sus vidas y pensar que el Alzheimer es una enfermedad caprichosa.
Aunque, ella sigue siendo la mujer de siempre: no es un estorbo, ella es una mujer a la que a veces se le enciende una luz y reconoce un rostro, recuerda un nombre o formula una pregunta sincera y coherente.
¿Quién sabe?
Y está, es una carta a tu reflejo, un intento desesperado por evitar lo inevitable, por evitar que te borres a ti misma por completo.
Cuando te mires al espejo, y encuentres unos ojos descaradamente soñadores, grandes, de color café, que se los debes a tu padre.
Ojos con una mirada que retaron a tus superiores y lloraron de felicidad, frustración y tristeza cada vez que la vida les dio oportunidad.
Tu nariz jamás te gustó, eso puedes olvidarlo.
Tus labios los mordías para darles color, no eras muy entusiasta con los labiales.
Solían ser la parte más expresiva y menos controlable del rostro, tan incontrolable como las palabras que pronunciaban.
Fueron muchas, por cierto, era poco lo que dejabas de decir.
Tu cabello significó tu primer campo de batalla, una guerra que sin duda alguna él ganó.
Pocas veces te has sentido tan libre como el día en que aceptaste su soberanía y entendiste que estar siempre despeinada no era malo, era divertido, y que una cabellera con personalidad propia era un misterio que te sorprendería cada mañana de tu vida.
Tus orejas no te preocuparon hasta que leíste que es de las partes del cuerpo que nunca cesa de crecer.
Entonces, sufriste por una Andrea anciana y las orejas con las que tendría que lidiar.
Entrar en detalles sobre tu cuerpo sería extenderme más de lo que me atrevo a esperar que seas capaz de leer.
Confórmate con saber que tu carácter no habría sabido qué hacer con más encanto o altura.
Lo sentías como un regalo, una facilidad, un dilema menos.
Te procuró admiración al igual que respeto y se mantuvo estable a través del tiempo.
Todo lo que tu mente no supo hacer.
Te gustaban mucho tus manos, abraza ese sentimiento, respíralo, procésalo, antes de que empieces a levantarlas a la altura de tus ojos, a mirarlas con extrañeza.
Al parecer esperando una razón, algo, lo que sea, que las justifique.
Olvidarás, está claro, escrito y sellado: Los nombres, las calles, los libros.
Olvidarás lo que te gustaba y lo que no, olvidarás los quienes, los grandes y los pequeños quienes.
Al amor de tu vida, al olor de tu padre al abrazarte, aunque nada de eso se compara siquiera con la falta de olvidarte a ti.
Tú, que ya te habías perdido alguna vez entre obsesiones y melancolías; tú, que contra el mundo lograste recuperarte a ti misma; tú, que dejaste de temerle a casi todo, sólo que nunca a la posibilidad de perderte nuevamente; tú, estás aquí, hoy, frente al olvido, y a lo único que no me resigno es a que olvides que te amas.
Andrea Guadalupe, lo hiciste, conseguiste ser de las pocas personas que después de ver lo más feo de sí misma, se perdonó y se amó profunda y totalmente.
De todos tus éxitos, ese es el mayor.
Recuérdalo, recuérdate.
Andrea Guadalupe. 

sábado, julio 6

Tu imagen al otro lado del espejo…

Tu imagen al otro lado del espejo…
Hoy, cuando apenas me levantaba y lavaba la cara por la mañana, me hablo la imagen al otro lado del espejo: Hola Andrea, ¿Me conoces?
Soy la que ves cuando te miras en los espejos.  
Hasta ahora siempre he permanecido callada, repitiendo tus movimientos al milímetro.
Tengo muy dominada la técnica y cada vez me resulta más fácil, excepto cuando cierras los ojos, claro que, entonces no me ves y me permito tomarme ciertas libertades.  
Conociéndote sé que entras en una especie de viaje astral, en el que intentas aislarte de todo aquello que no te gusta del mundo en el que vives, que es justo el inverso al mío.
Porque, yo, soy la que ves cuando te miras al espejo, ya sabes, esa sombra que la gente ve algunas noches de luna llena dando vueltas por la ciudad.
Te gusta imaginar que tu vida se compone de una secuencia de breves momentos, mientras que yo, soy tu otro yo, la de la mirada perdida en otros mundos y la media sonrisa, que se vuelve mueca o mohín, según los atardeceres que acuden a tu ventana.
Soy la actriz de esa película que recuerdas en sepia, soy quien reparte saludos, sólo que malvive huérfana de abrazos, esa ingenua que cree que el amor mueve el mundo desde que tiene uso de razón.
La que adquirió la cordura de golpe, tras casi perder la vida o ganarla, según se mire, cuando aceptaste tu género y decidiste luchar por ser tú.  
Soy aquella que perdió muchas cosas en este camino, aunque ganó más.
Conocí gente que creí que estaría conmigo toda la vida, que pronto desapareció y ahora se comporta como desconocida cuando nos cruzamos en la calle.
Tod@s se llevaron algo de mí y me dejaron algo suyo.
Me quedo con eso y con el recuerdo.
Soy esa que camina por la playa y habla con el mar desde los acantilados en los que se derrumba la ciudad en sombras.
La que acaricia a los perros abandonados y adopta a las almas sin dueño.
Soy la que se enamoró por primera vez a los diez años y que dio su primer beso a los dieciséis  y desde entonces no ha dejado de darlos, porque resulta perjudicial para la salud cardiaca, ya que besar es un vicio, pues una vez que empiezas no dejas de hacerlo nunca.
Porque tus labios ya no te pertenecen y no responden a un orden natural, sino a un impulso.
Soy la que rompió unos cuantos corazones equivocados, la que lloraba por amor o por algo que se le parecía mucho y, aunque dicen que de amor ya nadie muere… yo tengo mis dudas.
Soy la que conoció a otr@s pensando en que no me dejarían huella y siguen aquí, a mi lado.
Puedo decir que reí mucho y lloré más.
Lloré por dolor, por amor, por miedo, por alegría, por despedidas, por muertes, por nada…porque desahoga, porque humaniza, porque ennoblece, porque no pude evitarlo…
Soy la que suele hablar a destiempo y eso me costó alguna amistad.
Comprendí que a veces la verdad no siempre es el mejor camino, o al menos, no el más fácil.
A veces invento verdades a medias.
Porque, creo que la vida es un puñado de verdades a medias que te ayudan a sobrevivir hasta que descubres la realidad.
No suelo enfadarme y me quejo poco, ya que tengo muchas cosas, la mayoría son pequeñas e invisibles, son las que me hacen más feliz.
Soy la que escribió muchas cartas en papel, que fueron contestadas por otras tantas que aún conservo.
Son el testimonio de un pasado que recuerdo con nostalgia, aunque sin ganas de volver a vivirlo. No echo de menos a quien fui, porque a pesar del paso del tiempo, sigo reconociéndome en los espejos y eso me gusta.
Andrea, pase lo que pase, no olvides seguir siendo tú.
Sigamos adelante con nuestras vidas, cada una por su camino... Mientras tanto en un recoveco del día en el que tu sombra y yo solemos escondernos, voy a la deriva, a tu encuentro en el mar borroso de tu recuerdo...
Te quiere, tu imagen al otro lado del espejo.
Andrea Guadalupe.


Amiga, te escribo una historia…


Amiga, te escribo una historia…
 Amiga: Todo lo tangible descansa sobre lo abstracto, igual que el ruido ensordecedor tiene sus cimientos en un profundo silencio... todo lo que existe ahora, antes ha sido un: No es posible…
Es así como se cumplen los ciclos vitales, es así como las amistades nunca se secan, ni terminan, porque viejas amistades, dan paso a amigas nuevas.
¡Yo! ¿Qué te puedo contar de mí?
Tal vez muchas cosas, aunque estoy segura que te aburriría; tal vez otras pocas, sólo que no me entenderías.  
¿Sabes? Mi mundo es complejo y contradictorio, y por eso, en lugar de enseñarte mi caja de Pandora, prefiero abrirte las puertas y ventanas de mi casa, para que tu brisa fresca invada mi vida.
Aquí puedes relatar lo que quieras sin ser juzgada, y por lo tanto sin ser perdonada de nada, es como escribir, sin el: ¿cómo?  y nada más.
Te ofrezco mis oídos y cuando te quedes sin palabras te regalaré las mías, las que me vayan saliendo sobre la marcha.
Te regalo estas tres para empezar: Jardín, mar, imaginación… hay todo un universo diminuto guardado en la palabra jardín, un océano de sentimientos en la palabra mar, la imaginación me ha regalado el don de crear historias y dar vida a personajes, con los que puedo llegar a confundirme; este mimetismo me permite entrar y salir de ellos sin que nadie lo note.
Soy una adicta a las palabras y a los libros, esos baúles de papel donde se guardan a puñados.
Puedo formar parte del inmenso carnaval donde tod@s llevamos una máscara, para ocultar el dolor y la tristeza detrás de bonitas frases, evitar al contacto íntimo y labrar falsos ídolos de barro.
Te presto mis disfraces y te regalo mis cuentos de hadas.
¿Y qué voy a pedirte a cambio?
Que compartas conmigo tus ideas y sentimientos, todo eso... que no es poco.
Ahora, para darte la bienvenida a mi mundo, te regalo un cuento.
Podría haber sido una caminata a ninguna parte, un café tamaño jumbo, amargo, con crema liquida y sin azúcar en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar.
Aunque no, quería que fuera un cuento para que puedas hacerlo tuyo, para que lo compartas.
Para que elijas la banda sonora que te gustaría que suene de fondo mientras lo lees, yo sueño, mientras escribo, con la voz de Serrat.
Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de Benedetti.
Para que puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús.
Para que lo copies mil veces y lo envíes en un correo a quien más te agrade.  
Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared.
Para que le claves alfileres los días en los que me matarías, y es que me he dado cuenta de que en cada una de mis palabras dejo una parte de mí, al igual que con cada una de las tuyas sé que entregas un fragmento de  tu alma.
Aún a riesgo de poder ser acusada de alevosía y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes, te ofrezco mi sonrisa sin conservadores ni colorantes.
Te regalo una idea, el concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse.
Te regalo un cuento que habla de amistad y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí misma, un relato sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto, sin moraleja, y si la tiene, que sólo tú la conozcas.
Y es que me gusta pararme a mirar como juegan nuestras letras, cómo se cruzan nuestras risas, me gusta seguir tus pasos, oír su eco y seguirte con la mirada buscando entre tantas líneas aquellas que me dedicas.
Te imagino caminando, en medio de la gente, y yo mirándote… a lo lejos… De pronto te das la vuelta, me miras, me sonrojo al verme descubierta, me sonríes por ello y es entonces cuando me doy cuenta de que la gente se diluye, el paisaje cambia, el aire empieza a quemar… Y ahora estás tan cerca… que te rozo con una de mis vocales…
Te regalo el deseo de llenarte de unas ganas locas de reír, envuelto en un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a las calles y a los parques.
Un cuento sin papel de colores ni un espero que te guste, sin aplicar impuestos, como tampoco, descuento por pronto pago.

Desde Tijuana BC, mi rincón  existencial, donde a ti, amiga, te escribo una historia que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.

domingo, junio 30

Una sensibilidad más armonizada.

Junio. 2013.        Una sensibilidad más armonizada. 

Llega la palabra antes que nos reconozca la mirada.
Llegamos con la soledad, sombra que cada un@ lleva, y nace la palabra inmediata antes que la primera mirada nos vea y nos conozca.
Primera palabra amorosa, amistosa, escondida, sublime, que nos anima a ser especie o género identificable por la palabra.
Pozos de palabras somos: palabras apretadas hechas carne, músculos, venas, arterias y venerables huesos.
 Soledad llena de palabras, sueños en las nubes descritas por palabras amorosas, abrazando, mimando...
Palabras olvidadas que producen dolor, benditas, malditas, egocéntricas, que a sí misma se nombran, a sí misma se escuchan.
Silencio de soledad preñado de palabras.
Yo no sé qué tendrá la palabra escrita, que cuando recuro a ella, como ejercicio de expresión, me resulta insuficiente para expresar matices de intensidad en la transmisión de unas vivencias que sólo traspasando las fronteras del lenguaje común para internarme por los laberintos del lenguaje me dejan más o menos satisfecha.
Da la impresión que las palabras tienen otro espacio cuando las coloco intencionadamente en un código verbal que no sea el de la estricta comunicación.
Todo es como más rico, más pleno y, sobre todo, más intenso.
Soy alguien que siente lo que l@s demás sienten, sólo que busco otros modos de expresión, y en esa acción, acabo teniendo sensaciones nuevas e insospechadas y me reinstalo en un mundo de secretos e íntimos placeres al que huyo para sedarme.
En el fondo, se trata de una terapia aplicada para conjurar los males del alma.
Esa huida hacia dentro es una exploración de regiones no transitadas.  
Se trata, para entendernos, de adquirir una sensibilidad más armonizada.  
Aquí quería yo llegar, gracias por leerme.  
Andrea Guadalupe. 

jueves, junio 20

Confidencias…

Jun. 2013                                Confidencias…
Escribo por no gritar, vociferar molesta más aunque tiene más audiencia, escribo por discreción.
Caminando por el parque, entre la hierba vi naciendo de forma desesperada una palabra.
Con miedo de hacerla daño me acerque y la arranqué del suelo.
Al llegar a casa la puse en agua para  ver si crecen frases.
Reconozco que soy nueva en esto, me gustaría que alguien me enseñara.
Algo he escuchado, aunque, no acabo de entender cómo funciona el mecanismo.
Ruego a quien lea esto y sepa y pueda, me conteste a mí correo indicando: ¿Cómo se vive?
No sé por qué, cuando tengo sueño, tomo un café y se me pasa; y ahora que me he tomado diez sigo con mis sueños.
En este verano que inicia, no es que haga más calor, no, es que los sueños nos arropan.
Soñamos con cumplir los sueños que no soñamos.
Este maldito insomnio, me mata mis sueños, cuando se intenta conseguir un sueño, dormir no es una opción.
Sueño con: ser feliz sin tu sonrisa, que cuando dices que no te pasa nada, sea cierto que no te pasa nada, que la distancia se mida en abrazos y el tiempo en besos, que existan líneas que viajan a la nada donde sólo transite la tristeza, que se pueda vivir de las ilusiones, que la tele diga la verdad, que no me olvides, que no te necesite.
Hace tiempo que ya no le cuento mis secretos al espejo, y todo porque él, no me cuenta los suyos.
Esta mañana al mirarme en el espejo no me vi, veía los azulejos a mi espalda, la cortina al fondo, sólo que no a mí.
Me has matado, has dejado de creer en mí.
Qué triste el día que amanece con el cielo cubierto de nubes y vacío de esperanza.
Esperaba tu llamada o un mensaje o quizá un correo, aunque, tan sólo recibí silencio y una duda: no tienes nada que decirme o prefieres no decirme nada.
En ocasiones me miro en tu espejo para saber cómo me ves, aunque a veces me da mucho miedo.
Me quieres, lo sé y lo sabes, aunque, a veces, se nos olvida.
Quiero llamarte por el placer de oír tu voz.
No quiero contarte nada, no quiero que me cuentes nada, simplemente descuelga el teléfono y respira.
Me aseguro de que no estás para poder hablarte en confianza.
Me acabo de dar cuenta de lo mucho que te echo de menos.
Acabo de ser consciente del tiempo que hace que no estás conmigo.
Ahora que he entendido eso... sólo me falta entender que sigas sentada a mi lado.
Me acusas de no tener tiempo de escucharte, sólo que, no te das cuenta de que hace mucho tiempo que no me cuentas nada, tan sólo hablas y hablas y hablas...
Tengo miedo de quererte y que tú no me quieras, aunque, mi miedo mayor, es que tú me quieras y yo no me dé cuenta.
En el fondo sé que me quieres, lo malo es que nunca quieres ahondar.
¿Por qué será? No encuentro una mirada que calle todo lo que no quiero decir.
¡Qué responsabilidad! Tú leyendo esto y yo... sin nada que decir que no sea: Gracias.
Desde Tijuana BC, lugar donde busco donde esconderme de tu ausencia.

Andrea Guadalupe. 

domingo, junio 16

Parecía cariñoso y muy desprendido.

Jun. 2013.             Parecía cariñoso y muy desprendido.
La neta de netas, él me encajó la mano en las nalgas  y yo estaba ya a punto de pegar  cuatro gritos cuando la calafia, pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse.
Es una buena persona, pensé yo.
Quizá no lo esté haciendo a propósito, tal vez su mano derecha desconoce lo que su izquierda hace.
De verdad, intente moverme de ahí, pasar hacia otra parte en el pasillo donde venía, porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear, aunque, cada vez subían más pasajeros y no había forma.
Mis esfuerzos para menearme, sólo sirvieron para que él metiera mejor la mano y hasta me acariciara.
 Ya estaba yo nerviosa., creo que él también.
Pasamos frente a otra iglesia, sólo que, ni cuenta se dio, se llevó la mano a la cara solo para secarse el sudor.
Yo empecé a hacerme la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando.
Era imposible recorrerme en el pasillo de ese mugre transporte colectivo, que llamamos calafia,  y eso que me inquietaba.
Decidí entonces tomar la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él.
Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones.
Los que bajaban me arrastraron y en un momento, me vi en la calle y el mugre colectivo arrancando.
Ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había $1.400.00 y unos documentos sin importancia. 
Más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, donde hoy, le recuerdo con nostalgia, porque parecía cariñoso y muy desprendido.

Andrea Guadalupe. 

sábado, junio 15

¿Pueden creerlo?

Jun. 2013         ¿Pueden creerlo?
Nunca sé cómo empezar a escribir, sólo que, por favor, aun no se decepcionen de mí todavía. Hoy sentí la necesidad de explicar mil cosas.
Me gusta crear ambientes dignos de la escritura: siempre con una taza de café al alcance, una servilleta por si se me derrama, enciendo velas aromáticas  y la lámpara.
Tomo mi porta minas, me ubico en la hoja nueva de mi libreta vieja, pienso al tiempo que voy sintiendo y las letras me van llegando de forma automática, como la soledad al alma triste, como el pensamiento al objeto, como el perdón a los corazones fuertes.
Y aunque, la escritura surge por disciplina, también la necesidad por escribir busca un baile en las yemas de los dedos que se traduce en un hormigueo sobre el papel.
¿Alguna vez han observado el recorrido de las hormigas juntas cuando van a casa?
Llevan comida y piedras sobre la espalda, llegan a su destino quitándose todo peso y vuelven a empezar.
Las envidio porque sus piedras son más pesadas que ellas mismas y yo a veces no sé cómo quitarme el dolor de un solo día, creyendo que el pasado son maletas nunca livianas.
No se decepcionen de mí todavía, sólo que sentí la necesidad de revelarlo.
Cuando me ausento, es el momento en que me surgen preguntas urgentes que se clavan en mi existencia como estacas en carne blanda, roja, viva.
¿Cuándo es conveniente olvidar?
¿Por qué nos rasgamos más que la ropa vieja?
¿Cómo saber si un destino se rompe?
Hoy vinieron a mi mente sus rostros, sus risas, mi nostalgia bañada de recuerdos, y he deseado que el cariño que siento por ustedes, me dure más tiempo, que las velas que se quedan encendidas, cuando yo termino de escribir.   
Por favor, no se decepcionen de mí aun.
Hoy, le intenté vender mi alma al Diablo y no la quiso, me dijo que el precio era demasiado alto, por lo que, supongo yo,  hasta en el infierno existen jerarquías.
Si se le hace más fácil, ponga mi alma en formol y enciérrela en una cripta helada.
Esto a causa de mi sediento nomadismo, y disculpe, usted me enseñó a ser así.
Tu alma está rota como tus alas y es tibia como tu carne.
Vete a otro infierno, nómada impropia, porque en este yo no te quiero.
Y ahí estaba yo, ofreciendo un alma que ni el mismo diablo quería.
El precio era accesible: un cuarto de 20 X 20 metros tapizado de latas de café tostado y diversos molidos, un jardín de rosas fragantes, helechos y con un fondo de lujuriosos pastos verdes.
Una cafetera roja de cristal, una mujer que sea todas las mujeres, una copia fidedigna del Hombre de Vitrubio, aquella figura humana, de la cual Leonardo Da Vinci dijo: las medidas del cuerpo están distribuidas por la naturaleza de la manera siguiente: cuatro dedos hacen un palmo; cuatro palmos hacen un pie; seis palmos hacen un codo; cuatro codos hacen la altura de un hombre; cuatro codos hacen un paso, y veinticuatro palmos hacen un hombre.
Deseo salir de dudas y entender de una vez por todas, el dilema del sistema que se utilizó: el sistema fraccionario, o, el  número áureo como comúnmente se cree.
La cinta de: Un perro andaluz, la película más significativa del cine surrealista, para disfrutar a mi antojo de un proceso de sueños encadenados.
12 charlas con Freud, un colchón matrimonial, con un juego de sábanas de seda rojo y otro negro.
Una memoria más grande para mis recuerdos, una pila de libros existencialistas, una antología de la mitología griega, un estante repleto de literatura latinoamericana y textos de Edgar Allan Poe así como de Kafka.
Portaminas, paquetes de minas y mucho papel para escribir.
No se haga usted el difícil, señor Diablo.
¿Qué no le he servido lo suficiente hiriendo de muerte a quienes me han querido, con el veneno de los pedazos de mi corazón, siendo una nómada perfecta?
 Te ofrezco la mitad de todo lo que me has pedido.
¿Tres cuartas partes?
 Y ahí estaba yo, regateando mi alma al único postor.
De hecho firme con mi sangre y  entré en la jaula con mi libertad a tres cuartos y un frío entero.

Sólo encontré una hornilla, y en ella, una cafetera vieja que al lado, tenía varios frascos de café instantáneo, se me salían los pies del colchón, faltaba Borges, Cesar Vallejo, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Antoine de Saint Exupéry, Herman Hesse y Aldous Huxley, el génesis bíblico, Afrodita, el cuarto de memoria donde puse todo lo que faltaba.
Y  ahí la cuchilla se me ha quedado clavada perforándome el ojo para recordarme: El perro andaluz.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, donde, ¿Pueden creerlo?, pienso demandar al Diablo, con la Dra. Polo, en: Caso Cerrado.

Andrea Guadalupe.