sábado, diciembre 5

Un reloj sin manecillas.

Tijuana BC Dic/009.      Un reloj sin manecillas.

 

 

He encontrado que el único momento en que los relojes no marcan las horas es por la noche, cuando los latidos del corazón se convierten en el tic tac de las manecillas.

Retiro la sabana que me cubre y me siento sobre la cama, mis pies acarician el frío piso, un estremecimiento sacudes mis piernas.

Amo el silencio circundante, envolvente, que danza sobre mí, procuro no hacer ruido y no romper esa tela silenciosa que la noche trenza durante el día

Me levanto y salgo de mi habitación, camino por la oscuridad de la noche, evadiendo muebles que se topan en el camino invisible de mis pasos.

Mis ojos abiertos no visualizan una nada de ventanas y habitaciones, que la oscuridad parece haber teñido de negro.

Me detengo cuando mis manos, que me servían de guía, chocan contra la puerta del cuarto de baño.

Abro la puerta y adivino esas cuatro paredes acogedoras, cierro despacio  para privar de mi intimidad a quien pretenda romper la fina textura de mi burbuja de jabón.

Nadie sabe mi pequeño secreto, una noche más vuelvo a asistir a mi cita con el espejo.

Prendo la luz del lavabo, el cristal del espejo dibuja una cara y medio cuerpo.

Eso será lo más cerca que estaré de verme, pienso, sonrío y el espejo me devuelve una expresión fingida.

Me observo como si estuviera frente a una desconocida. ¿Esa soy yo?, le pregunto al espejo.

En esas largas horas de transeúnte nocturna, en mi mente ha germinado esta pregunta: ¿Qué pasaría si no existieran los espejos, o algún otro soporte donde pudiéramos vernos?

 Estaríamos ante la intranquilidad de ver que los demás saben cómo somos, aunque nosotras, no.

Le pediríamos a la gente que nos detallara, que nos diera referencias de cómo nos ve, quizá hasta el punto en que terminaríamos volviéndonos locas cuando llegáramos al desenlace de que nunca sabríamos quiénes somos.

Cada noche despierto de mis sueños para enfrentarme al reflejo de mi espejo.

Cuando estoy frente a mi propia imagen es cuando comprendo que mi mejor amiga, como mi peor enemiga, soy yo misma, no existe muro más difícil de derrumbar que el que nosotras mismas hemos construido.

No tengo miedo del mundo, o de lo que ahí afuera me pueda pasar, no me impresionan las personas malvadas, ni sus malas intenciones, siento miedo cuando tengo que luchar contra mí misma y demostrarme, nada más que a mí, que soy capaz de enfrentarme a mi propio espejo.

No es una batalla física, aunque tampoco psicológica, es un cruce de miradas conmigo misma, sentir como las palabras rebotan como un eco infinito en mi cráneo,  contemplar el reflejo de mi alma a menos de un metro de distancia.

Por eso necesito preguntárselo, necesito mirar fijamente a los ojos de mi espejo y con aire serio preguntarle: ¿Quién eres?

Sólo que noche a noche, hasta hoy esa pregunta se transforma en una respuesta porque ni el propio espejo sabe aún quién es su reflejo.

Por eso, ante el angosto vacío que existe entre el retrato y su propia imagen, hay una luz que aviva la soledad de una mujer a la que le gustaría ver algo más tras ese espejo.

La oscuridad vuelve a gobernar sobre el ambiente, me ha vuelto a tapar los ojos para evitar que vea quién soy.

Las palabras fluyen por mi cuerpo como la sangre por las venas, vienen, se van y chocan entre ellas, aunque sólo se convierten en mensajes, cuando soy capaz de darles vida en el papel.

Son como un ave que sostienes sobre la palma de tu mano, y que si no te apuras en apresar, echará a volar y se irá para siempre.

Vienen disfrazadas de diferentes sensaciones, una de ellas es, la que llamo, alud de palabras.

Puede pasar en cualquier lugar, caminando por la calle, donde sea, de repente tengo una fuerte sensación en el cuerpo, algo que me evade por unos segundos de mí alrededor para llevarme a un mundo confuso lleno de deseos y vicios.

Es cuando siento el alud de palabras sobre mí, comienzan a venir a la  mente, rápidamente, sin pausa., una tras otra.

Y no soy capaz de memorizarlas, corretean por mí ser como las mariposas vuelan por el campo.

Sólo yo soy capaz de atraparlas para siempre o de dejarlas marchar.

También puedo sufrir un éxtasis literario, surge cuando de pronto una idea deslumbrante, única, dotada de hermosura, llega a mí.

Lo bueno de una idea clave es que no es tan fugaz como el alud de palabras, al ser sólo una, la mente la retiene hasta que tranquilamente, puedo desplegarla y darle la forma que se merece.

Viene acompañada siempre de un mosaico, ves, lees o escuchas algo que te ha estimulado hasta llegar a ese gran éxtasis.

A veces se repiten en breves situaciones de tiempo, es lo que llamo embriaguez literarios, ideas, ideas e ideas. 

Incluso he sufrido estados en donde las frases comenzaban a brotar en el papel como el agua en un manantial. 

Pero todo esto no me sirve de nada, cuando abro una hoja de Word y me pregunto: ¿Andrea, qué quieres expresar?

Es cuando comienza una batalla silenciosa entre las palabras y yo, solamente estoy yo contra mi misma.

De nada me sirve la embriaguez literaria y el alud de palabras, porque es en ese momento cuando debo demostrar que la palabra soy yo..

Antes de empezar a escribir cualquier texto miró fijamente la hoja en blanco y repito en voz alta: Yo soy la palabra.

Escribo, escribo y escribo, puedo escribir 10 planas y garabatear sólo una frase que merezca la pena.

Puedo escribir tan sólo una frase y garrapatear el mejor párrafo de toda mi vida, o puedo quedarme mirando la pantalla, esperando a que una palabra me disfrute, es entonces cuando me doy cuenta, que he perdido la batalla silenciosa contra mi misma.

Colillas tiradas como personas apagadas sin sueños por los que luchar, charcos como mares sin barcos que los naveguen, un par de impresos de publicidad que van de un lado a otro sin rumbo fijo, empujados por un aire que levanta mi cabello dejando al descubierto mi frente, mi frente y mi soledad.

Espero sentada en una banca, en realidad no sé a quién, lo único que sé es que tengo que esperar.

Mientras lo hago, miro mi reloj sin manecillas, mis ojos se pierden por la vida de todas esas personas que pasan ante mí todos los días, preguntándome si pertenecen a mi vida o son sólo viajeros que vienen y van y de los que no sé nada.

La imaginación es lo único que tengo.

Un hombre pasa delante de mí, con su destino, con su vida, con sus prisas, sin tiempo para esperar, sin tiempo para imaginar, aunque todo eso se ha terminado, ahora es mi personaje.

La imaginación es esa vida en la que creo nos gustaría vivir…

Este hombre tiene prisa., los treinta minutos de la comida se ha terminado y tiene que volver para seguir trabajando, se sienta a mi lado, saca de su bolsillo  un paquete y me ofrece un cigarro.

No, gracias. No fumo.

Saca uno y lo enciende, yo fumo desde hace un tiempo, es como un amigo que siempre llevo, que me acompaña y que cuando lo necesito, lo saco, me relaja, me relaja mucho.

Echa el humo de su cigarro por la boca, lo que él no sabe es que en ese humo que despide de sí mismo están los sueños inmortales en los que dejó de creer hace mucho tiempo, esa vida que parece no pertenecerle y que sólo es una lágrima en la lluvia, continúa hablando.

Hace mucho que no sé nada de la mujer que ame, el otro día encontré en un cajón todos los poemas que nos escribíamos, tal vez nunca debí dejar el pueblo.

Aunque ya es demasiado tarde, el tiempo ha pasado y yo sólo tengo un trabajo que me atrapa todo el día, una vida que me lleva y me trae, sin saber muy bien a dónde voy.

Es como vivir sin mí.

Necesitas un reloj sin manecillas, el reloj de las horas en blanco, de esas horas que no se apuran por mucho que tú estés apurado, de esas horas que tú, acaso no llegues a conocer nunca

Cuando mis palabras entran por su  oído, el horario y el minutero de su reloj desaparecen.

Ahora ya no existe el tiempo, ahora todo lo que imagines será realidad.

La mujer de sus sueños le espera en la esquina de esa misma calle, no lleva los poemas, ella misma ya es poesía.

Se levanta de la banca y se miran, y  en esa mirada aparece el más cálido beso que yo pueda describir.

Se van, dispuestos a vivir una vida sin manecillas en sus relojes…

Mientras tanto, yo sigo en la banca,  esperando a alguien a alguien que muy pronto tendrá que aparecer.

Ella pasa ante mí, va cobijada en sus pensamientos, buscando una salida que la deje escapar y la devuelva a sus años de niñez, cuando aún soñaba con alcanzar una estrella, se sienta en el banco y empieza a hablar.

Yo quería ser profesora, me gustaban los niños; soñaba con tener una familia, y poder ver correr a mis hijos en el jardín de nuestra casa.

Sus pómulos están maltratados, llenos de golpes, sus ojos reflejan el grito de dolor de una mujer.

 Necesitas un reloj sin manecillas.

Un montón de niños se acercan corriendo, la sonrisa de un niño es el único gesto sincero que jamás podrás ver.

La rodean y la toman de su mano, la llevan a otro lugar donde los relojes no tienen agujas…

Mientras ella se va, yo sonrío mirando a esos actores que en realidad son tan reales como cualquiera de sus historias.

Una persona se aproxima a mí.

Hola… ¿Eres Andrea Gpe?, No sé si te acordarás de mí, ¿Qué haces por aquí? Estás muy lejos de tu casa.

 Estoy esperando.

 ¿A quién esperas?

 No lo sé, sólo sé que espero a alguien, un reloj sin manecillas se me anuda en mi sueño, y no quiero dejar de buscar por si algún día le encuentro…

 Entonces esperaré contigo.

 Y allí permanecimos las dos sentadas esperando a alguien, tanto, que aún seguimos esperando.

 

Andrea Guadalupe.


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viernes, diciembre 4

Todos llegan solos…

 

Tijuana BC Dic/009.    Todos llegan solos…

 

 

Haya en el cementerio de mis recuerdos, se halla una fosa ocupada que cuando nadie está percibiendo nada, lo cual es casi siempre, se puede oír que surgen de ahí estas palabras.

A fin de encontrar a Dios, me volví templo, no hubo oración que mis labios no pronunciaran, plegaria que no recitaran en mis días o noches.

Me mortifique,  fui imagen tallada en sacrificios, cuando fallecí, llegue a las puertas de la gracia eterna, sólo que el guardián me detuvo.

Aquí nadie entra que haya vivido en aislamiento, me dijo.

Llegaban parejas que se amaron, familias de padres e hijos, amigos y compañeros entraban en unión a la residencia de la salvación.

No podía entrar yo porque había preferido el destierro ermitaño.

Y nunca pude entrar.

Demasiado tarde aprendí que nadie se salva en soledad.

Eso dice aquella voz en la sepultura del cementerio de mis recuerdos.  

Aunque nadie la escucha, todos llegan solos.

Andrea Guadalupe.

 

 

  

 

 



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miércoles, diciembre 2

Aquí no ha pasado nada.


Tijuana BC Dic/009.    Aquí no ha pasado nada.

 

Mi narrativa es un conjunto de palabras que hacen de las suyas cuando se abren las puertas que las muestran ante tu mirada.

Son observadas y se dejan estudiar, y a su vez inspeccionan a su espectador.

Su alimento para sobrevivir, son las miradas y los comentarios.

Cada vez que alguien se detiene frente a ellas, se nutren para tener fuerza, salen, danzan sin detenerse, cansadas de su inmovilidad se abrazan, ríen y cantan.

Son una fiesta de emociones y reflexiones surrealistas.

En algún momento, forman cuadros a partir de pensamientos en pequeños grupos y con voces que sólo quién lee, conoce, platican y se divierten.

El camino que las trajo aquí no fue fácil, sólo que ellas, las palabras, se abrazan felices de su libertad.

No les gusta ser ignoradas, vuelven a la vida frente a los ojos de quien las desnuda, y por eso celebran, se acarician entre ellas, se pulen sus líneas y se besan sin vergüenza.

En el homenaje, pierden el conocimiento del tiempo, apolillan las horas entre temeridades porque les gusta burlarse del protocolo, de quienes se inhiben ante la sensualidad y se burlan de las mentes puritanas y lujuriosas, por quienes sienten incomprensiblemente, ternura.

Son irreverentes desde que decidieron desnudarse.

Cuando se acerca el instante de la despedida, el punto final, mis palabras hacen un ritual de ceremonia en un abrazo.

Es un adiós sin tristeza, porque saben que pronto volverán a reunirse.

Sin embargo, en ellas se esconde ruborizada una lagrima, nadie sabe porque o por quién.

La página Web se despliega, las luces se encienden, todo esta en su sitio, la temperatura es fría.

Empieza el desfile de lectores.

Aquí no ha pasado nada.

Andrea Guadalupe.


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domingo, noviembre 29

Otra noche de vigilia.

Tijuana BC Nov /009.    Otra noche de vigilia.

 

 

Era aquella una mujer de edad indefinida, de gesto nostálgico, mirada lejana y manos que tejían historias.

Sembraba los sueños en un pequeño jardín.

No le importaba que fueran de enredadas ilusiones o las pequeñas fantasías de un recién nacido que aún no sabe que inventar, a todos les daba el mismo trato y dedicación.

 

Al llegar la noche, con organizadas rutinas, justo a la hora en que el sol comienza a ser recuerdo, abría la puerta de su pequeño jardín para que los sueños se fueran libres en el aire en busca de un lugar en el que anidarse.  

 

Los observaba irse, noche tras noche seguía su alocado rumbo hasta que el último de ellos se perdía entre la inmensa oscuridad. Era en ese instante cuando una pequeña lágrima recorría su mejilla dibujándole una perla en el rostro que parecía de cristal.

De vuelta a su cama le esperaba otra noche de vigilia, de los sueños que esparcía, ninguno con ella se quería quedar.

Andrea Guadalupe.

 



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Hace un minuto en la eternidad inmensa…

Tijuana BC Nov/009.                      Hace un minuto en la eternidad inmensa…

 

 

Hasta hace un minuto en la eternidad inmensa, era una persona, un ser humano.

Era parte del mundo donde coexisten los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, frente a mi existencia mí, se cruzaban las personas, ocurrían los sucesos de forma ordinaria.  

Se apoderaban de mí las emociones, a veces, no siempre, tenía pensamientos.

Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que representa la resonancia, más que el color, la palabra que interpreta la tonalidad, más que el olor, la palabra que significa fragancia, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan gustos y rozamientos..

No conocí individuos, conocí procesos de palabras estampadas en grisáceo color plomo brillante de la mina de carbón que describen personas; preferí no padecer el miedo, sino transcribir la narración del desasosiego; creí pensar, cuando sólo vinculaba entre sí palabras que describían los pensamientos.

Poco a poco las esencias en mi mundo se fueron supliendo por palabras: el paso del tiempo, por el acontecer de períodos; mi conciencia de existir, por un extenso  espacio de grafito y papel.

Alrededor, construí los muros de libros y al final no sé cómo ellos me digirieron, me asimilaron, me absorbieron vorazmente, tajantes, y sólo trataba con polillas.

Ahora, soy esta.  

He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era una persona, un ser humano.

No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen: tenía acceso a los colores, a los olores.

Así, en lacónicos vocablos se va agotando mi cuerpo: donde dice que poco a poco los objetos en mi mundo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la razón, son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me delimito, sólo palabras, sólo grafitos, sólo papeles, yo que era un ser humano, remato aquí, ahora.

Ahora, no soy emociones, no soy ya trastornos, ya  no soy órganos, algo me ha ocurrido, vocablos, nada más que palabras, ahora soy esta. .

Andrea Guadalupe.



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sábado, noviembre 28

Esta loca delirante, continúa existiendo


 

Tijuana BC Nov/009.           Esta loca delirante, continúa existiendo

 

 

 

Deseo que a mis palabras no se las lleve el viento,  quisiera en mi despedida, nombrarte con mi último aliento.

 

Pido a Dios, el no me quedarme si algún día me faltas, que la muerte sólo a mi me lleve.  

 

Deseo que nunca se escuche de mi boca un recuerdo, y que me recuerdes en las noches de invierno

 

A veces siento que tengo más el lápiz entre las uñas que entre los dedos, y su carbón se acumula en mi cabeza mezclándose con recuerdos melancólicos que le proporcionan la viscosidad precisa para impedir que filtre con habilidad de la cabeza a la sangre, de la sangre a la mano, de la mano a el lápiz y, de la mina, al papel que con el tiempo será una presencia amarilla y doblada entre las hojas de un libro.

Es en esos momento, que siento una necesidad infinita de encadenar palabras para llenar las hojas que me desafían con su inmaculado insultante, y me encuentro, con que mi pequeño bolso, donde guardo los pocos vocablos que recolecté en mi existencia y con los que me voy defendiendo cuando el carbón  se desliza y el papel que insulta, está, prácticamente vacío.

A partir de hoy, en esos momentos atormentados sólo escribiré una frase: Esta loca delirante, continúa existiendo, esta loca delirante, continúa existiendo, esta loca delirante, continúa existiendo.  Andrea Guadalupe.

Busco la palabra adecuada; meto la cabeza en el bolso y lo revuelvo una y otra vez apartando palabras que se me antojan vacías.

Una de ellas, sin embargo, me ha llamado la atención y la he rescatado: "locura delirante"

Evidentemente, la locura delirante es algo con lo que me gusta delimitarme; es más, me produce cierta vanidad pensar que, en mi condición de trastornada, mi paleta de colores es algo más rica que la de los equilibrados, que suelen ser personajes grises.

Es una pena, no tener la capacidad de adornar mis colores con exquisitos rebuscamientos de formas esdrújulas que me permitan  definirlos con la claridad necesaria.

Vuelvo a meter la cabeza en el bolso y busco de nuevo.

Encuentro en el fondo un agujero por el que parece que ha escapado una palabra llana y que ahora se abriga bajo mi mesa.

La alzo con cuidado y descubro en ella la luz que me falta.

Es mi palabra preferida, la que siempre me amarra a puerto cuando se acerca el temporal.

Es la palabra que más siento cuando la pronuncio: "Existencia"

He encontrado la habilidad para tranquilizar mi angustia cuando el lápiz me llame sin hablarme, uniendo simplemente mi existencia a mi locura delirante.

Lo etéreo de mi malestar no encuentra su doble físico en el escrito.


                                              Andrea Guadalupe.

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viernes, noviembre 27

Historia Urbana.

Tijuana BC Nov/009. Historia Urbana.

 

 

Ella llego cuando atardecía.

Sentadas al frente de la casa, Martha y yo, conversábamos en esas horas muertas de la tarde entre sorbos de café y suspiros, señales de que la platica avanzaba hacia su final.

El tema que habíamos aterrizado tras un laberinto de asuntos, era el video de la cantante colombiana que se mueve excitada, cual fiera enjaulada, con esas medias de lycra Spandex color carne.

¡Todo un acontecimiento de dialogo vespertino!

La primera vez que la mire, me dio la impresión de ser una criatura silvestre, como herida de una pierna y que busca refugio en cualquier caverna pequeña y pobre.

Del brazo se desprendía su hija, como prolongación de ella misma, de apenas cinco años, y con una mirada aun más desgarradora que la propia madre.

Ofreció sus servicios de limpieza, brindó su ayuda, sin regateos accedí gustosa pues la casa tenia fácil, más de tres semanas que no la limpiaba a fondo.

Desde esa tarde, llegaban los fines de semana muy puntual, con la niña pegada a la falda.

Su recorrido habitual iniciaba por la recamara de José Ángel, mi hijo, continuaba con la mía y el baño, la sala, el comedor y jardín, le daba alegría a todo el contorno.

Silbaba mientras regaba las plantas y explicaba su hija detalles de su trabajo como para distraerla y que no fuera a romper algún adorno.

En poco tiempo se fueron haciendo las dos indispensables en mi rutina de los sábados.

Danzaban entre el polvo brillante, iban y venían como dueñas del espacio.

Se retiraban cuando casi oscurecía dejando la casa solitaria, vacía, en silencio, y yo comenzaba a extrañarlas con una confusión que duraba la semana.

Un día llego sola, con la cabeza baja y de inmediato me atreví a preguntar por su hija.

No la pudo traer porque días antes decidió cambiar de domicilio.

Su marido le había levantado la mano una vez más, sólo que ahora, cuando el maldito se le aproximo peligrosamente con una linterna en la mano, la niña quiso defenderla y recibió de lleno el golpe en plena cara.

La mujer ofendida ya no pudo resistir más y a la mañana siguiente, a escondidas y con miedo, agarro sus pocos trapos y se fue a vivir con una de sus clientas.

Le aconsejé levantar una demanda, la visita con una trabajadora social, sólo que ya estaba harta de que nunca le habían hecho caso, así como las autoridades o su familia, y por eso, también me entere apenas ese día, seguía con su marido pensando que quizá, pidiéndole a Dios, habría un cambio, no en el amor, sino en respeto.

Nada le funcionaba, él siempre de holgazán, robándose el dinero que ella conseguía en su empleo, lastimándola, no solo con voces, sino con golpes frente a la niña.

¿Por qué no vas con las autoridades a contar tu caso?

Algo te dirán, que hacer, yo misma te acompaño.

No creo en esas gentes, repeló.

Cuando les pedí ayuda, me dijeron que ocupaban pruebas, que necesita llegar amoratada, con una costilla rota o con un diente flojo para que pudieran creerme y hacer algo.

Si revisaran a la niña, dirán que se cayó por traviesa, dirán cualquier cosa.

Esa tarde no quise que se quedara, le pague lo de la jornada y le pedí que se fuera al lado de su hija.

Quedamos en que la esperaba la próxima semana como siempre.

Pasaron varios sábados vacíos, varias semanas, no volvió con su hija.

Pregunte por la señora de la limpieza en donde imaginaba que podrían darme alguna razón, nunca más las volví a ver, nunca volví a saber de ellas.

A veces, salgo de la casa imaginándome que veré de repente sus figuras bajando de la calafia con rumbo a la unida habitacional.

En ocasiones, me quedo con la mirada fija largo rato, allá, a lo lejos.

Después de un tiempo inútil, cierro la puerta tras de mi e imagino el revoloteo de dos inquietas golondrinas que suben, bajan, que nunca se detienen.

Andrea Guadalupe. 


                                              Andrea Guadalupe.

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Las acciones reflejan quienes somos.


 

Tijuana BC Nov /009.    Las acciones reflejan quienes somos.

 

 

 

Vivir una vida ocultando, hablando a las espaldas y no de frente, no nos ayuda a crecer.

¿Qué vamos a hacer?

Hay muchas distorsiones de pensamiento que nos llevan a conflictos.

A veces, un hermano es más enemigo de otro que cualquier personaje.

¿A que me refiero?

Las acciones reflejan quienes somos.

He visto que cuando no les gusta, en vez de enfrentarlo, lo evitan.

Evitar no es una forma de accionar de gente con honestidad.

Por esto propongo la comunicación como un arte, lo cual exige que esto que esta se alcance en términos de virtud.

La virtud y el arte guardan una relación intima, porque el virtuoso es un artista y el artista es un virtuoso, así que aprender a comunicarse es una labor artística que trasciende lo científico o lo lógico que esto pueda tener en la psicología o teoría de la comunicación.

Además es una virtud en tanto que es algo que se alcanza de manera difícil e insistente con trabajo pesado, acompañado de paciencia y gratitud, cuando lo que esta en juego es hacer la unidad emocional y no sólo el interés personal.

Como cuando se tiene que ser políticamente correctos al comunicarse en el trabajo para conservarlo, lo cual muchas veces, significa ser hipócrita.

Un abrazo grande.   Andrea Guadalupe.

 

 

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miércoles, noviembre 25

Pensamientos íntimos.

Tijuana BC Nov/009.  Pensamientos íntimos.
Mira mis ojos, te los dejo encendidos para tus miedos.
Nuestros sueños son palabras, escondidas en los silencios.

Me encuentro sin ti, paseando suspiros por callejones

Limpio mis sueños, para poder mirarte ya sin lágrimas

En las ausencias se funden las miradas y las caricias sueñan.

Madrugada fiel al calor de mi cama, siempre regresas.

Noches oscuras, largos son los caminos que recorremos.

Abro mi mano, libero mis caricias sobre tu cuerpo.

Soledad fría, fragilidad de sombra en tus respuestas.

Somos soledad que camina entre las sombras de sus silencios.

En la distancia, somos  amantes que abrazados, destilan sueños.

En un suspiro la noche detenida, sueña susurros.

Para soñarte necesito el silencio de las palabras.

El cielo llora sobre nuestros silencios en los recuerdos.

Andrea Guadalupe.



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Media docena de hermosas mariposas gigantes.

 

Tijuana BC Nov/009.                        Media docena de hermosas mariposas gigantes.

Sesenta y ocho grados de alcohol perfumado a manzana se deslizan por mi garganta, me prenden el esófago y caen violentos en el estómago.
El infierno no huele a azufre, sino a licor.
El  bar, taberna si se califica con extrema compasión, es tenebroso y desprende un tufo, el que envuelve a las almas que se acodan en la barra.
Me agrada esta decadencia que lo contamina todo.
Cierro los ojos, no quiero verme reflejada en el espejo que tengo enfrente.
Nadie me ha oído quejarme, ni cuando mi madre se fugó dejándome abandonada a los cuatro años; ni cuando mi padre, borracho de sufrimiento y alcohol, desahogaba su fracaso en mí con su cinturón de cuero.
No me quejé cuando a causa de un castigo mi cadera se quebró.
No probé quejarme cuando descubrí que el único sentimiento que despertaba era lástima, ni me quejaría luego, cuando mi vida, privada de cariño y de un trabajo digno, se convirtió en lo que es ahora.
A oscuras sueño, mi mente vuela suelta por lejanos parajes, por otros mundos, sólo que con la luz la realidad se vuelve cruel e insoportable.
Soy una virtuosa dotada de una aguda penetración, dibujo con palabras,  retratos de lo que veo al pasar, paisajes conocidos o inventados, siempre a lápiz, sin una gota de color.

 A veces la inspiración me llega incontrolable, y garrapateo sobre cualquier superficie adecuada para ser manchada, paredes, manteles, servilletas, camisas...
Es un latigazo en el espíritu que me reclama a escribir hasta que mi mano queda agotada, y los dedos se agarrotan, y el alma se me queda seca.
Entonces bebo para recuperar mi equilibrio, copas y más copas de licor.
Contemplo mi mano entumida y me siento virtuosa, creadora, aunque mis obras sólo reflejen panorámicas del infierno visto desde mi rincón de marginación y esté casi siempre delirante, de tanto en tanto, me siento artista.
El suelo se mueve con su oleaje inacabable bajo mis pies.
¡Oh! Amor, Cuántas veces te he soñado cómplice de viaje por este océano árido.
No sabes que te amo, me ha faltado valor para confesarte mi afecto hasta hace un rato, estaba demasiado sobria para que tú lo interpretaras como una muestra de mi humor abrasivo.
Me has mirado a los ojos con dulzura y me has sonreído.
Y yo te he seguido igual que un perro vagabundo seguiría a los límites de la tierra a la mano que se ha atrevido a acariciarlo.
Me ha costado advertir que era un juego, tenías que demostrarme que no soy una mujer, sólo, sólo soy un turbador refrito de humanidad atrapada a una masa inerte.
Te has reído de mis lágrimas, te has burlado de mí, me has dejado tendida en ese lecho, espectador de mi humillación.
 La puerta se ha cerrado tras de ti y yo he continuado llorando como una estúpida ilusa.
No esperaba mucho de ti, habría bastado un roce de tu piel para arrancarme del lodo.
Les has contado a todos mi vergüenza, ya no me queda dignidad ni orgullo, no has podido robarme nada porque nada tengo, salvo esta sed insaciable de inconsciencia.
El quinto vaso entra dulcemente por mi boca y me produce vómitos de amargura.
Regreso a mis dominios, al negro infierno al que viajo confundiendo delirio y realidad.
Mi vientre se abomba, crece, crece, crece, revienta.
He parido unas larvas bestiales y enormes que reptan por mi cuerpo deforme y me devoran insaciables.
No noto sus dentelladas arrancándome pedazos de carne, aunque sé que me consumen a grandes bocados, que lamen mis huesos convertidos en simple carroña. Luego las veo metamorfosearse en mariposas gigantes, con tres pares de alas formidables, rojas, naranjas, rosas, maravillosas.
Vuelan, revolotean alrededor de mi cadáver putrefacto.
Son unas mariposas hermosas, resplandecientes, elegantes.
Sus alas agitan el aire y producen música.
Yo las he creado, son hijas mías, he sido capaz de engendrar algo bello, algo que quienes ven, admirarán.
Soy quien engendro media docena de hermosas mariposas gigantes.
Andrea Guadalupe.


                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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