sábado, agosto 13

Utopías, una comunidad sin violencia.


Utopías, una comunidad sin violencia. 

La violencia de genero no es sólo una crueldad moral, sino la forma más generalizada de herir los derechos humanos, la dignidad y el desarrollo de la diversidad sexual, a propósito de la violencia que aquí se comenta.
En algún momento de nuestras vidas, más de la mitad de las mujeres les, hombres gay, tvs y  ts de América Latina hemos sido objeto de actos violentos en el hogar.

Otro 33% ha sido víctima de abuso sexual en entre 16 y 49 años, y el 45% ha sido objeto de amenazas, insultos o destrucción de sus propiedades.

Con esas acciones se daña el derecho universal a la dignidad, que constituye el principal atributo de la humanidad. 
Su violación rebaja a las personas en lo moral, física y espiritualmente.
Daña a las víctimas tanto como a los victimarios y se traduce en repudio de la libertad y el poder personal.

Este valor es decisivo para la modernidad y violarlo es rebajar un estándar de moralidad. Estándar que permite distinguir entre el estado de machismo y mala educación en los géneros, y un estado de modernidad, libre y digno.

La violencia persiste en gran parte porque esta oculta.
Si los gobiernos y los grupos ciudadanos ponen al descubierto su magnitud y su carácter, la ignorancia ya no podrá usarse como excusa para no actuar...
Andrea Guadalupe. 



                     

Amiga...El ser mujer es algo más que vestir de faldas.


Amiga...El ser mujer es algo más que vestir de faldas.

Regresan de manera insoportable temas de dolor y muerte. 
Son dos infamias que nadie merece. 
No lo sé, no lo sé, sólo que...me duele que un ser humano, como tú y como yo, enamoradas de la belleza y con su imaginación dedicada a dibujar en el viento la ondulante caligrafía de la feminidad, termine encerrada en un cuerpo que no le corresponde.
 Siempre están las prudentes, las durables, las que desde siempre renunciaron a toda grandeza que, en voz baja, comentan que seguramente es castigo de Dios.. 
Dicen esto y quedan muy satisfechas sin percibir cómo a su alrededor el daño y la muerte se enfurecen con las más débiles y las más inocentes.

A mí alguna vez me contaron que sin duda alguna la situación que vivo era un castigo que Dios les enviaba a mis padres por sus pecados y a mí por los pecados que seguramente cometería.
Desde entonces soy amiga de Machado y el Cristo que me enamora es el que juega a caminar sobre las aguas y comparte con nosotras el riesgo de anegarse en la pena.

“En verdad quiero verte, mi dulce Señor”, escribió George Harrison, “en verdad quiero estar contigo”. 
El problema está en lo doloroso del trámite.
 Estoy hablando del apoyo, de nuestra capacidad de compasión, de la adquisición de la certeza de que más allá de la triste frontera de nuestra piel están la otra, las otras, la distinta, la variada, la interesante, el cambiante rostro de Dios, los destinos de nuestros viajes. 
Ver a Dios, estar con él, quedar con él es tan sencillo o tan arduo como salir de nuestro laberinto y arriesgarnos a ser con la otra, desde el otro; ser la otra.
 Con la muerte de nuestro ser masculino la música de nuestra juventud se atenúa; aunque si en nuestra vida, las penas y las sonrisas de las otros siguen siendo nuestras (a esto se le llama compasión), entonces la juventud regresa. 
El alma permanece y más allá del sombrío horizonte hay una luna inmensa que con callada música nos avisa que ahí viene el sol.

Seguimos hablando de lo mismo. Ahí están las otras y, en particular, ahí están las niñas cuyas discapacidades solicitan de nosotras, no miradas lastimeras, no alborozos de nuestra buena conciencia, no reclamos generalizados contra la injusticia del mundo; requieren hechos. Hay que proporcionar alivio, recuperación y afecto. Esto es lo que ha hecho la comunidad.
 La confianza y creencia social que he adquirido radica en esta cuestión tan simple en apariencia y tan trabajosa para las integrantes: El apoyo es un hecho.

Estamos en sesión permanente.  
La comunidad T va por la vida clamando: ”Se ve, se siente…………, la T esta presente,” con voz de vocalista de la Santanera, o de diputada del PAN.

Aunque no venga al caso, tiemblo ante los mensajes conciliatorios que dicen: no te leo porque escribes puras estupideces, sólo que …………………… te tengo un gran respeto".
 Me quedan varios días para exponer los motivos que me obligan a estar aquí; por lo pronto, básteles saber que, en verdad, Andrea Guadalupe; esta con quien quiere.
Ustedes.
 Andrea Guadalupe. 


                          

Mujer...yo.

Mujer...yo.

Soy menos de datos y documentos, me interesa, me apasiona,me entusiasma la escritura.
Eso significa que he tenido que hacer un espacio dentro de mi propia dinámica de vida.
Porque para escribir se tienen que hacer espacios y renunciar a cosas personales.
Muchas veces surgen ideas equivocadas de las personas.
De repente se sorprenden de encontrar con una mujer dispuesta a exponerse, a exhibir su vida, miedos y limitaciones.
En mi caso, solo intento ser un ser humano.
¿Qué es ser mujer?
Ser mujer es estar pendiente de las pequeñas cosas y hacerlas grandes.
Ser mujer es abrazar, resolver todo el tiempo muchísimas cosas.
Ser mujer es transformar los fracasos en risas positivas.
Ser mujer es mi alegría, sueño y mi vida.

                                        Andrea Guadalupe.

                  

Convicción...Educación...

Convicción...Educación...

¡La culpa la tenemos nosotras! !Nadie mas!

Vamos por el mundo diciendo una cosa y pregonando otra, empeñamos media vida en esas convicciones, y ...de pronto, resulta que somos lo que no queremos.
 Lo que luchamos por modificar. 
¿ Por educación? 
Educación es mas fuerte que convicción.
 Ahí me tienen, soy una mujer de convicciones ¿Verdad?
 Ando por la vida exigiendo la equidad entre géneros y comunidades.
 Ando por la vida diciendo a quien me quiera oír que ser diferentes no significa ser inferiores, que como mujeres trans, no nacimos con genitales femeninos, si con sentimientos y cerebro de hembra.
 Que las actividades”femeninas” , no deben ser exclusivas de las mujeres biológicas, como las actividades domesticas, el cuidado de los niños, que para que haya equidad, los hombres también deben participar.
 Y verdaderamente creo en eso.
 Entonces, ¿Qué me paso?
 Por qué entonces un día despierto y me doy cuenta  de que quien en realidad lleva el peso de la casa, soy yo, la que no ha podido tomarse un fin de semana de vacaciones, la que se hace pedazos para dividir y multiplicar su tiempo entre las cosas que debe y quiere hacer.
Si antes buena parte del trabajo de casa era compartido con mi hijo:  ¿En que momento retome la carga completa?
 Porque estoy segura de que fui yo quien poco a poco retomo la corona de “Reina del hogar”

Tanto trabajo y esfuerzo para crecer en la equidad, para enseñar a mi hijo a ser más hombre y menos macho, y en la primera oportunidad , hago el papel que nos dicen es natural.

¡Que natural ni que nada! 
Es la educación grabada, tatuada en el alma desde hace tantas generaciones, que ya perdimos la memoria.
 La mujer sumisa y domesticada que llevo dentro se sobre pone a mis convicciones. 
Me toma por sorpresa me gana terreno como espía en guerra.
 Hasta que un día, me despierto abrumada, agotada, enojada, mientras mi hijo, para descansar de una temporada agotadora en la escuela y su trabajo, se va a visitar a sus amigos.

Y lo único que se me ocurre a mi preguntarme es ...y yo ¿cuándo?
 Se me hizo en la mente un silencio, como cuando una se mira a el espejo y descubre esa arruga que no había querido ver.

Si...educación supera convicción, entonces, voluntad, y conciencia deben superar educación. No hay de otra.
 Hay que re educarnos, grabar otro mensaje y borrar el tatuaje.
 Por lo pronto..¿Alguna de ustedes me quiere enseñar a salir de mi encierro?
 Por que quiero conocer amigas y salir con ustedes.
Andrea Guadalupe. 




                    

miércoles, agosto 10

El lugar de mayor descanso es el olvido

 El lugar de mayor descanso es el olvido

Hay una tumba en el cementerio de mi memoria que no guarda en su lápida el recuerdo y el nombre de la persona que está enterrada ahí. 

Eso no importa mucho: todos los nombres desaparecerán alguna vez, y todos los recuerdos.
Y eso tampoco importa: el lugar de mayor descanso es el olvido.
Cuando en las tardes sopla el viento, anuncio de que se va a poner el sol, un pajaro se posa sobre la carcomida cruz de aquella tumba y canta con trinos que se escurren entre laberintos del aire. 

He visto a esa pequeña ave de plumaje blanco y negro. 
Al verla se me ocurre un pensamiento: la vida eterna no está más allá de la tumba, sino más acá de ella. 
Moriremos nosotras algún día, y nuestra canción se apagará. 
Sólo que la vida es una canción que nunca finaliza. 
Ahora la está cantando el ave. 
Quizás en un mañana que aún no conocemos, la canción de la vida la diremos tú y yo.
Andrea Guadalupe.



             

En mi mente, los recuerdos...

En mi mente, los recuerdos se graban por enlace.

Lo hacen todos a la vez, como si algún secreto acuerdo hubiera entre ellos. 
Apenas ayer los miré con la alegría que su visita saca en el sentimiento, y hoy que salí a encontrarme con el sol, los vi estrenando una sonrisa leve como una insinuación de contento. 
Tendrán unos días para mi el valor de un remanso de aguas frescas en mis tardes calurosas, y serán una gozosa convención de instantes. 
Iré entre los momentos vividos, y ellas me reconocerán igual que reconozco yo a cada una de ellas.
Sola, sin testigos falsos, les hablo en voz bajita a mis días idos. 
Les saludo con el saludo que se da a la amiga que regresa. 
Y soy tan poca cosa, que no las abrazo una a una porque me da vergüenza. 
Si alguna vez alcanzo plenitud de humanidad abrazaré a estas amigas queridas, y a ellas me abrazaré por ver si algo se pasa a mí de su bondad.
                                           Andrea Guadalupe.

                   



L. G B. T...extraños compañeros de viaje

L. G B. T...extraños compañeros de viaje

Desde que las conocí me ha extrañado ver estas iniciales juntas;L, G B. T tres de ellas tienen un sentido relacionado pues se refieren a distintas opciones sexuales, la cuarta es otra cosa. 
En realidad se podría considerar que son extraños compañeros de viaje; no tienen las mismas inquietudes, ni los mismos problemas, ni mucho menos las mismas necesidades como grupos.

Naturalmente, cualquier individuo perteneciente a T puede a su vez pertenecer a L,G, o B.
Solo que...no creo que sea una buena idea mezclar ambas cosas. 
Son cosas totalmente distintas.

En los años 60 y buena parte de los 70, el movimiento Gay se desarrolló oculto. 
La desdichada Ley de Disoluto Social impedía cualquier reclamación formal, y debíamos limitarnos a acciones aisladas de protesta, o de defensa ante agresiones de las autoridades o de algunos grupos.

El hecho de ser perseguid@s individualmente más que como colectivo, propició una técnica de autodefensa; mimetizarse para pasar desapercibidos. 
Eso nos permitió desarrollar la vida ocultando nuestra identidad de género, asimilando la actividad social del medio, y manifestándonos en la intimidad de guetos generalmente desconocidos para el ciudadano común.

El acceso al mundo laboral era sencillo siempre que fuéramos discretos en cuanto a nuestra diferencia. Aunque en ciertos sectores no fue un impedimento demostrarla, la mayoría la ocultaban. 
Al ir adquiriendo un estatus económico suficiente, la colaboración en acciones de protesta podía ser un inconveniente. 
No podíamos correr el riesgo de que una acción de esas nos descubriera, pues se nos cerrarían las puertas que ahora nos permitían una vida.

Eso se conoció como "El closet".

La llegada de la apertura social hizo que cambiaran los modos, y la persecución fue desapareciendo. Aquellos locales de los que nadie sabía nada, ahora abrían sus puertas libremente. 
Much@s seguíamos ocultando nuestra condición, otr@s, menos discret@s, empezamos a alzar la voz más fuerte que antes, con la complicidad de los partidos políticos de izquierdas, que veían en ese naciente movimiento una ocasión de demostrar su modernidad apoyando las primeras reclamaciones reales.

Se incluyeron elementos anti-discriminatorios en la Constitución y en otras leyes; se suprimió el delito de disoluto social que tanto persiguió a los homosexuales, se atendieron peticiones y se extendió la idea de la normalidad. 
Comenzamos a dejar de ocultarnos con la tranquilidad que nos daba que no tendríamos consecuencias en el empleo, pues cualquier forma de discriminación estaría mal vista, y castigada por la Ley.

Los primeros juicios que se ganaron en ese sentido bastaron para que los empresarios comprendiesen primero que no podían despedir a alguien por el hecho de ser gay; después que tampoco lo podían hacer aún cuando el motivo fuese otro, pues bastaría que el despedido mencionase la discriminación por ser homosexual para ganar el correspondiente juicio; y por último acabaron por no preocuparse de la orientación sexual .
Por lo que a nosotras las Trans se refiere, los ochenta significaron la época de la explosión al exterior. El hecho de poder mostrarnos abiertamente parecía colmar las aspiraciones de muchas, sobre todo porque al dedicarse la mayoría a la prostitución, esto beneficiaba y permitía ganar dinero.

No existían colectivos organizados, y el acceso a los de signo homosexual estaba totalmente cerrado. Así que las reclamaciones de entonces solían limitarse a pedir calles en las que trabajar libremente, canalizadas a través de manifestaciones escandalosas, que alejaban más aún del cómodo status gay. 
Se abrían las puertas en ocasiones festivas, en locales en las primeras celebraciones del Orgullo Gay; se cerraban para cualquier otra cosa.

En los 90 empezaron a aparecer otro tipo de trans. 
No hacían la calle; habían accedido a una educación más elevada de lo habitual, o incluso su transexualidad se había manifestado en público una vez desarrollada una posición social y laboral que, en algunos casos, podían mantener. 
Eso significó un cambio radical en el sentido en que canalizar las pretensiones y en la propia esencia..

Ya no se utilizaban las manifestaciones, los gritos y la provocación, sino que se elaboraban escritos, se establecían contactos serios con la Administración y se formaban las primeras organizaciones. 
Ya no se pedía una calle en la que trabajar, sino una normalización legal que permitiese el acceso al mercado laboral. 
Ya no se pedían preservativos gratis, sino la inclusión en la Seguridad Social de las necesidades psico-medicas de l@s trans.

Algo había cambiado.

El hecho de que las reclamaciones fuesen legítimas, estuvieran bien razonadas, se presentaran racionalmente y se exigieran con tranquilidad solo que con firmeza, debió haberlas hecho necesarias a ojos del ciudadano medio, que veía a las trans como a personas que sufrían doblemente. 
Primero por la propia incomprensión de su propia situación y luego por la de la Sociedad que nos marginaba y desterraba a la prostitución o a ocupaciones secundarios.

Era tan obvio que había que remediar esta situación, que los colectivos gay sintieron que eso significaría olvidar sus peticiones, que eran mucho menos urgentes e infinitamente más superficiales comparadas con las del colectivo trans.

Recibieron con los brazos abiertos a las nuevas organizaciones; les mostraron su apoyo y les ofrecieron la integración en las suyas, mucho más grandes y mejor dotadas, desde donde podrían canalizar sus exigencias y protestas con mucha más facilidad, y con la ventaja que da una mayor fuerza surgida de esa unión.

Los nuevos colectivos, que contaban con menos experiencia de asociación, más entusiasmo que recursos y poca voz en los distintos centros de decisión, vieron en esta mano tendida una oportunidad de que sus demandas fuesen escuchadas y atendidas. 
Se mostraban distintos ejemplos de lo que la lucha homosexual había conseguido en poco tiempo gracias a esas mismas organizaciones que ahora nos abrían sus puertas, y se nos tentaba con simbólicos bocados de poder a través de cargos con más título que contenido real, y del acceso a unos recursos que antes no existían.

Y se produjo la peculiar unión "anti-natura". 
Al principio todo parecía bien, se producían reuniones que eran convocadas fácilmente, se presentaban escritos a los partidos políticos que mostraban su disposición a estudiar detenidamente un tema tan importante, se sucedían las ponencias y exposiciones en el marco de congresos, se daban charlas a colectivos y además se cobraba por explicar el hecho trans.

Se estaba viviendo un romance tan sorprendente como maravilloso, que no hacía otra cosa en realidad que derretir la intensidad de las demandas, que ahora debían dosificarse para coexistir con las del propio grupo raíz, ya que todas eran importantes, y no debía insistirse demasiado, para mantener la actitud de la Administración. 
Eso sí, se repetía la necesidad de la unión como única vía posible hacia el éxito.

Y en esas estamos, la verdad es que no se ha avanzado nada, los logros son más testimoniales que tangibles. 
Además el hecho en sí ha propiciado que el mensaje que mostraba la imagen del colectivo trans como desfavorecido y necesitado haya perdido fuerza, y ya no parezca tan urgente solucionar nuestra situación, o al menos no se lo parezca a la opinión pública, que ha pasado de casi comprender la necesidad de una asistencia psico-médica, a considerarlo casi una vanidad más.

No cabe la menor duda de que las dos demandas fundamentales de nosotras l@s trans son mucho más básicas y legítimas que las que ahora parecen centrar la atención de los gay.

Tanto la inclusión en la Seguridad Social de los tratamientos hormonales y psicológicos, así como la re asignación y sus complementos, como la resolución del tema legal en el Registro Civil; se pueden considerar de primera necesidad para poder acceder a una vida digna, para una posible inserción laboral.
El gobierno se resiste, tendrá que hacerlo, la reclamación homosexual actual es el matrimonio, que es coherente y deseable, nunca comparable pues nadie la entendería como vital.

Cualquiera comprendería que si un navegante solitario que está dando la vuelta al mundo en un barco equipado, puede que sin lujos sólo que en él,la subsistencia esté garantizada, se encontrara con un náufrago a la deriva, que lleva meses sin comer más que las algas que flotan muertas a su alrededor, al embarcarlo sería justo que le ofreciese su dosis diaria. 
Su caso es más grave y él, al fin y al cabo, no se ve en la misma situación.

Una vez solucionada su debilidad, podrán repartir los recursos; incluso graduarlos si son escasos, sólo que antes de eso es vital que el náufrago salve la vida. 
Si ese ejemplo es tan evidente, no comprendo como no se percibe que el colectivo trans es el náufrago, y que nuestros compañeros de viaje deberían inclinarse en su examen por encima de todo. 
No es aplazar la conquista de esas exigencias mínimas comparándolas con ninguna otra (por importante que sea).

Desde esta perspectiva, al colectivo gay no le interesa un protagonismo trans que vuelva a poner de manifiesto su situación de absoluta desigualdad social, y la vergüenza que representaría atender otro tipo de frivolidades antes que cubrir las carencias más básicos. 
Las demandas trans son tan urgentes y su falta causa tanto daño, que una campaña para exigirlas tiene grandes posibilidades de éxito.

Mientras las Asociaciones gay piensen que eso sería a costa de las suyas propias, no dejarán que esas demandas sean presentadas debidamente; por eso, el hecho de albergar en su seno a las organizaciones trans, les garantiza seguir apropiando el control mediante el retraso indefinido en la formalización de cualquier iniciativa.

El resultado es que las pretensiones se convierten en crónicas y el propio colectivo acaba por acostumbrarse a que así sea.

En los últimos años, los logros del colectivo trans, a escala nacional, se cifran en haber sido recibidos por algún representante político que lo hace de oficio (diputados que forman parte de comisiones), o por puro electoralismo (antes de unas elecciones todos los partidos se apuntan a lo que se mueva con tal de captar votos). 
No es la primera vez que sucede, pero después de las promesas, los hechos nunca aparecen.

En realidad ha habido muchos más avances debidos a luchas individuales que a una labor colectiva, organizada y reglamentada. 
Este hecho puede parecer sorprendente si damos por buena la máxima de que “la unión hace la fuerza”, pues aparentemente el esfuerzo incorporado debería obtener más frutos que las acciones aisladas debidas a iniciativas privadas.
 No ha sido así, y la verificación de este hecho pone serias dudas sobre los métodos empleados por las distintas asociaciones.

Y no se puede perder el espíritu de lucha que nos caracteriza a las trans en nuestra vida diaria, pues se ha demostrado que supone atrasos en lugar de avances. 
La batalla debe librarse sin aliados; sólo uniendo fuerzas en torno a una opción independiente, en la que los objetivos no deban compartirse con quienes no tienen las mismas necesidades, ni las mismas inquietudes.

Una opción desprovista de los dos elementos que más han lastrado el asociacionismo en nuestro país; el hiper formalismo que da demasiadas vueltas a cada tema para, rizando el rizo, pretender revisar hasta los signos de puntuación de los textos en una inacabable serie de grupos de trabajo, comisiones, escritos previos y demás, que no hace sino retrasar exageradamente las acciones; y el exceso de protagonismo que parece ser sustancial en nosotras las trans por lo divulgado que parecemos estar a lo largo de los años, escapando el sentido real del espíritu de sacrificio exigible a los gestores de cualquier comunidad de intereses, máxime cuando somos minoría y estamos discriminadas, y el estado de necesidad hacia las soluciones alcanza tintes casi dramáticos.

El día que eso se consiga, se habrá iniciado el verdadero camino hacia la obtención de los objetivos del colectivo trans. 
Cada día que pase sin tender hacia ello sólo servirá para crear desencanto, desanimar a quien aún tiene fuerzas y mantenernos en el ínfimo puesto que nos otorga la escala social.
Andrea Guadalupe. 




                          

Vivir en un cuerpo que no te corresponde.


                  Vivir en un cuerpo que no te corresponde.

Las mujeres trans somos las grandes desconocidas del gran público. 
La gente piensa que solo existen las trans sexo servidoras y nos cargan todas los incorrecciones.

Es muy positivo que la opinión pública conozca a la realidad para que pueda conocer el milagro en toda su amplitud. 
Por desgracia los medios de comunicación que podrían dar una imagen real y positiva se niegan a hacerlo. 
Hacen lo contrario, nos utilizan para causar risa y morbo, como a otras persona que ridiculiza la televisión o se dejan ridiculizar.

Es una enorme injusticia que el sistema de salud no cubra el proceso de reasignación de género de los hombres y las mujeres trans. 
De esta forma solo quien cuenta con recursos económicos o apoyo de su familia puede completar el proceso en un tiempo razonable, mientras quien está sola debe esperar en una interminable lista de espera que no existe (es interminable porque no existe) mientras escuchas que hay otras prioridades. 
Esta es una respuesta muy hipócrita, porque quien la dice no espera destinar ningún dinero a la odontología, a los ancianos o los enfermos psíquicos. 
Su intención solo es denigrar nuestra demanda de tratamiento,aunque no piensan resolver nunca las necesidades que consideran más importantes que la trans.

Yo me pregunto si habrá algo más importante que el ser tu mismo o tú misma. 
Creo que no, porque cuando vives una vida equivocada, que no es tuya, poco te importa la salud de tus dientes, ni lo mayor que seas. 
Primero quieres solucionar ese problema. 
Como el resto de la sociedad te dice que como eres una minoría...ya te irás acostumbrando..

Sólo que..el tabaquismo y sus consecuencias se tratan y cuestan millones a la salud pública y nadie dice nada. 
Claro, es una cuestión de vida o muerte. 
La transexualidad también es una cuestión de vida o muerte.

No sé lo que mata antes, si el cáncer de pulmón o vivir en un cuerpo que no te corresponde.


Besos...Andrea Guadalupe.



                          

Somos Trans.

Somos Trans.

La transexualidad es la manifestación de una conciencia y práctica conocida en la historia humana.
La gente ha cambiado su género, papel sexual e incluso su cuerpo en todas las culturas. Cuando la diosa Cibeles, la gran made de los dioses, llegó a Roma procedente de Frigia, en Asia Menor, trajo con ella a sus gallae. 
Éstos eran seres que habían nacido con el sexo masculino y que se castraban a sí mismos entre danzas y cantos. 
Durante la convalecencia, los gallae comían los mismos alimentos rituales que las mujeres que se reponían de un parto. 
Una vez recuperados, entraban al servicio de Cibeles vistiendo ropas de mujer. La propia Cibeles tuvo originariamente los dos sexos hasta que le amputaron sus órganos masculinos. 
Se dice que Dionisio, dios del vino , fue quien practicó esta cirugía. 
El propio Dionisio era transexual y había sido educado como una niña. De Astarté a Istar en Oriente hasta Artemisa y Afrodita en Grecia, las diosas de las antiguas religiones gozaron de adoradores especiales. 
Personas que hoy llamaríamos transexuales. Las adoradoras femeninas se amputaban los pechos, encontraban la forma de interrumpir su menstruación y se ponían ropa y falos masculinos. 
Los hombres se vestían como mujeres y practicaban la auto-castración. El mito homérico describe a Afrodita como a la diosa del amor. 
Sus adoradores también la describían como hermafrodita, término derivado de la unión de Hermes y Afrodita. 
Incluso el origen de la diosa del amor apunta a una antigua capa de transexualidad. Esíodo nos dice que Urano, el dios del cielo, se convirtió en un tirano, sofocando a Gaia (la Tierra) y destruyendo a sus hijos. 
Gaia creó una hoz y se la entregó a su hijo Cronos (Saturno), quien la utilizó para castrar a su padre y arrojó los órganos amputados al mar. 
Y del agua surgió Afrodita, la hembra perfecta. La diferencia más evidente entre nosotras l@s transexuales modern@s y l@s adoradores de Cibeles o Afrodita es la tecnología médica. 
Los hombres y mujeres transexuales iniciamos el cambio físico con un tratamiento de hormonas. Los estrógenos y otras hormonas hacen que crezcan los pechos y caderas en las mujeres transexuales —es decir, las que cambiamos de hombre a mujer—, trasladan la grasa corporal y suavizan la cara. 
El hombre transexual —mujer a hombre— toma testosterona, lo que le produce una voz más profunda, la barba, la calvicie y la dureza y angulosidad del cuerpo. 
Nosotras l@s transexuales, por tanto, pasamos una segunda pubertad en el género al que sentimos que pertenecemos. 
Para muchos transexuales la pubertad original fue muy dolorosa, ya que nuestros cuerpos se desarrollaron para alcanzar formas que detestamos. 
Los nuevos cambios nos provocan las emociones, incomodidades sociales y deseos de experimentar que son relacionados a los jóvenes. 
La cirugía se efectúa tras un año de tratamiento hormonal y de vida cruzada: vestirse, trabajar y vivir socialmente en el sexo al que se desea pertenecer, al que secretamente nos sentíamos pertenecer. 
La cirugía de hombre a mujer no consiste en la simple extirpación de los genitales. 
Dado que el estrógeno tiene un efecto limitado en el cuerpo, muchas mujeres transexuales retenemos algunas características masculinas. La cirugía de mujer a hombre es más complicada y menos satisfactoria. 
La cirugía preliminar consiste en la reducción de mamas y una histerectomía.
Crear un pene es más difícil. 
El cirujano construye el órgano con piel de otras partes del cuerpo. 
Este nuevo pene extiende el clítoris, que a menudo adopta una forma fálica debido a la testosterona. Crear una nueva extensión del cuerpo es más difícil y caro que invertir algo que ya existe. 
De ahí que muchos hombres transexuales no se hagan la cirugía final. 
Gracias al efecto de la testosterona descubren que su nuevo clítoris con forma de pene satisface sus necesidades sexuales y deciden que la apariencia física de hombre les importa más que su funcionamiento sexual íntimo. La mayoría de los hombres transexuales, con sus barbas y sus cuerpos musculosos, son imposibles de distinguir de los hombres comunes, no transexuales 
Muchos consideran que esta transformación es una violación de la naturaleza. Solo que...entendamos lo siguiente: cada feto comienza su vida como andrógino, con un desarrollo sexual potencial en un sentido u otro. 
La gónada que se convierte en vagina o pene es la misma para el hombre que para la mujer. 
Los labios vaginales y el escroto parten del mismo tejido. 
En cierto sentido, el cirujano invierte —corrige, según l@s transexuales— el curso original del desarrollo. La cultura occidental asume que la identidad es una sola pieza. 
Las personas que nacen con pene tienen que considerarse a sí mismas masculinas, actuar de forma masculina y desear mantener relaciones sexuales con mujeres. 
Las que tienen vaginas deben hacer todo lo contrario. 
De acuerdo con esa línea de pensamiento, la gente cree que la transexualidad es una forma extrema de homosexualidad, como si un hombre gay no pudiera aceptarse a sí mismo e intentara convertirse en una mujer heterosexual normal. 
De hecho, la transexualidad no tiene nada que ver con los deseos que sienta alguien de hombres o mujeres. 
En lugar de ser hombres homosexuales, muchas mujeres transexuales se hacen lesbianas tras la cirugía de hombre a mujer. 
Igualmente, muchos hombres transexuales inician relaciones gay con otros hombres. 
Aprendemos que el sexo anatómico, la identidad y la preferencia sexual, y el comportamiento masculino o femenino, son todas cualidades independientes que se combinan de formas diversas para distintas personas. 
Una mujer transexual sabe que es una mujer, un hombre transexual sabe qué es un hombre, y eso es todo. 
Ésta es una revelación espiritual. 
No tiene nada que ver con la lógica o el razonamiento. La mayoría de hombres y mujeres transexuales tenemos que luchar mucho. 
Nadie nos obligó jamás a los transexuales a someternos a los cambios. 
Una seguridad tan poderosa que nada podrá frenar, nos impulsa a través de todas las dificultades médicas y problemas sociales a los que se haya de enfrentar. 
En las primeras décadas del tratamiento clínico transexual, cambiar de vida significaba morir. 
El hombre o mujer transexual abandonaba su trabajo, amigos, familia, se trasladaba a otro lugar y se construía una nueva identidad, asegurándose de que nadie conociera su historia. 
Sin embargo, muchos transexuales hemos elegido en los últimos tiempos por cambiar de vida abiertamente. 
En lugar de abandonar nuestro armazón social, buscamos apoyo entre amigas. 
En lugar de buscar nuevos trabajos o una nueva carrera, anunciamos nuestra intención de cambiar de sexo sin dejar el trabajo. Esta nueva realidad resulta de, que no vemos motivos para ocultar quiénes somos. No podemos pensar en la transexualidad en términos lógicos. La transexualidad no es cuestión de lógica, sino de pasión. No es por casualidad que las Figuras griegas asociadas al cambio de sexo incluyan a la diosa del amor y al dios del éxtasis. 
¿Qué otra cosa podría hacer que la gente renuncie a su lugar en la sociedad, se enfrente al ridículo social y posiblemente. a la violencia, ponga en peligro su carrera, amistades, familia y, finalmente, transforme su cuerpo con drogas y operaciones? 
Este deseo es tan viejo como la raza humana. 
La transexualidad ha comenzado a explorar la pasión planteando cuestiones de identidad, creencias profundamente arraigadas y presunciones sobre la realidad física.
Andrea Guadalupe. 






                        

sábado, agosto 6

El viento que sopla en el cementerio

 El viento que sopla en el cementerio.

En el pequeño cementerio que se resguarda en mi memoria  está la tumba del cura del pueblo.
La gente lleva flores a la tumba, pues dice que el señor cura fue un santo. 
Sólo que si la tumba del señor cura pudiera hablar,diría esto: Me hice sacerdote,porque creía en Dios, y sentía que Dios creía en mí.  
Luego de fastidios de la vida y los pequeños fracasos habituales, me hicieron dudar de que Dios estuviera conmigo, y entonces comencé a dejar de estar con Dios. 
Dejé de creer en El, no sé si porque leí algunos libros o porque no leí los suficientes. 
Nada más los que saben mucho y los que no saben nada tienen a su alcance a Dios.
Así, perdí la fe. 
A nadie lo dije. 
No importaba que yo no creyera en Dios; lo importante es que las gentes a quienes yo amaba sí creían en El. 
Por amor a ellos seguí amando a Dios. 
Le rezaba por las noches reclamándole que no existiese.
Todos me tenían por un buen sacerdote. 
El obispo me proponía como ejemplo a los demás. 
A mí, que me dolía ser ateo porque no tenía a quien dar las gracias por los dones que de la vida recibía.
Uno de los dones que de la vida recibí fue el de la muerte. 
La tuve tranquila. 
Mis últimas palabras fueron para los pobres que rodeaban mi cama de agonía: Dios los bendiga. 
En sus lágrimas vi. que mi vida no había sido inútil. 
Y dije para mí: 'Gracias a Dios, porque no había más a quién darle las gracias.
Ahora sé que...
Otras palabras hay en la tumba del santo sacerdote que no creía en Dios.
 Sin embargo, el viento que sopla en el cementerio no deja que se escuchen bien.

Andrea Guadalupe.