jueves, octubre 24

Son letras, que se toman como se guste: con azúcar de caña o sal de mar.

Octubre 2013.   Son letras, que se toman como se guste: con azúcar de caña o sal de mar.
A manera de comentario de un escrito: Despierta, soñé mi muerte, mi hermano Alex, escribió: Cuando se acude con una frecuencia e insistencia a velorios, entonces se pregunta al interior, ¿Parece que se están yendo las demás personas?, o están ricos los tamales o realmente si se trataba de alguien allegado sentimentalmente o emocionalmente o hasta para comprobar morbosamente su más íntimo circulo de fans.
Aquí aparece el cuestionamiento personal: ¿Veo la muerte como algo natural, o me estoy entrenando para entregar el equipo, o tal vez ya siento los zopilotes a mí alrededor?
Como quiera que sea, referirse a las defunciones, sepelios o las famosísimas Pompas Fúnebres, es una manera de hacer presencia antes de que se note la ausencia, porque cuando ya no pasa lista el citado, pues se reacomodan las Piezas en el Tablero de ajedrez.
Por otra parte eres tan insistente en el tema mortuorio que preocupa tu postura tan desenfadada, un tanto burlona y hasta diría retadora, al menos frente al teclado, así parece desde este lado del monitor.
En fin, cada quien se mofa de la parca según sus propios enfoques y al final, de todas formas hay un acompañamiento o tal vez un enfrentamiento, un poco depende- como lo veo- de cómo te hayan tratado tus últimos momentos (minutos o meses) la vida terrenal y de cómo te encuentres satisfecho de tu quehacer.
 Son comentarios al margen, pues me parece un tema reiterativo de tu parte, que lo abordas con sutileza y retorna eventualmente
Así que ahí te lo dejo como una sugerencia de mi parte.
Te mando un abrazo y saludos.
Hola Alex, después de leerte, te he tenido en mente, y resumido en mis reflexiones tus palabras en una frase: Hablas de la muerte sin saber lo que estás diciendo, tú,  nunca has muerto.
¿Sabes? Hablo de la muerte, porque no sé qué decir, que no se asemeje al vacío.
Cuando pienso en la muerte, te confieso que recuerdo a esos amores no realizados, que me hicieron morir poquito, evoco panteones que también son la propia memoria, llegan  a mi mente llantos, gritos, coronas de flores, susurros, el color negro, vacíos rezos que parecían no tener fin, y pensando en la teatralidad de este ritual, tengo deseos para el día de mi muerte, también un testamento que respalde mis deseos.
Quiero que diga más o menos así: No dejen entrar a l@s farsantes.
No dejen entrar a más de la mitad.
El ropaje negro úsenlo porque es hermoso, no porque represente el fin de la vida.
O hagan lo que quieran, igual no sé si desde donde esté podré verles para reírme de l@s hipócritas que se colaron.
Quisiera que no lloraran, aunque, asumo que será inevitable en mis cercan@s.
Quisiera que bebieran mucho café, entre bromas y anécdotas, para que así, surgieran nuevos temas para continuar escribiendo en el más allá.
Quisiera que no reinara el silencio y los susurros.
¿A qué se le guarda respeto con silencio, a una persona difunta?
No quiero señoras que comiencen con el rosario o algún protocolo parecido, por favor sáquenlas, no me interesa quienes sean.   
Todos mis libros y herramientas, son para mi hijo, lo que no me pertenezca, favor de entregarlos a su dueño.
Pongan por favor mi música: Los Fabulosos Cadillacs, Joan Manuel Serrat, Scorpions, Janis Joplin, Doors.
Nada de quedarse toda la noche a lamentar mi pérdida, ni que les sobrara el tiempo, a menos que surja una orgía.
Créanme, siempre sentí asco y miedo a los gusanos, y aunque tengo pagada mi parcela en cementerio, prefiero que esparzan mis cenizas, ya les enviare un telegrama indicando en que parte del Pacifico.
Donen cualquier órgano que aún sirva según mis condiciones de muerte.
Que si mi hígado sirve, o mis apagados ojos, será el milagro del mundo.
Entiendan que no se llora por mí sino por ustedes mismos; realmente no se lamentara el fin de mi existencia, sino que no tendrán, por lo menos a mediano plazo, con quien suplantar mi humor agrio, asociado a mi sublime y fingida insolencia.
Pónganme una libreta y bastantes puntillas para mi porta minas, tal vez hacia donde camino, sea lo único que necesite, porque el corazón lo dejé salpicado en cada persona que amé.
Si piensan en mí no me invoquen, porque siempre llego a donde me invitan, aunque nunca fui muy puntual, regresaría tal vez, tan solo para derramar una lágrima de gratitud por el cariño que me dieron.
Debajo de mi almohada hay una hoja colmada de palabras suaves, esa carta es para que sepan que siempre la guardé cerca de mis sueños y de mí.
Es para la última persona de mi vida que admiré desde que nos sonreímos por primera vez sin saber que ya escribíamos la historia para mi eterno retorno.
Como verán, no tengo mucho qué decir, porque no he callado mucho en vida, siempre he escupido lo que me viene a la mente, incluso cuando sé que puedo perder a quien amo.
La muerte, ese otro trámite carísimo y burocrático, ese otro negocio, ese duelo que diversas personas, no saben cómo librar, eso que no sé si entiendo, esa nostalgia al recuerdo, a veces dura lo que una vida.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde mis palabras son letras, que se toman como se guste: con azúcar de caña o sal de mar.

Andrea Guadalupe. 

lunes, octubre 21

La muerte que comienza por las manos termina en el corazón.

Octubre 2013.  La muerte que comienza por las manos termina en el corazón.
Al escribir, describo un grito en el cual viajan todas mis razones y también mi falta de ellas.
Mi narrativa, instrumento que es plegaria escrita para poder soltarte o sujetarte con mis manos siempre torpes.
Acto realizado con miedo desbordante y nervios abrumadores, porque aparte de besar, escribir es otra manera de hacer saber lo que siento.
Escribo porque es la manera más sensata de terminar de morir en alguien, y yo quiero que toda esta maraña interior deje de sangrar.
Escribo para que los muertos dejen de doler para siempre, pues todo se traduce en un juego de muerte, donde se elige cómo hacerlo, básicamente para darle fin a una historia que, a ciencia cierta, nunca se sabe dónde comenzó.
Hoy declaro que mi historia tiene memorias de mil colores, tantos que escribir estas palabras me ha tomado una cantidad eterna de días que parecen todos, infinitos, pesados, sin embargo, una ventaja he tenido: Te he expulsado por hoy y para siempre de mí, de mi piel, de mis manos, de mis ojos, de mis huesos, cual clérigo al demonio, 
Mí ya gastado amor: deshacernos de nosotras mismas nunca fue tan fácil.
Míranos siempre ausentes, tanto que ni siquiera el sabor a cama bastaba para una reconciliación.
De todas las veces que estuviste presente, me da miedo pensar que imaginé la mitad; me da miedo haber supuesto que las veces que nunca te fuiste apenas amanecía, realmente me dejabas sola y desnuda en la cama.
Yo, enferma de cinismo, te presumía esos afanes míos con un cuerpo ajeno al tuyo provocando un hastío propio tan grande como el dolor.
Y a pesar de todo, en otro cuerpo aún te buscaba, porque siempre nos faltamos.
Los demonios nos huían, sólo que nunca nos abandonó la magia del gastado aburrimiento; entonces confieso en letras que, la muerte que comienza por las manos termina en el corazón.
Después de tanto llanto y tantas vísceras al descubierto, decidí alejarte.
La última vez que te vi, nos desconocimos.
Ya éramos intrusas en nuestras propias vidas por habernos ignorado tanto; no había calma y sobraba indiferencia.
Ya éramos dos intrusas a pesar de poner a prueba una amistad que no sé dónde está.
Siempre quise escribirte a ti con la pureza que da la tinta cuando se abre paso en una hoja blanca, aunque nunca supe cómo.
Mi lujuria me llevaba a hacer relatos sobre tus piernas y sobre tu espalda, aunque nunca a tu interior.
Mi insolencia me obligaba a justificar mis actos y a cerciorarme que los humanos somos bestias también; actuaba sin darme cuenta que quemaba todo aquello que mis manos tocaban para así, salvarme del caos que yo misma había creado.
Me protegía cerrando fuerte los ojos y suplicando que te apartaras de mí, así fui borrándote de a poco y a cambio obtuve textos, todos tuyos, cada uno hecho para ti.
Fue así como me convertí en una productora barata de textos_homenaje a nuestra muerte que se alargaba de a poco.
Hoy te escribo para que quemes lo que leas, para que me quemes, para que nos quemes.
No sé si entregarte esta carta o quemarla después de escribirla toda.
Hoy la desnudez de mis palabras viaja en otra dirección, en un rumbo que exige el perdón que nunca te pedí para intentar volar tan alto como dos alas rotas puedan, para que mis pecados puedan dejar de hospedar mi nombre, porque el perdón exige lugares más grandes que el corazón, por eso tenemos alma.
Y después de forrar mis cicatrices, de cubrirlas con cientos de besos de otras bocas, de siluetas que yo juraba tuyas; después de fingir amnesia y de reventarme la carne en muchos, muchos cuerpos, sucedió que de a poco, te fui borrando, porque nunca nos fuimos suficientes.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde descubro que la soledad, es una fuerte consecuencia cuando se abusa del deseo.

Andrea Guadalupe. 

viernes, octubre 18

fulgores nocturnos brotaban de mi cabeza.

Oct. 2013.  fulgores nocturnos brotaban de mi cabeza.
¡Oh, por favor, sin burlas o falsas poses, escuchen mi desgracia!
No sólo soy fea, también soy tonta, y mi pelo es una vergüenza pública.
Llevo sobre mis raíces la marca de la letra gris opaca, que ojalá fuera escarlata.
Tomé la fatídica decisión de comenzar a pintarme el pelo.
Si alguien puede aprender de mi experiencia: no lo hagan, en mi defensa podré alegar que lo hice bajo el influjo de una de esas estúpidas revistas de moda que, apenas abrirlas, te hacen entrar en trance e imaginar, por un momento, que eres hermosa.
Como si una fisura en el orden del cosmos hiciera posible que se pudiera pasar de fea y normal a guapa y extraordinaria.
El paraíso de negro azabache de la modelo en la portada me impresionó tanto que, absolutamente poseída, corrí a buscar un tinte que se acercara lo más posible al color que había visto en la revista, lo conseguí.
Todavía en trance llegué al salón de belleza e imploré que me lo aplicaran.
Aún recuerdo con humillación cómo le mostré la imagen a la señorita que haría el trabajo en mi pelo, en su mirada había compasión, aunque no era compasión pura, también relucía en sus ojos un toque de cruel burla.
Fue por eso que no me advirtió: la maldigo para siempre, a ella y a todas las de su sangre. 
Sucedió entonces, salí con el cabello color ala de cuervo, brillante, fulgores nocturnos brotaban de mi cabeza.
Y me sentía realmente hermosa, plena, en una comunión mística con Dios, lo juro.
Y luego nada: no cambió nada, mi vida siguió siendo exactamente la misma: trabajar todos los días en la empresa donde se me va la vida.
Llegar a casa, extrañar a quien fuera mi pareja, que se largó con una de la mitad de mi edad y la mitad de mi peso.
Y sentirme sola, irremediablemente sola, así mis días, aunque con mi cabello radiante, que daba algo de luminosidad a mi rostro acartonado.
Me explicaron que tenía que hacer el retoque, que consiste en volver a teñir las raíces cada tres semanas antes de que cante el gallo y aparezca el horrible apagado gris opaco,  y siento pánico.
Cumplí  el retoque con devoción, puntualmente.
Pronto aprendí a hacerlo yo sola y decidí teñirlo por completo cada ocho días, aunque el efecto sedoso y brillante de la primera vez duraba cada vez menos.
Era mi momento, mi festividad, mi viaje personal.
Adoraba el olor de mi pelo recién pintado, un olor como si yo fuera otra.
Hasta que empecé a tener unas migrañas infames, mortales.
Dolores de cabeza que me dejaban absolutamente fuera de circulación: a veces, recién me había aplicado el tinte, perdía la precisión de la vista por minutos, como si una membrana finísima empañara mis ojos.
Fui al médico, sola, escuché sola la sentencia y sentí resquebrajarse mi corazón, también sola. El neurólogo notó que mi cuero cabelludo estaba particularmente irritado y comenzó el interrogatorio.
Lo aborrecí con toda mi alma, hubiera preferido no ir nunca.
Me acorraló hasta que le dije la verdad: Se quedó callado, me miró con la boca abierta como idiota y repitió: obscurece su cabello cada semana, luego, vino todo un discurso de principios de toxicología y los efectos del peróxido de carbono.
Dijo cosas como ceguera cortical, afasia de no sé qué y psicosis maníaco-depresiva si se tiene predisposición.
Me fui, lloré toda la tarde, toda la noche, miré la caja del tinte, sabía que tenía que dejar de hacerlo, que perdería ese olor, esa luz.
Hasta que me quedé dormida y a la mañana siguiente decidí entrar en rehabilitación.
Hoy, mi cabello  es una deshonra, mi estado de ánimo es lapidario: volví a ser la fea, ordinaria y opaca de antes.
Si hay algo de compasión en sus corazones, apelo a ella, por favor no se fijen en  la apariencia de mi cabello, aparento una tundra, un desierto, acaso revelo toda la sequía y pérdida de color que hay en mi alma.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde les advierto a ustedes de no hacerlo, aunque yo prefiero unos días de luz, que esta porquería de grisura en la que poco a poco me convierto, pues tal vez todo sea mejor si no veo.

Andrea Guadalupe. 

miércoles, octubre 16

Felicidades Víctor Manuel Aguirre Espinoza y Víctor Fernando Urías Amparo.

Octubre 2013. Felicidades Víctor Manuel Aguirre Espinoza y Víctor Fernando Urías Amparo.
Una ley que desampara, es una ley que no respeta.
Felicidades, a la juez del Juzgado Décimo Segundo del Estado, que resolvió emitir un amparo a favor de la pareja conformada por Víctor Manuel Aguirre Espinoza y Víctor Fernando Urías Amparo, para poder celebrar su unión civil.
 Este es un paso muy importante, es hora que los seres humanos aceptemos la diversidad, tod@s tenemos derecho a ser felices, sin dañar a otra persona de la forma que más nos guste.
Recordemos que ser gays no es una elección, como no la es el ser heterosexual, eso se siente y no hay nada que cuestionar.
Que este acontecimiento sirva para que comprendamos que no somos tod@s iguales, ya sea en la forma de pensar, de sentir, de vivir, y de amar...
Cuando se discute sobre el matrimonio entre homosexuales siempre se cae en una discusión religiosa, aunque, estamos equivocad@s, estamos discutiendo sobre los derechos civiles que nada tienen que ver con la religión, tod@s l@s individuos independientemente de su raza o condición sexual que vivimos bajo las leyes, debemos tener los mismos derechos civiles.
Creo que un justo acercamiento al tema primero deber separar lo religioso de lo civil, ya que, en cuanto a lo segundo, rechazar el matrimonio a parejas homosexuales, y con ello los beneficios de los cuales otros ciudadanos sí gozan, constituye un simple y llano caso de discriminación.
Implica negar igualdad de derechos y tratar a estas parejas como ciudadanos de segunda, a pesar de que sus obligaciones siguen siendo las de otros ciudadanos.
Me pregunto si los censores del matrimonio gay conocen resultados científicos serios sobre los avances de los derechos de los gays.
El matrimonio homosexual ya se ha instaurado en algunos lugares del mundo y estas sociedades no han empeorado y la moralidad no ha disminuido ni aumentado.
Usemos nuestras energías y ganas de mejorar el mundo en empresas más productivas. Enfoquémonos en males modernos que en verdad corroen las bases de la sociedad y permitamos que las parejas gays obtengan los derechos de cualquier ciudadano y alcancen su felicidad
El tema de que la religión no quiera otorgar a los homosexuales el sacramento del matrimonio es otro asunto, otra discusión.
En una sociedad que pretende ser civilizada, los derechos de las personas, bajo ningún punto de vista pueden otorgarse a partir de su sexualidad, además, las bodas gay, no cambia la vida en nada a los heterosexuales.
En mi opinión, la ley lo que hace es reflejar un cambio social que ya existe en la sociedad de BC.
Por supuesto, este no es el final del camino.
Una vez más: Felicidades a Víctor Manuel Aguirre Espinoza y Víctor Fernando Urías Amparo.  Sigan por más.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde me alegro de ser parte de una sociedad más abierta a la diversidad y más respetuosa de los derechos y deseos de tod@s

Saludos. Andrea Guadalupe. 

Más allá del deseo de la carne que penetra en la carne.

Octubre 2013. Más allá del deseo de la carne que penetra en la carne.
Salir en búsqueda de compañía, sentad@ en un solitario banco de algún  parque de la ciudad, preferentemente, apartado, silencioso, cómplice y oscuro.
Guiándose únicamente por la señal casi imperceptible: el gesto  apagado que delata; un movimiento de la mano; el fruncir de los labios en una forma que expresan sin pronunciar palabras; con la mirada que apenas resplandece en la semi penumbra de la noche; el pausado andar como quien flota entre nubes; o dejándose llevar solamente por la intuición, por una química totalmente desconocida para l@s no iniciados, por un algo inexplicable como la fuerza magnética.
Salir en búsqueda de compañía, utilizando sólo los más difusos recursos: Me puede dar fuego, por favor, sosteniendo entre los dedos temblorosos el cigarrillo durante un largo tiempo, o: Me podría decir la hora, mientras una lánguida mirada trata de insinuar, de convencer; o quizás pronunciar un nombre, para que vuelva el rostro y diga: No, y valorar por el tono de la voz si se puede proseguir, o simplemente decirle: Perdón, me confundí.
Salir en búsqueda de compañía para mitigar la crisis sentimental, sí, porque más allá del deseo, más allá de la carne que penetra la carne y hiere, lastima y satisface, están también los sentimientos, la necesidad de saberse conquistad@.
Y salir en búsqueda de compañía no significa solamente buscar el cuerpo ajeno que se acople, sino en encontrar la mitad que se anhela, la que se busca para compartir cada instante de la vida, para subsistir en esta difícil vida LGBT.
En esta ocasión, como en tantas y otras tantas, no hubo suerte y repasó con lentitud el camino hasta su casa.
Luego, acostad@ en su cama, fue el dejarse llevar por los recuerdos que le sumieron en un prolongado insomnio.
Recordó que desde su infancia, su orientación, estuvo marcada por eso que muchos llaman aberración y hasta vicio.
Desde infante, porque en la escuelita su compañía eran niñas, como lo eran en los juegos, el conversar de las cosas que conversan las niñas.
Desde la infancia, el gusto por las ropas femeninas, los cosméticos de su tía.
Desde infante, y después, ya adolescente, cuando el sexo comenzaba a aflorar gritando nuevas emociones, sentía ya el atractivo por los hombres, como aquel maestro joven, rubio, delgado, débil,  inaccesible, callado y solitario, y que mil veces se imaginó internándose con él por aquellos caminos de Dios.
Ya antes había pasado por experiencias, pero estas no habían sido totales, plenas…; La verdadera primera vez  fue diferente, y recordó.
Habían sido tan felices durante los dos años que compartieron sus vidas, le mimaba y protegía; cada noche le penetraba y le mordía suavemente la espalda, desde la primera vez, su primera vez, le hizo sentir aquella agradable ponzoña hiriéndolo, desgarrándole, satisfaciéndole finalmente al sentirse poseído.
La relación marchó sin dificultades hasta que llegó ella.
Delgada, de linda figura, calmada, no le importaba que fueran una pareja.
Cada tarde irrumpía en la casa con su risa, destapaba las ollas y sin ser invitada probaba la comida, compartían como tres buenas amigas.
Ella vendía ropas de uso y llegaba de tarde en tarde con cada nuevo lote formando bulla: ¡Miren las maravillas que traigo aquí!, y comenzaba a sacar las prendas del bolso: ¿Qué te parece esta blusa?
Y sacando una falda del atado: Pruébatela, para ver qué tal se ve.
Y la complacía con agrado. .
Una de esas tardes, mirándole a las tetas, expreso sin tapujos: Me gustaría tener un par así, vivir como mujer y dejar de ser tratado como varón.
Su pareja, tras un instante de vacilación, sólo alcanzo a decir: jamás me han gustado las mujeres, después, dio media vuelta y se fue a la calle.
Nunca más, le volvió a ver.
Desde entonces recomenzó la búsqueda de compañía, con la esperanza de encontrar un compromiso estable, aunque sólo aparecían parejas eventuales, míseros profanadores de una noche, simplemente alentados por la carne, excitados únicamente por el placer.
Hasta que sin esperarlo apareció el, no era rubio ni delgado, no tenía los ojos azules, sino negros, muy negros bajo el oscuro pelo ensortijado, muy distinto de su ideal.
Resultó dulce y dócil, complaciente.
Durante algunos meses transpiró felicidad.
¿Qué más podía pedir? Ya su edad rebasaba los 45 años y el pelo se estaba perdiendo y la piel mostrando señales de cansancio y su vigor, bueno, su vigor ya no era el mismo, ¿para qué negarlo?
Y su pareja, era mucho más joven, tenía que cuidar esta relación, escoger los amigos comunes, complacerlo, tolerarlo en sus caprichos, comprenderlo en sus fugaces fantasías, saciarlo de amor, hacer que se hundiera cada día más en aquel pozo de su goce y su cariño, sujetarlo por siempre junto a sí.
Un día le vio recogiendo sus cosas, la mochila ya estaba hecha, le preguntó qué hacía, y le respondió mirándolo a los ojos: Sucede que he comprendido que no puedo estar más a tu lado, eres sensible, tiern@; no tengo quejas de ti, sólo que… ¡Extraño mi libertad!
Déjame ir en paz, quedemos como amistades y se acercó para darle un tierno beso en la mejilla.
No opuso resistencia, la suavidad de la ruptura le había anulado.
No supo qué decir, qué hacer, y cuando salió de la casa sin mirar atrás, se tendió en la cama a estremecerse en llanto amargo.
Le ahoga nuevamente la soledad, así tendría ahora que enfrentar la vida, malgastar sus noches, soportar las miradas inquisidoras de quienes no comprenden..  
En soledad y forzad@ a salir en búsqueda de compañía, comenzar a buscar el cuerpo ajeno que se acople al propio, utilizando sólo como armas los más simples recursos; y más allá del deseo, de la carne que penetra en la carne y hiere, lastima y satisface, la necesidad de saberse acompañad@, encontrar la mitad que se anhela, la que se busca para compartir cada instante de la vida, porque también su cuerpo era habitado por un alma, donde latía un corazón.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde el dolor escurre silencioso.

Andrea Guadalupe. 

domingo, octubre 13

Bendita ceguera que no deja ver la realidad cuando duele.

Octubre 2013.   Bendita ceguera  que no deja ver la realidad cuando duele.
Saludo al nuevo día intentando olvidar las imágenes borrosas y los señuelos lanzados por el adolorido silencio del tiempo.
Mientras despierto, despedazo la niebla con las pocas fuerzas recopiladas en los sueños que aún no se han borrado del todo.
Los días soleados, vivo adherida a nubes y oscuridades indestructibles, y por más que me afano, no despego los pies del suelo reseco.
Los días de lluvia, concibo saltos y danzas rituales que me ayudan a evitar el gris y a exprimir el paisaje licuado.
Los días en que la niebla lo cubre todo, me empeño en deshacer dudas y temores, en desmarañar laberintos.
Los días de tormenta, me aplaco, me calmo, hiberno en un sueño manso y pacificador a la espera de tiempos mejores.
Sonrió tristemente cuando le comunicaron que habían encontrado a su ex muerta, con los ojos muy abiertos, rodeada de tazas de café y estimulantes de todo tipo.
Lógico, cuando me dejó, me dijo que no me quería ver ni en sueños, fue su única expresión.
El anciano lloraba cuando descubrió en el televisor a su hijo, subido en la carroza, con su capa carmesí y su corona siguiendo la tradición familiar de una tradición secular.
La alcurnia del apellido, obligaba a encabezar la caravana del santo patronal en la cabalgata.
Y ahí estaba su retoño, marchando, mientras su mujer lo miraba amorosamente, agradeciendo a Dios por la bendita ceguera  que no deja ver la realidad cuando duele, ya que las cataratas, le impiden percatarse, que su hijo va ataviado de Reina en el Día del Orgullo Gay.
No creas que no percibo tus burdas excusas y la fiel incoherencia de tus pretensiones sobre mí.
Sé muy bien que sabes perfectamente, que distingo la retorcida lógica que oculta tu ambigua sonrisa, el vacío lunar que inspira el ambiguo brillo de tu mirada, y el rancio aire que agita tu simulada pasión.
Y sé que sabes que, al igual que la tuya, mi piel se marchita, desesperada, cada minuto que transcurre sin interpretar nuestro simulacro.
Se decidió por un cambio de look radical, que el bótox, que unos implantes de silicona, que una liposucción, que un estiramiento, que la nariz.
Y, como toque final, implantes capilares en unos claros que siempre la habían mortificado.
Desde entonces, la oportunidad pasa desapercibida.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde rio danzando entre memorias torcidas no del todo derrotadas, y el aroma sutil de tu sonrisa embriaga el aire levemente viciado que flotaba entre nosotras.

Andrea Guadalupe. 

Cuento al café entre mis fallas, manías y bálsamos

Oct. 2013  Cuento al café entre mis fallas, manías y bálsamos
Hola, buen día, por fin he despertado pues he tomado mi primera taza de café,  estoy segura de que es algo químico, algo que me rebasa pues pertenezco al grupo de humanoides que sin tomar un café por la mañana son incapaces de mutar a humanos.
Es imprescindible para mí.
Y  aunque durante el día me vaya poniendo agria como naranja inmadura, siempre me levanto de buen humor, no es que dependa del café para sentirme contenta, mi primera sonrisa siempre llega antes que el primer trago.
La cosa va más allá: el café me centra, me alinea el alma con el cuerpo y la actividad neuronal, me pone completa en el mundo.
Razón que atribuyo al haber nacido en Córdoba Veracruz, tierra cafetalera y de manos que aprendieron a cultivar esta maravilla, una de las pocas que me devuelven la fe en la humanidad. Cuento al café entre mis fallas, manías y bálsamos; encaja en todas.
Podría contar mi vida entera en tazas de café y sin ellas: días en la plenitud y en el desamparo.
El hecho es que desde mi muy sesgado, subjetivo e innecesario punto de vista, como todos los puntos de vista, no tengo amistades a quienes no les guste el café.
Podría decir con precisión cómo toma el café cada una de las personas que he estimado y que amo aunque no recuerde su fecha de cumpleaños.
Es un placer dentro de otro y luego dentro de otro y otro.
No sólo el sabor de la bebida misma, aunque tengo claro que me gusta caliente, fuerte, sin azúcar y con un toque de leche o crema; también sé que me gusta sujetar la taza con las dos manos, que tengo mi taza predilecta, que lo prefiero cuando es aceitoso, que me gusta mirarlo y olerlo antes de dar el primer trago.
Y de pronto, me voy dejando atrás a mí misma, contemplando mis días pasados como una línea interminable de bitácoras matutinas.
Como aquella mañana que nos vimos para tomar un café y hablar, aunque sabíamos que lo único que quedaba por decir era adiós.
Como aquella mañana en la que hundía la nariz en mi taza humeante, café con lágrimas, el sabor es inolvidable.
Sé que hay tazas de café  célebres y otras que nos pudimos haber ahorrado.
Repito: desde mi muy parcial, arbitrario, calenturiento y punto de vista: gracias al papa Clemente VIII que le gustó el café y que no lo declaró vicio ni pecado en Occidente como el alcohol o el tabaco porque de haber sido así; ahí les encargo el área de bebedores y no bebedores de café, clínicas de rehabilitación para cafeinómanos, aerolíneas libres de cafeína y envolturas de café con escenas melodramáticas de niños moribundos desnutridos, chantajes en los medios de comunicación del tipo: no tomes café, tú puedes salvar tu vida.
Porque tal parece que de este lado del mundo, basta con nombrar algo pecado para que hasta nos genere malestares metabólicos.
Que si el café tiene propiedad curativa o atenta contra la salud, no me interesa.
Reniego de nuestro culto a lo saludable que lo único que refleja es que estamos más enfermos que nunca.
Dice Serrat: de vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Yo creo que todas las tazas de café cuentan una historia, ya sea de insomnio insignificante o de mañana luminosa, pasando por tantas variantes como cada quien esté dispuesta a vivir.
Para mí el mundo se pone a girar con el primer trago, casi podría decir que prescindiría del sol pero jamás del café.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde les agradezco por el café que hoy se tomaron conmigo, y no me queda más que desearles que en el fondo de su taza, hoy se revele un buen pronóstico.

Andrea Guadalupe. 

domingo, octubre 6

De corazón y científicamente.


Octubre 2013. De corazón y científicamente.  
Con esa exactitud tan característica de la ciencia, lo que no flota, se hunde sin remedio; lo que no vuela, cae al suelo.
La energía, pura o no, nunca se destruye, aunque sí se transforma.
Y mucho, y se convierte en otra cosa.
Y aunque la recta tiene una dirección, no olvidemos que también posee dos sentidos: De ida, y de vuelta.
Todo lo que sube, baja; lo que entra, sale.
Y lo infinito, sólo está en el cielo, solo.
Por inercia, todo se mueve o reposa, y la inercia, créeme, es lo peor.
Para que me entiendas, he dejado de quererte.
De corazón y científicamente.

Octubre 2013.     Muñeca Rusa.
Además, el pollo tapado, siempre humea demasiado, respondió desanimada y ocultando los ojos.
E intentó sonreír.
Fue al volver de la cocina, en la que había permanecido con la puerta cerrada, y de la que salió tras apagar el ruidoso extractor.
Bajó el volumen del televisor, que ella misma había subido antes de salir, y se sentó a la mesa.
Tampoco hoy le diría el motivo real de sus ojos enrojecidos.
Lo guardaba al fondo de todo, donde ella también se ocultaba cuando, al volver su pareja tan tarde, traía pegada, ese perfume caro que a ella nunca le regalaría.

Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, lugar donde las capas con las que intento ocultar el  dolor, traen a mi mente las muñecas rusas.

Yo me baño a diario.

Octubre 2013.  Yo me baño a diario.
Cuando el agua no fluía en el desagüe del baño, no me quedó más remedio que llamar al plomero.
Vino y sondeo, en la hora que duró, fue sacando todo lo que tapaba la tubería.
Lo primero fue un manojo de inseguridades, que le hizo mirarme con extrañeza, y a mí, bajar la vista de pena.
Después, sacó un rosario de preguntas y tristeza, desechos de indiferencia y hasta un enredo hecho de la vergüenza y arrepentimiento al no participar en aquella marcha del colectivo.  
Encontró una arandela de miedo, que me vino como anillo al dedo, un amasijo de llanto silencioso, de orgullo herido, de pena desbordada.
Saco mucha rabia revuelta y mezclada con todo.
Trozos de ilusiones desgastadas, ya transparentes, como vidrio hecho fragmentos.
En ese momento pensé que podía tratarse del mismo desagüe por el que se iban los sueños, y sobre el que había leído en algún sitio.
El fontanero sólo habló lo necesario.
Sobre todo suspiraba de tanto en tanto, mientras fue extrayendo cuanto veía.
Acabado el trabajo, se negó a cobrarme.
Recogió su caja de herramientas, me miró con infinita tristeza y me palmeó el hombro antes de salir.
Y aunque no dije nada, las cosas no parecen mejorar y yo me baño a diario.

            Una vida de mierda.
Nací un día por la mañana, no podía nacer más tarde, ni más temprano.
De quien me desecho, nunca más supe, allí me abandonó y, si te he olido, no me acuerdo.
Desde ese día mi vida ha transcurrido en la calle, por eso, he visto de todo: robos, atropellos, peleas, besos con lengua, bomberos… Hasta una manifestación que, para suerte mía, no fue muy numerosa y no tuvo que utilizar la acera.
Yo, que no soy estúpida, siempre he notado cómo la gente me mira, cómo me evita.
Siento sus desprecios, porque una tampoco es insensible, ni de piedra, ya quisiera yo, porque sé que a más de una la lucen en no sé qué museo prehistórico con cámaras de vigilancia, y hasta les ponen un guarda de seguridad y  sólo porque se han hecho fósil, dicen; a saber.
Yo, la verdad, siempre muy ingenua, muy alegre; toda de Dios.
Aunque, desde lo del pisotón, todo son males.
Hasta entonces tuve varios intentos, que quedaron en eso, sustos tremendos que te van degradando, porque tu integridad física se ve en peligro.
Y claro, quieras que no, algo te tocan, con ese pisotón se fue una parte de mí.
Me dejó consecuencias, o más bien, se las llevó.
Con el accidente mi carácter cambió y mi diámetro también; se vio agrandado y ahí sigo.
Y no fue mayor porque el despistado era joven y supo mantener el equilibrio, sino igual ya no estaría aquí, o al menos no tanta.
Lo mismo me tendría aun embadurnada en el pantalón, metida en una bolsa de plástico, a la espera de que alguien nos llevara a la lavamatica.
 Ay, sin duda, desde que me pisaron no soy la misma, ni física, ni emocionalmente, en serio.
Ahora sólo me queda esperar que, en el final de mis días, un buen barrendero me lleve, o una tormenta, de esas que arrasan con todo, me arrastre y me desparrame sin tener que dar cuentas, ni ella ni yo.
Porque no creo, la verdad, que un mayate, con lo que escasean por estos lugares, pase un día por aquí, me haga objeto de sus deseos y  me lleve rodando a ver el  mundo.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial, donde, como ven, la mía, es una vida de mierda, despreciable y fugaz.

Andrea Guadalupe. 

domingo, septiembre 29

Despierta, soñé mi muerte.

Otoño 2013.  Despierta, soñé mi muerte.
La arena dorada por el sol…el mar acariciando su orilla…algunos rostros bebiendo a sorbos el sol… aunque…nada es lo mismo…
La arena con huellas de otros pasos…la espuma de las olas deshaciéndose en sus continuas embestidas…el sol ocultándose tras nubes que dibujan formas distintas
Rostros nuevos hipnotizados, y yo…tampoco soy la misma…algunas arrugas comienzan a surcar mi rostro, heridas que han ido cicatrizándose
El reloj cuenta las horas recordando el paso del tiempo…sin embargo…algo se repite…aquel olor a algas marinas, a mar, que sube para colarse por la memoria y despierta en mí la fragancia de la infancia, de aquellos gritos de alegría.
El olor de la eternidad…
El viento se lleva las hojas muertas y los manuscritos olvidados.
Las palabras amarillas flotan levemente antes de caer, rendidas, sobre el camino de la infancia. Hablan de recuerdos marchitados por el tiempo, sólo que tan vivos como tenues destellos de luz entre las nubes de otoño.
Recuerdos errantes que se lleva el viento, junto a las hojas muertas.
Sentada, cruzo las piernas y mis párpados atardecen.
Desde Tijuana BC, mi rincón existencial donde despierta soñé mi muerte, la veía llegar erguida y oscura; empuñaba mis deseos de morir y me los clavaba.
Afectada por ese veneno aluciné que la vida se acercaba etérea y me devolvía mis deseos de continuar, mientras yo,  dudaba que elegir.

Andrea Guadalupe.