viernes, enero 8

¡Ups! Por no tener vocabulario.

Tijuana BC Enero/2010.    ¡Ups! Por no tener vocabulario.

 

¿Eh? Dice el sordo o quien usa muletillas.

Apoyos verbales difíciles de superar y que se convierten en vicios, que denotan rasgos de personalidad negativos,"Ciertamente", ¿Verdad?

El diccionario de la Real Academia, define la muletilla como: Voz que se repite mucho por hábito. ¿Si? ¿No?

Opino yo, que las muletillas al repetirse sin control, son hábitos enfermizos. "A poco no", ¿Estamos?

"O sea", además de disfunción lingüística, son un fenómeno digno de ser estudiado más a fondo por la neurolinguistica como decadente proyección psicosocial.  

¡Ándale, creo que ese fue el golpe que le rompió el lomo al camello!

¿Me entiendes?

Analítica por naturaleza como soy, cuando alguien me dice: ¿Me entiendes?

Suelo contestar: A pesar de no hablas bien, te entiendo.

"Este", es la muletilla campeona en nuestro país, desde quien no conoce las respuestas, y para ganar tiempo, repite mil veces;"Este"…Teotihuacan…este, ¿Es la soda de muchas burbujas?

"Este". Lo mismo que el profesionista que en una presentación de negocios repite, "Este", más veces que cuando ha comido pescado al mojo de ajo.  

La teoría de que las muletillas tienen que ver con problemas de expresión, lo refuerzo con la hipótesis de que: Aquí en México se miente de manera común.

No todos, si muchos, rasguñando el grado de la mayoría.

Y como se es mentiroso o exagerado, se tienen que blindar las afirmaciones con el clásico: ¿Verdad?  

Que de pregunta sólo tiene la entonación que utiliza como escudo para decir entre líneas: No estoy mintiendo.

Como si el subconsciente le gritara: ¡No te están creyendo!

Y en lugar de aportar datos, cifras, o hechos contundentes que confirmen lo que esta diciendo, suelta un aventurado ¿Verdad?

En un intento por convertir en cómplice a quien le escucha.

Aunque existe la contra parte, quien duda de todo, y cuando asegura algo, remata con una disculpa. ¡No sé, yo digo!

Se dice que las muletillas se deben a la pereza mental de quien no hace el más mínimo esfuerzo por precisa, aclarar, o convencer con argumentos.

"Esto y aquello" Es tradicional de quien abrevia por sistema, que con el paso de los años quedo en una simple X.

Una amistad, acostumbra definir a las personas diciendo: Él es muy así, tú sabes.   

¡Ups! Por no tener vocabulario, por dudar de lo que decimos, o por no comprometernos dando una clara opinión, en México, somos muy hábiles con las muletillas.

"Si" ¿Qué no?           Andrea Guadalupe.

 

 



                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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miércoles, enero 6

Entre paredes de concreto.

Tijuana BC Enero/2010            Entre paredes de concreto.

 

Me encuentro en un lugar en el que no me reconozco, yo no pertenezco aquí.

Rodeada de desequilibrados,  invadido de lunáticos

No tengo porque estar aquí, las marcas del paso del tiempo en mi pared anuncian años ya internada. .

Estoy aquí por lo que prefiero llamar exceso de creatividad.

Ellos piensan diferente, demencia, explican.

Puntos de vista, argumento yo, encierro, ordenan.

Los odio, mis días se reducen a estas cuatro paredes acolchadas.

Por una enfermedad que no existe.

No importa, los engaño: complazco a mis carceleros, aprovecho el exceso creativo.

Escapo desde mi rincón existencial adivinando letras en los barrotes de mi ventana, atrapándolas, escribiendo oraciones.

Investigando colores debajo de mi puerta, mezclándolos, adornando mis cuatro paredes. Inventando objetos, alimentando mi sed de sombras.

En estos años años, llevo cincuenta volúmenes llenos, cientos de capas de pinturas y un estomago preñado de grises extravagantes.

No los comparto con nadie, no entenderían, mucho menos con ellos.

El tiempo libre me permitió descubrir que no soy la única aquí.

Estoy rodeada de locos, de verdaderos desequilibrados.

Enfrente, un cuarto acolchado sin letras, tonos ni sombras.

Su ocupante, un escritor de vocación, su problema es de los más graves: devoró tantos libros, ensayos y diccionarios que no puede interpretar otra cosa que las realidades.

Conoce tantos sinónimos, antónimos, reglas y excepciones para ellas, que solo puede ver las cosas por lo que son.

No por lo que siente por ellas.

Lo compadezco, concreto, lo bauticé desde mi cuarto.

A la izquierda, un cuarto compartido por hermanos, los puedo adivinar desde mis barrotes. Problemas opuestos, complementarios.

El mayor, como esponja: absorbe, asimila razonamientos sin diferenciar.

No tiene opinión propia, vacío, no sabe que decir.

El menor, es como una  pared: no admite opiniones ajenas.

Evita los frustrados pasos de su hermano, no quiere caer al vacío.

No puede caer, ya esta dentro.

Ambos permanecen inmóviles, cada uno en su rincón: corren el riesgo de contagiarse.

¿A la derecha? Un pasillo.

Hoy no importan, hoy escapo de todos, de ellos.

Hoy, después de largos años, hoy es el día.

Están contentos con mi progreso: no más demencia, no más puntos de vista.

Ilusos, si sólo vieran los colores en mi pared, los libros que llevo escritos, las sombras que me esperan para ser devoradas.

Me encerrarían de por vida, ups, por suerte no las comparto.

Sólo que aun no puedo irme, antes, debo adornar por ultima vez mis seis paredes, en ocasiones exclusivas como esta, el techo y el piso cuentan y debo vomitar algunas sombras.

No vaya a ser que la próxima inquilina sepa leer barrotes y vea este desastre, o que no encuentre un mensaje de bienvenida, un simple "Suerte".

Ojala encuentre sus propias formas de entretenimiento en los años venideros. .

Listo mi equipaje, mi puerta al abrirse habla después de años de silencio, hermoso tono de voz.

Me levanto, aun encandilada por la explosión de colores en mi habitación, ya no hay tiempo para decorar.

Salgo apurada,  con miedo de quedar cautiva otra vez.

Generosos, los guardias me felicitan y sugieren.

No importan, ya quedaron atrás.

Salgo por la puerta principal y quedo paralizada, tantas son las letras, tantas las sombras.

Millones de colores me golpean simultáneamente, devolviéndome la realidad que me negaron.

Cierro los ojos, respiro, me recupero.  

Por primera vez en años, me siento viva, estoy viva, sonrío.

Abro la puerta de mi casa, me cuesta creerlo, acostumbrada a vivir entre tonalidades de colores, mi hogar me resulta oscuro, muerto, asqueroso, ceniciento.

¿Qué importa? Quito las cortinas, abro las ventanas, por fin en casa.

Paso mis días en el cuarto más cómodo, en el más colorido, las rejas de mi ventana, son alfabeto para mis lienzos, para mis paredes, ya nadie me dice que hacer.

No convivo con una enfermedad que no existe, sólo con mis compañeros de piso.

Enfrente, el más amplio, necesita todo el lugar disponible para sus libros.

Para sus interminables volúmenes de tapa dura.

Pasa sus tardes sentado en el mismo sillón, releyendo una y otra vez los mismos textos, buscando las mismas palabras en sus perseverantes diccionarios, en sus enciclopedias.

Necesita saber, creerse el mejor, nunca sale, no puede abandonar su misión: explicar lo que le rodea, hasta a si mismo.

Textual, lo bauticé desde mi cuarto.

A la izquierda, un domicilio compartido.

Una mirada penetrante, decidida, sabia.

Dañada por la desgaste de los años, no admite imágenes brillantes.

Únicamente las acostumbradas a sus viejos anteojos.

Otra mirada dulce, inocente, inteligente, predispuesta a observar más de lo que puede comprender.

A aceptar todas las imágenes impresas.

Cada una en un extremo de la mesa, pelean constantemente.

Nunca un gesto.

¿A la derecha? Hay algo que no concuerda. ¿Otra vez rodeada de lunáticos?

De pronto me doy cuenta: no me dieron el alta, me trasladaron a un internado más grande.

A uno peor, estoy entre paredes de concreto.

Andrea Guadalupe.



                                              Andrea Guadalupe.

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Amor de puerto.

Tijuana BC Enero/2010    Amor de puerto.

 

Su voz tiene olor de mar, sus ojos parecen las remotas, estrellas, descansando sobre las olas.

Piel dibujada por el sol, recuerdos del tacto solitario de espumas de marejadas bajas.

Mirada cargada de astilleros, banderas, malecones, tabernas…

Su voz me sabe a viento, alma de océano.  

Es un navío de tierra, una melancólica herrumbre de proas triunfante, derretidas sus alas de brea al sol.

Un tiempo perdido en la mar subiendo ya hacia el mástil de su cruz.

 

Andrea Guadalupe.

 



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lunes, enero 4

Mientras le torturaba

Tijuana BC Enero/ 009.  Mientras le torturaba

 

 

 

 

La tempestad protesta afuera de la casa.  

Los ocasionales destellos se filtran por las altas ventanas de la pared burlándose de la debilidad de las gotas de la tormenta que no puede más que imprimirse contra el cristal y morir frente a él, resignadas e impotentes.

Adentro reina el frío.

La breve penumbra permite observarnos unos instantes: yo de pie, tú en el suelo; mientras  la atronadora tempestad ensordece los alaridos desprendidos por tu boca.

Luego se engendra la totalidad de las sombras y el terror contiene los aullidos.

Puedo sentir el fluir de tu sangre cálida y espesa como el semen.

Odio a los mujeriegos, siempre los he odiado.

¿Sabes por qué?

Porque gozan de la oportunidad de crear el amor y lo sacrifican a favor del sexo.

Yo siempre anhelé el amor por encima de todo; el sexo nunca abarcó el arca vacía de mi felicidad, quizá porque los muros de la soledad se formaban demasiado extensos y elevados.

Furiosa conmigo misma te aplasto la entrepierna sin piedad mientras tus ojos se estremecen por el dolor.

Tu rostro se convulsiona.

 Me pareces un papel viejo, arrugado y amarillento, fácil de estrujar y de lanzar a la basura.

Para mí no eres más que eso: basura.

Los truenos enmudecen unos segundos, dejándome a solas con los aullidos de tu sufrimiento, tan ajeno y visible.

Parece que duele… sí, debe atormentar mucho que pulverice el símbolo de tu masculinidad.

No debería importarte mucho; la última mujer que dormirá entre tus brazos será la muerte.

Mujeres… ¿crees absurdo que una mujer sea la causa de este episodio de sangre y tormento?

¿Crees absurdo que el odio sea el hermano mayor del amor?

Sí, a mí también me hubiese parecido irrazonable antes de enamorarme de ti, antes de conocerte.

Ahora lo absurdo es tan usual  como los latidos del corazón.

 

Divago lentamente dibujando círculos a tu alrededor como ave de carroña  hambrienta.

Estás tirado en mitad de la áspera y fría superficie, no tienes fuerzas para moverte o pedir auxilio.

De poco te serviría…

Estoy cansada del rumor y de los parpadeos de la tormenta, harta de adivinar tu mirada dolida y tus labios rotos vestidos de penumbra.

Bajo la luz de la lámpara desnuda que cae del techo puedo observarte mejor y maravillarme aún más con la desdicha de tu destino.

Te odio.

Los celos y el rencor son como el cariño, el amor y el apego, sólo que en un formato destructivo capaz de arrasar los corazones expuestos a su furia.

Y mi corazón tiempo atrás fue arrasado por los ojos de un amor. …

Ojos… no; ¡balas! ¡Flechas de sol!

De haber nacido ciega, no me habrían arrancado el corazón.

Y tú estarías sano y salvo.

Sólo que es irreversible.

A cada cual le corresponden ciertas condiciones, sucesos y facultades.

Lo único que nos corresponde es la elección, una elección siempre sometida a nuestro propio ego.

Muy pocos son capaces de perfeccionarse así mismos, de renunciar a su personalidad y de engrandecer su alma para encontrar la felicidad, el orgullo y el encanto de quien ha cambiado para bien.

 

Yo, por ejemplo, he cambiado.

He arruinado mi existencia por tu amor, he desperdiciado tiempo, amistades, he trastornado mi comportamiento por querer lograr tu corazón.

Aunque no he cambiado para bien, sino para mal.

Lo que te estoy haciendo lo demuestra.

Una gota de fatiga me está congelando por dentro.

El esfuerzo me agota.

Comprendo que tras esta noche me consumiré en la apatía, en la indiferencia, seré una bastarda insensible con el único destino de colmar unos deseos desconocidos para sí misma, buscando una felicidad que el propio corazón no puede comprender, que desconoce, y que no obstante, lo enriquece y alivia.

Es tarde, mejor será abandonar las reflexiones sobre el porvenir que sólo abonarán mi dilema.

Mejor será acabar cuanto antes…

Tras haber encendido la luz,  puedo descubrir una silla de madera colocada contra la pared.

La agarro por el respaldo y la sitúo frente a ti sin terminar de mirarte.

Veo que intentas incorporarte.

Inútil.

Las ataduras en muñecas y tobillos te impiden maniobrar.

Sonrío.

Nunca pensé que la crueldad pudiera colmarme de bienestar y consuelo, nunca creí que el odio pudiese parecerme algo tan hermoso como el amor.

¿Quién no se ha equivocado una vez, o muchas?

¿Quién puede ser tan vanidosa y despiadada como para no pedir perdón y no admitir sus defectos, sus equivocaciones?

¿Quién?… Sólo se me ocurre un nombre…

 

Siempre fuiste tan altanero y arrogante, tan presuntuoso y testarudo.

Y sin embargo, supongo que los dioses deben ser pedantes y soberbios, pues si caminaran humildes y honrados, degeneraría su poder hasta el punto de la debilidad.

Siempre te imagine mi semidiós.

Supongo que alguna vez te lo dije, en vano.

En esta obra de teatro que es la vida, donde no somos sino marionetas ordenadas por los hilos del tiempo y de la casualidad, nunca comprendí que lográramos ser creadores de nuestro propio destino, de la senda de nuestra existencia.

Ahora lo comprendo.

Porque el control sobre la vida reside en determinar cuando queremos morir.

¿Fácil, verdad?

Y por esto me siento poderosa, como un océano cuya marea asciende exageradamente después de una sequía.

¿Y tú… cómo te sientes?

 Podría preguntártelo, aunque las pocas palabras que suspiran por tus labios no son sino gemidos y lamentos suplicantes; gemidos que me hinchan de bienestar y lamentos que ignoro como si un supremo silencio me entrevistara. .

 

Lanzo una mirada por las ventanas  asegurándome de que la tormenta continúa aun cuando se han apagado sus truenos.

Disfruto del sonido rítmico y armónico que se estremece en mi alma como la caricia de un amante durante una noche apasionada; de la lluvia al sacudir el cristal de las ventanas como un timbal ajeno a la orquesta que alegra una música más sublime que la del grupo; disfruto del sabor siniestro que se derrama en mis labios cada vez que sorbo el aire de la atmósfera como el aliento de un café caliente en una gélida noche de invierno; disfruto de la visión sádica de tu cuerpo indefenso arropado en sangre y piel desgarrada.

Repaso tus labios, chicos como una perla, que pese a su pequeñez, resplandecen.

Y más feliz me siento, y más al recordar las noches que me mantuve entre tus brazos, bebiendo de tu piel.

Mas el recuerdo… es nostalgia, melancolía, menos felicidad.

 

Te miro, te anhelo, te odio, te recuerdo.

 Una lágrima se derrama desde mis ojos.

Yo te amaba, yo te he amado más que a cualquiera, yo me he rendido a tus encantos ofreciéndote el sacrificio de los míos, yo te he adorado como a un semidiós, te he defendido como a un frágil tesoro…,¿ y tú? …

 

Observé durante tantas noches como abrías tu pasión ante sus labios, me atormenté durante tantos días…

Arrancados el alma y el corazón por la obsesión, ni siquiera el cerebro me pertenecía después de internarme en mis sentimientos.

Tus ojos me declararon esclava al enseñarme tu amor, un amor que duró lo que un suspiro sin aire y una esclava que fue inmortal sin afán de vivir.

 ¿Por qué el amor me ha hecho tan desdichada?

¿Y a ti y a ella, tan gozosos?

¿Dónde encuentras ese camino, esa vuelta, ese acantilado o ese océano intransitable que te permite encontrar el jardín o el lago o la isla de la felicidad, de la fortuna, del cariño?

 Si la envidia es un pecado capital del mismo modo que lo son la ira, la gula, la lujuria, la pereza, la soberbia y la avaricia.

¿Por qué no resumirlos todos con un nombre masculino, como el amor?

El pecado de amar: tan traicionero como un océano repleto de sirenas; sirenas de canto seductor que te hechizan y te consumen hasta la muerte.

Amar… una ilusión, odiar… un hecho.

Con las lágrimas quemándome el rostro me atrevo a resbalar la mano al interior de mi bolso.

Extraigo una pequeña lámina de papel no más grande que mi mano, sólo que tan soberbia y temible como la propia muerte.

Es una fotografía, una fotografía que marca un antes y un después en el camino de la vida.

Símbolo que se abraza a una sabiduría vendida por el dolor.

Tu rostro se figura sonriente con los labios abiertos y curvados y los dientes desafiando las claridades del sol.

La foto sobre un fondo blanco, como nubes de cielo o espuma de mares, un hombre atractivo en su esplendor.

Siempre lo has sido.

La nostalgia, el deseo y el recuerdo frenan el paso del tiempo en la realidad que nos esclaviza.

Examino el resplandor de tus pupilas y el azabache solemne de tus cabellos parezco una anciana momificada incapaz de morir, condenada a una eternidad de dolor, anhelo, de sed y de hambre.

 

Cierro los ojos, aislándome todavía más en los abismos de la desigualdad mental.

Y veo… y te veo tendido sobre el colchón de tu dormitorio con los muslos medio desnudos y la cabeza apoyada contra la almohada, mientras tus ojos entornados me entrevén iluminados por una chispa de pasión y declaración.

De tus labios tan sólo recuerdo el tacto estremecido y vago de una gloria en otra época hermosa y compartida, y ahora sombría y pretendida.

 

Abro los ojos de imprevisto porque la memoria de noches pasadas y distantes me atormenta como una navaja clavada en las profundidades de las entrañas y su daño se desparrama lentamente hacia el contexto del alma.

Mis ojos se encuentran con la fotografía, la hermosa estampa de tu rostro eternamente varonil y encantador.

Paso la vista por encima del retrato y te contemplo con desprecio, también con codicia y celos.

Eres la persona a la que menos estimo y a la que más deseo:

Mis manos tiemblan con la foto en un desconcierto violento donde la furia y el cariño de mi corazón se enfrentan al contemplar tu rostro.

Ojala pudiera durante unas horas ser una mujer feliz entre tus brazos y morir después abrigada por la felicidad del momento.

Ojala y tuviera la voluntad descomunal y necesaria como para alzarme de la tumba de mi cerebro y vivir durante un tiempo con el corazón.

 

Sólo que mi única elección es resignarme, derretirme en el tiempo mientras la lumbre de mis lágrimas me recuerda el sufrimiento que significa el vivir.

Y después del desconsolado espejo del llanto, observo agonizante tu agonía, conociendo el fondo de mi alma y detestando aún más en el fondo este juicio, último consuelo y felicidad que para mí está encadenado, fatalmente, a tu sufrimiento y destrucción.

Porque el amor, cuando es tan grande, no tiene cabida dentro de un único corazón y así termina explotando y convirtiendo lo más hermoso en lo más brutal.

Inmune a toda moral y respeto, coloco la fotografía en diagonal a la luz que fluye del techo.

 

Y todo se ilumina, porque tu rostro paralizado en el pasado, me sonríe.

Y todo se oscurece, porque  tu mejilla morena de terciopelo, se ríe, tu rostro, tus labios de varón ambicioso y apuesto capaz de seducir a cualquier mujer.

 Tu retrato  parece estar representado fuera del tiempo y del espacio.

¡Y no! No quiero, pretendo olvidar que estuviste con ella, amándola como yo te amé.

 Quiero soñar, olvidar su cara y seducirme con la tuya sin la vigilancia de su mirada.

 

Furiosa, dibujo una sonrisa colmada de maldad.

Ahora rodeado de soledad descubro que eres como el sol para poder ser acompañado por otros astros o satélites.

Ahora me siento mejor.

Me levanto de la silla y devuelvo la mirada a tu cuerpo hundido en sangre.

Continúas en el mismo estado, aunque más cerca de la muerte.

Como todo, tu final se aproxima.

Ya no me entusiasmo con la imagen de tu sufrimiento.

El placer del pasado lejano ha muerto en la monotonía, tal y como tarde o temprano sucede con todos los placeres.

Siempre me faltó imaginación para no caer en la rutina, ahora poco importa.

 

En un rincón reposa una vieja escopeta que perteneció a algún antepasado utilizada en defensa de la revolución y de la democracia.

Yo la utilizaré en defensa del amor y del odio; que al final son semejantes: locuras del sentimiento humano.

Te apunto con el arma.

 Un rayo resplandece fuera y el rugido de su paso devora la repercusión de la bala.

Cierro los ojos, intentado recobrarme del olor de la pólvora quemada.

Cuando los abro y me enfrento con la muerte de tu cuerpo, me paraliza el mismo sentimiento que me embargó cuando me dominó mi primera relación sexual.

Me siento fatigada, ansiosa de un placer que ya ha sucedido.

Ojala pudiese volver a matarte.

Es extraño, no entiendo porqué sigo hablando contigo, ahora que has muerto.

¡Qué importa…!

 Minutos después me encuentro en la calle caminando bajo la lluvia, pensativa y acompañada por la muerte, perseguida por el recuerdo de un sangriento homicidio, por la huella de mi infamia que me castigará hasta que el infierno me arranque el cerebro.

El frío me golpea la cara con suavidad como si quisiera despertarme cariñosamente de mis sueños, y humedece mi extravagante y enigmática sensibilidad con un rocío de amparo y comprensión.

Ni siquiera la naturaleza, aun siendo yo hija de su virtud, me entiende.

 

Continúo vagando por la acera, tan muerta como la soledad, tan sola como la muerte, y luego de un paseo donde se dividen mis pensamientos y converge mi destino, me detengo en un parque, fúnebre a causa de la tormentosa madrugada.

 

Abro la mirada hacia la lluvia que cae igual que siempre y sin pausa.

Se me figuran las gotas el paso del tiempo de cada una de las vidas del mundo.

Tarde o temprano, todas se estrellan contra el suelo.

Traspaso con la mirada los principios de la vida y de la muerte.

En el firmamento no hay luces.

¿Dónde se abrigarán los ángeles del cielo en estas noches de diluvio?

¿Y cómo puede calentarse un corazón tan frío como la muerte, sólo que aún vivo?

 ¡Qué más da! Poco importa, entonces, me pregunto, ¿soy feliz? Me río, resignada…

 No, claro que no lo soy, unos minutos antes, mientras le torturaba, sí lo era.

 Deslizo la mano hacia el bolso y extraigo la fotografía donde aparece el rostro de él…

Y me pregunto: ¿soy feliz? No, no lo soy, aunque muchos meses atrás, mientras estuve con él, sí lo fui.

Disfruto del recuerdo, de las líneas del pasado que se delinean tras mis ojos dibujados por los lápices del más expresivo pintor.

 

Andrea Guadalupe.

 



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sábado, enero 2

Haiku de Invierno.

Tijuana BC Enero/ 2010.  Haiku de Invierno.

 

 

Intensa mañana plateada de viento frío.

Una nubecilla es la cigüeña en el cielo. ¡Largo viaje!

Exhalada por la luna brota blanca la flor del silencio.

Olvidada por el mundo desde este rincón del invierno te echo de menos.

 

Inicia enero y con el llegan las tardes en las que me sorprendo mirando al mar; siento la frescura del aire invernal en mi cara, impregnada esta, del penetrante olor a océano.

Cuento las olas que mojan la desierta playa.

A mi espalda la ciudad continúa con su delirante ocupación.

Las olas y los segundos se parecen en que no hay uno igual, son todos distintos.

Me vuelve a invadir la nostalgia: Enero, el mar, tu ausencia.

Sonrío; atardece.

Las olas siguen su rítmico vaivén.

En medio del atardecer susurro tu nombre y otra cálida sonrisa vuelve a surgir en mi rostro.

Andrea Guadalupe.  

 



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Cuando empiezo a escribir


Tijuana BC Enero/ 2010.             Cuando empiezo a escribir

 

Leer y escribir, en mi vida es una urgente necesidad pública y privada.

La vida humana transcurre entre palabras.

Nuestra inteligencia es lingüística y nuestra convivencia, intima o publica, también.

Escribir me resulta un ejercicio interesante.

Cuando empiezo a escribir, me siento como si fuera a cazar mariposas y que con mi red, salgo al campo de la vida a buscar historias.

Mi narrativa refleja mi condición humana en mis circunstancias particulares, comprendiendo que la literatura es la experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a si mismo.

El motivo más fuerte que al escribir puedo tener, es la intención de influir a quien me lee.

La primera columna del año se me antoja para hacerlo.

El dilema es decidir el tema: Las intenciones y los propósitos para el año que inicia.

Es muy lógico recurrir a lo que nos deja con insatisfacción o lo que nos han criticado.

Y siguiendo nuestra naturaleza de animales sociales, buscando aceptación, implica que debemos corregir nuestras fallas.

Pensando un poco, podemos encontrar propósitos menos ego, y de mayor impacto en nuestro ambiente.

Viendo las noticias en el planeta, sentimos que la vida está para llorar.

Aunque no podemos darnos el lujo del negativismo, existe quien dirá que de ser realistas.

El grave peligro, es caer en la nostalgia, pensando que todo pasado fue mejor, sólo que de la tristeza, estamos a un paso de la melancolía, y rozando la depresión, lo cual puede terminar en tragedia.

Aún sin llegar a la misma, la tragedia y el negativismo se contagian, debemos sonreír, reír a carcajadas, y por muy duro o difícil que sea, ser positivos en nuestras actitudes.  

Otro propósito, tal vez el más difícil de lograr, es perdonar.

Los odios y las venganzas sólo amargan y nos llevan a círculos viciosos.

La mejor catarsis, es perdonar, dejar atrás las polémicas.  

Nuestro deber, como seres sensibles e inteligentes, es entender que el nacer es para superar a quienes nos antecedieron.  

No importa en que etapa de nuestras vidas estemos o quienes somos.

Importa que nacimos en un mundo, y nuestro deber es dejarlo mejor de cómo lo encontramos.

Esto se logra día con día, a cada instante, con la toma de decisiones que hacemos en las intersecciones y dualidades de la vida.

Podemos equivocarnos, fallar, sólo que nunca con mala intención.

Este 2010 que esta presente ya, te deseo lo mejor y no olvides que: No sirve lamentarnos del ayer o angustiarse por el mañana, el ayer no existe, y el mañana aún no llega, disfruta del hoy, el momento que esta en tus manos.

 


                                              Andrea Guadalupe.

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miércoles, diciembre 30

La tentación no es pecado.

      Tijuana BC Dic/009.   La tentación no es pecado.

 

 

A fuerza de insistencia de personas con humos intelectualolides que pretenden dar a conocer y explotar el corredor turístico de la diversidad sexual ubicado en la Plaza Santa Cecilia, aquí en Ti, camine entre el desfile de vendedores de chicles,  flores, fritangas, tamales, toques eléctricos y osos de peluche, mezclándose con el aroma de "Los condenados de la tierra", aquellos que sobreviven de sus ventas raquíticas, los que lucran o lucraron, pues los ex, también son bienvenidos, quienes curan sus penas frente a un trago y aquellos que se confiesan religiosamente cada fin de semana ante los cantineros, sin faltar quien se instale en la barra con una laptop, punto culminante de la virtualidad cachondera.  

Lo demás, bares como cualquier otro, mesas de madera y plástico, fotografías de miembros de la comunidad lesbico, gay, bisexual y trans tijuanense, baños sin espejos, artistas locales que conviven con filósofos, historiadores, periodistas, jóvenes y viejos de variados origen y oficio.

Los locales están a medio llenar y veo pocas situaciones dignas de atención.

Me distrae ver salir del baño a un músico de la plaza que sangra por la nariz.

¿Cocainómano o victima de una pelea?  

Al caminar en busca de horizontes menos explorados, nos encaminamos a "El Ranchero".

Afuera tres fulanos presumen una bronca en la que estuvieron envueltos.

Adelante hay una niña que cuida una hielera donde seguramente guarda los burritos de carne y frijoles que su padre vende a los beodos que salen hambrientos, como zombis de sus respectivas tumbas.

Finalmente entramos en uno de los bares gay más frecuentado, subo la escalera, me recibe "La peste del Reggaeton"

Veo a los chichifos, o chacales como se les conoce en el ambiente gay, sentados en bancos altos, a espaldas de la barra.

Un hombre de edad mayor, bien vestido, con cara de funcionario publico, tamborilea sus dedos sobre las piernas de un jovenzuelo cachondo.

Una infinidad de chichifos le sacan brillo a la pista.

Son en su mayoría gente que viene del interior del país, almas que naufragan en el océano fronterizo de la ciudad.  

Son la sensualidad proletaria, el gesto que los expertos en complacencias no descifran, el cuerpo que proviene del gimnasio de la vida, del trabajo duro, en la friega cotidiana, y no el afán estético que decide la esbeltez.

El chichifo, hombre que ofrece servicios sexuales a homosexuales por gratificación económica o material, tiene por habito sentirse ampliado, deseado, así nadie lo contemple, no mira para no regalar su mirada, sólo se deja mirar para ascender en su auto estima.

Me llama la atención un hombre de tejana, de aspecto rudo y a la vez delicado.

Se contonea sensualmente, intenta llamar la atención de los chacales con movimientos quebradizos y ondulados.

Su bigote y cejas lucen maquillados para acentuar la blancura de su rostro.

Es el vaquero sexy del congal.

Me topo con una escena común aquí: Hombres de tejana que se besan entrelazando las hebras de sus bigotes, veo parejas bailando de cachetito contagiadas por el ritmo de la música.

Abundan las lesbianas butch (lesbianas masculinas), femmes (lesbianas femeninas).

Las lesbianas dykes (lesbis vampiresas) y las lispsticks (las imitadoras de Madonna), lucen por su ausencia.

El DJ, suelta su verborrea: Saludos para todos los Mayates del Ranchero.

La pista alcanza un tono erótico con la carnada que lanza el DJ, para pescar a las hordas danzantes.

Dos bolillos (gringos) cuarentones llegan en busca de aventuras, persiguen el sexo de algún joven.

Es lo que se acostumbra en este local: La obtención del sexo- objeto, la cosificación de la sexualidad.

Salgo y me recibe un viento helado, se asoman en la noche dos bares que ofrecen:"Travestí Show'

Suena una rola de Alaska y Dinarama.  

El travestí es una Alaska pasada de peso, de trasero deforme, traje negro spandex de una sola pieza.

El siguiente número es protagonizado por una Alejandra Guzmán de rostro bello y fino, la manzana de Adán, sin embargo es obvia.

Las piernas son impresionantes, bien marcadas.

Sigue una aparente y gruesa Paulina Rubio.  

La noche es larga para otras personas, a mi, ya me pesan los parpados, señal de que la batería que me mantiene con vida ha llegado a su fin.

No me lo tomen a mal, o como recitaba Rafael Bernal: No es por hacerles desprecio, pero yo ya no soy del vicio.

Cumplo con avisarles que me he refugiado en mi rincón existencial, que esta reciamente defendido contra estas noches decembrinas y groseramente gélidas.

Resulta que soy planta tropical, y por esto no quiero abandonar mi guarida.

Tan es así que no asistí a veladas donde fui invitada para evitar el impulso de viajar en ambulancia por hipotermia y terminar entre los fríos muros de un hospital, sintiéndome como esquimal encuerada en pleno invierno.

A mi favor, puedo decir, que si alguien de buen ver, se extravía en el camino de mi rincón existencial, le invito a pasar para darle calor y lo que se le pueda ofrecer, dotándolo de un mapa para que siga su camino, y el tren de la pasión y la cachonderia continué su ruta hacia el infinito.

Llega a mi memoria un slogan pasado de moda: La tentación no es pecado.

Andrea Guadalupe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        



                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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