domingo, septiembre 27

Para no olvidarte, para que no me olvides.

Tijuana BC Sep/009.   Para no olvidarte, para que no me olvides.

 

 

Un beso es magia empaquetada para llevar, práctica, sencilla, portátil, económica, inestable, locuaz y puede durar tanto o tan poco como se deseé.

Significa; Hola, adiós, te amo, lo siento, me embrujas, felicidades, necesitamos tiempo, cuídate, volveré pronto, buenas noches, no te marches… Y puede generar estados de ánimo tan diversos como las raíces del mismo.

Es una descarga eléctrica, un baño de burbujas, una luz brillante, oscura privacidad, es sexo, es amor, es miseria, es esperanza, es vida, es muerte, es dolor, es furor, es la más maravillosa aventura del ser humano.

Es cierto que el primer beso esta sobrevalorado, aunque el primer acercamiento voluntario a la intimidad, no es siempre el mejor.

Se requiere experiencia y tiempo de vida para valorar el verdadero significado de los besos.

Muchas veces los mejores suelen ser aquellos cargados de amor e impaciencia, aquellos que no pueden vivir un momento más en la soledad de una boca.

Ellos recorren mi piel con un leve temblor, la hacen hervir, la hacen congelarse, la hacen desear al mismo tiempo que te detengas y que sigas.

Son esos intrusos que atraviesan la puerta de mi habitación, trepando por la cama a mis manos, mis piernas, mi vientre, mi rostro… me marcan como tuya dejando huellas de labios a su paso.

Mensajeros que se encargan de que no te olvide ni por un instante, de que no piense en otros besos.

A pesar de la creencia popular, olvidar es bastante sencillo, digamos que yo quisiera dejarte  entre renglones, cielo.

Tendría primero que olvidar tu cara, olvidar esos labios tan seductores a los que alguna vez me vi rendida, esos ojos de luz negra, de miel oscura.

Después deberé deshacerme de las mariposas y los nervios cuando ponías tus manos calientes sobre mis pechos, borrar completamente de mi memoria tus labios.

 Enseguida, olvidar tus manos delicadas entre las mías, tu cuerpo  junto al mío.

Olvidar que te adoro como un fiel a su dios, como las amarillas girasoles a la luz, como las estrellas a la luna… después de todo, es sencillo olvidar, es solo el enorme precio lo que nos lo impide: yo tendría que pagarle al olvido por cada una de mis sonrisas y la mitad de mis días para, apenas así, ponerte fuera de mis pensamientos… ¿Cual será el precio para dejar de amarte entonces, cariño mío?… Me da terror siquiera pensarlo.

El día de hoy, recorro las complicadas calles del mundo con mi canasta de ternuras colgada del brazo, en ella guardo las flores que he de repartir entre las personas para librarlas de la repetición de sus vidas.

Mis flores no las vendo, fueron presentes de la tierra en agradecimiento por mis cuidados. Prefiero regalarlas a quien las pueda necesitar, agradeciendo a quien las recibe de todo corazón por mejorar el mundo, mi mundo, con su existencia.

Por más fuerte que pueda ser la tormenta, por más gris que el cielo se vuelva, por más difícil que resulte a veces la vida, existen quienes se quedan a vivirla, es a esas maravillosas existencias a quienes son destinadas mis simpatías.

Me acompañan las margaritas blancas: custodias de los deseos infantiles; las rosas rojas: besos vegetales de quienes se aman; las orquídeas púrpura: sueños dulces de aquellas que se atreven a luchar por ellos; los narcisos amarillos: parodias de belleza y crueldad del universo; los grandes alcatraces: para los amores eternos y enigmáticos; los tulipanes rosas: reflejos vivos de que la inocencia aún no muere.

Las conozco bien: las regué y cultivé desde que eran palabras; las protegí de las heladas y las sequías hasta que se convirtieron en lo que son.

 

En el fondo de mi realidad, escondidas para la vista tradicional y lejos de cualquier mal que pudiera hacerles daño, guardo con especial cariño mis flores más fantásticas.

Aquellas de las que no descubrí que estaban vivas, hasta que comenzaron a florecer.

Disimuladas malas hierbas, que por más que me propuse en arrancar, siguieron ahí hasta que aprendí a amarlas y a descubrir que eran flores tan bellas como ninguna otra.

Aquellas que se alojaron en mi cuerpo y echaron raíces en mis venas, se alimentaron de mis lágrimas y mi sangre, por mis ojos conocieron la luz y por mi pasado la oscuridad.

Las hay con hojas de estrella y pétalos de sol; otras, tienen a la luna tatuada en las negras corolas; hay algunas que abren y cierran sus pétalos variados de manera que, si no estuviera segura de que son sólo flores, creería que se trata de mariposas que ha quedado atrapadas en el tallo de algún recuerdo.

Hay flores de oscuridad, hay flores de momentos tatuados con fuego, las hay noches heladas y las hay de horas secas que crecieron entre lagrimas y aquellas que surgieron de rabias y locuras, algunas enormes, otras diminutas.

Son todas diferentes y son tantas que perdí la cuenta.

Estas no tienen el mismo trato por que sospecho que no son vegetales, sino que tienen algo de humano en ellas, igual, no las vendo, aunque tampoco las regalo: las intercambio por otras igual de hermosas, sólo que totalmente diferentes.

He recibido a cambio de ellas tesoros increíbles: un beso mágico que abrió mil puertas, no solo una, un demonio sádico que dio vida a un ángel de alas blancas y puras, un sueño hecho realidad y el alma perfecta envuelta para regalo, entre otras cosas igual de fantásticas.

Les dejo una de mis flores, aquí, abierta, primorosa y llena de luz.

Les dejo un sueño, el que ha guiado toda mi existencia desde que puedo recordar.

El sueño que me nutre y me da fuerza para seguir adelante cada día de mi vida, que es la raíz de todos mis sueños y sin el cual moriría de pena.

Esta flor no debe morir, debe ser regada a diario con mil palabras sinceras, podada con críticas y memoria, trasplantada con retos y experiencias diarias, y, sobre todo, debe tener espacio para crecer tan grande como quiera, de otra manera, morirá fatalmente.

 

A cambio de esta fortuna, no pido nada.

El tiempo se encargará de decidir, por mi o por ti, cual será el pago justo por mi tesoro más valioso, tal vez me des una flor especial de tu jardín, o una mariposa, o la pluma del ala de un ángel, quizá algún día llegará a ti una semilla invasora, crecerá en tu piel, tus pulmones, tu corazón o tu cerebro, no la podrás quitar de ti hasta que florezca y sea la más bella flor de tu jardín; puede ser que algún día la regales, como yo, a alguien que te dé un tesoro por ella y hagas de mi mundo, un lugar mejor para crecer.  

                                                                      Andrea Guadalupe.



                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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domingo, septiembre 20

Un puñado de oxigeno.

Tijuana BC Sep/009.   Un puñado de oxigeno.

 

 

Hoy he pasado un día muy agradable gracias a mi hijo, y gracias también, por qué no, a mi soledad.

Acabo de pasear con mi soledad de la mano, y ella misma me ha vuelto a recordar que las personas no estamos tan solas como creemos, al fin y al cabo nuestra soledad estará eternamente a nuestro lado.

La soledad, por fortuna para unos y por desgracia para otros, nunca nos deja por otr@,  nos es fiel, aun siéndole infiel, ella siempre está esperando, y jamás guarda rencor.

Es la única que esta a nuestro lado en los peores momentos, y es la única que soporta no estar en los mejores momentos.

Es nuestro "segundo plato", y nosotras siempre nos sentimos avergonzadas de ella, aunque es simplemente porque nunca nos hemos parado a conocerla, siempre intentando buscar nuestra felicidad fuera, en el exterior, con otra persona a la que creemos más capaz de hacernos feliz que a nuestro propio yo, a nuestro ego, a nuestra soledad, a nuestro ser mismo.

Me doy cuenta de que a veces no nos detenemos a pensar en que los complementos más importantes y las situaciones que más nos hacen felices están justo a nuestro lado, sentados con nosotras cada día, cada mes, cada año, esperando un afortunado recuentro, y nosotras, ilusas, buscamos a esa persona tan especial, en seres distantes, y no nos damos cuenta que no hace falta viajar tanto para encontrar lo que necesitamos, con vagar a veces es suficiente para darse cuenta de que las mejores detalles de la vida, son las que creemos las más insignificantes.

Espero poder pasar más momentos como hoy, junto a  mi hijo y por supuesto, con mi soledad.

 

Andaba yo sumergida en mis pensamientos de camino a la casa cuestionándome sobre por qué últimamente tenía tantas ideas y tan poco tiempo para escribirlas.

Me gusta mucho escribir, sólo que por desgracia tengo que invertir gran parte de mi tiempo haciendo otras cosas, como por ejemplo, trabajando, atendiendo la casa o simplemente descansando..

Estaba yo manejando mirando la carretera sucia y desgastada que parece rociada de hoyancos cuando empecé a echar cálculos.

No soy muy dada a distraerme con las matemáticas y los cálculos al manejar, sólo que la situación requería un esfuerzo.

Me dije a mi misma: invierto diariamente unas diez horas laborando, y dos horas para ir y venir de él trabajo, cuatro horas en la cocina  y haciendo los deberes y demás necesidades vitales, por lo que empleo 16 horas en hacer cosas que me absorben.

Después me paré a pensar en las horas que utilizo para dormir.

Normalmente me acuesto a las 10.00 de la noche, y me levanto a las 4.00 de la mañana por lo que empleo seis horas en sosegarme.

Si mis cálculos no me fallan, en total gasto veintidós horas en hacer cosas que me apartan de la escritura.

De esas horas que utilizo, me quedan tan sólo dos hora para completar el día.

¡Ojala el día tuviera veintiocho horas!

Sólo que no, el día tiene veinticuatro horas, y de esas veinticuatro horas sólo dos escasas horas para poder desahogarme escribiendo aquello que pretendo que lean.

 

Entre tantos pensamientos y cálculos atravesé la cortina de la presa Abelardo L Rodríguez aquí en Tijuana, cuando, cual fue mi sorpresa al mirar en el tablero del pick up, que la aguja de la gasolina indicaba tanque vació.

Me quede helada y paralizada, la gasolinera para recargar se había quedado atrás.

En unos instantes más el motor tosería hasta detenerse, me imaginaba la incomodidad de viajar en transporte público soportando el rechazo del conductor y pasajeros por el olor de la gasolina.

Continué a la máxima velocidad que  el camino me permitía, sentía a cada instante que me quedaba tirada en carretera.

Por fin llegue a la estación de servicio más próxima donde me sentí cansada en uno de los bombas despachadoras y comencé a escribir ideas absurdas que una vez más me habían hecho perder un poco más de mi precioso tiempo.

Es increíble poder disfrutar del placer de sentarme  y ponerme a relatar, a escribir esas cosas que me pasan por como una luz al final de un túnel oscuro, y de esa forma, expresarme, sin tener que medir las palabras y actuando de una forma libre y totalmente propia.

Sólo hay algo que es todavía más satisfactorio que eso, es el placer de leer cada uno de los comentarios.

Un día, no recuerdo bien por qué, me gano el deseo de expresar lo que creo y lo que siento, y qué mejor forma que intentando mostrar aquellas cosas que fluyen por mí ser con vida propia.

Siempre que el tiempo me lo ha permitido, he intentado dejar aquí, un poquito más de mi ser y de mi yo, un poquito más de ese sentimiento que noto que necesito sacar y mostrar al exterior, un poquito más de esa rabia que me lleva a escribir todo aquello que veo, oigo y que siento, aquello que afortunadamente o desafortunadamente paso, y que por lo tanto vivo.

No me hubiera podido imaginar que mi voz, mis palabras, pudieran influir a la gente, cada uno de sus comentarios, es un puñado de oxígeno en mi vida, un puñado de fuerza y animo para seguir escribiendo.

Es bonito ver como pasan los días y como cada día sigue ahí esa pequeña parte de ti que todo el mundo con un simple clic puede ver y visitar, y también, por supuesto, opinar y contradecir, que espero que se multipliquen por más y más entradas donde poder decir simplemente lo que mi corazón y mi alma me susurran.

Mientras que exista este sitio, existiré yo, y por tanto parte de mí ser y de mis sentimientos estarán aquí junto a cada uno de los que de vez en cuando transita este lugar y comparten parte de sus palabras y de su ser con los demás.

Todavía queda mucho por decir, y mucho por escuchar.

 

Gracias Andrea Guadalupe.



                                              Andrea Guadalupe.

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Tijuana BC Sep/009.                  Atracción espontánea.

 

 

Siento un calor insoportable, tanto que las yemas de mis dedos se pegan a las piezas del teclado y me impiden escribir.

 No puedo aguantar más este tiempo, es una extraña presión que noto que necesito despedir y que veo que posiblemente jamás podré.

Tal vez no sea sólo calor.

Tengo  el día pensando en ti.

Recuerdo perfectamente la primera vez que te vi.

No puedo parar de recordar aquellos instantes.

Tenía tantas ganas de verte que ahora que no estoy a tu lado me imagino que actúas en el teatro de mi corazón de actriz; sí, de artista y ahí estoy: sola, sentada en la primera localidad de la primera fila, observándote sin apartar ni un instante la mirada, observando y sonriendo de alegría, de entusiasmo, de felicidad; reproduciendo cada escena de aquel día que pasó.

Recordando cada movimiento, cada sonrisa, cada mirada.

Cada surco de tu piel o cada hebra de tu cabello.

Encontrándome de nuevo con tu mirada y adivinando en tus ojos, descubriendo un nuevo mundo, una nueva vida, descubriéndote a ti. .

Ese día fue muy especial para mí, lo fue porque descubrí algo que jamás había desenmascarado.

Yo creo en la soledad, en mi ego, en mí.

Hasta que llegaste tú y la creencia se arrastro por el suelo y se perdió entre tanto calor.

Nunca pensé que llegaría ese día, yo era feliz conmigo misma y con mi soledad, sabía que no necesitaría más nada si estaba con ella, aunque no sabía cuanto tiempo duraría su compañía.

Ese día lo supe.

Mi soledad se fue, desapareció, se perdió… llámalo como quieras, solo sé que no he vuelto a saber nada más de ella desde ese día.

Aquí estoy, sola, completamente sola, y tú estás ahí, lejos, demasiado lejos.

Cerca., no tan cerca como desearía.

Eso es todo, me abandono, jamás había echo algo así, un buen día, aquel buen día, desapareció. Sé acabaron los largos paseos tomada de su mano, las preguntas que me hacía y los buenos recuerdos que las dos guardábamos.

Todo se esfumo, y se esfumo ese día, por ti.

Antes de irse, mi soledad me susurro unas palabras al oído, unas palabras que nunca olvidaré y que siempre permanecerán  junto a mi: "La soledad es y será siempre tu mejor acompañante, la soledad no es ausencia de compañía, si no abundancia, sólo que la soledad es incapaz de hacer sentir lo que nuestro amigo el amor te hará descubrir"

No dijo más, en voz baja y lentamente susurro a mi oído sus últimas palabras y se fue, voló tan alto que la perdí entre la inmensidad de las nubes.

Jamás pensé que me dejaría, aunque poco a poco voy descubriendo que la soledad no es eterna. Y aquí sigo, sola,  buscando una salida, buscando liberarme de esta cadena que me ata y que no me deja salir.

Tal vez mi soledad se fue porque sabía que ya jamás volvería a necesitarla.

Ese día encontré una nueva compañera, una nueva aliada, una nueva amiga, cualquier sobrenombre es valido.

Ese día te encontré a ti.

Vi en tus ojos lo que nunca he visto y lo que ahora no puedo parar de ver…Amor.

En cuanto te vi, supe que tenía que conócete.

Fue una tarde paseando por las calles de la ciudad, yo caminaba sin rumbo, intentando huir de mi soledad, cuando ella se cruzó en mi camino.

Caminaba despacio con la mirada perdida en el suelo.

No sabía quién era, no sabía cómo se llamaba, sólo que me atraía.

Es difícil explicarle a una desconocida que, te sientes atraída por ella.

Que desde que la has visto, no has podido apartarle la mirada, que cuando camina, desprende una fragancia que se apodera de cada parte de tu cuerpo y te vuelve frágil.

Que no es amor a primera vista, aunque tampoco a segunda, que simplemente, es una locura.

No me podía irme sin conocerla, si dejaba pasar esa oportunidad, jamás volvería a verla.

Tenía que conseguir que se fijara en mí y creyera que todo había sido de forma casual.

La seguí a unos tres o cuatros metros de distancia.

Únicamente le veía la espalda, y era tan hermosa…  como si el mundo a su alrededor no le perteneciera y viviera en un mundo imaginario donde sólo existía ella.

Minutos más tarde, se detuvo en una tienda de ropa, después de mirar el aparador, entró.

Había llegado a su destino.

Esperé un momento fuera, para no levantar sospechas, poco después entré en la tienda.

Cuando entras a una tienda de ropa para mujeres, eres consciente de haber dejado el mundo habitual y ocupar un espacio fantástico, que tú y nada más que tú, controlas.

Las tiendas de ropa interior femenina son semejantes a los cines porno.

La gente jamás levanta la vista para observar a los demás.

Las compradoras habituales no acudimos en grupos, sino individualmente, bajo ideologías y vestimentas que sólo nosotras entendemos.

Fue directa a uno de los anaqueles que estaban situados a la izquierda de la tienda, anduvo buscando entre las gavetas y al rato, con una sonrisa en los labios, sacó un fino ejemplar.

Parecía muy feliz, como si hubiese encontrado un tesoro, un diario secreto o un boleto ganador de lotería.

Soltó la lindura de camisón  durante un instante, mientras acudía a preguntar algo la dependiente.

Fue entonces cuando entré en escena y me convertí en protagonista de aquella historia, era mi oportunidad, mi única oportunidad.

Con paso ligero me acerqué al estante y como quien no quiere la cosa, tome cuidadosamente el modelito que la chica acababa de devolver a la estantería.

En cuanto las finas telas y encajes tocaron mi mano, la chica dejó de hablar con la dependiente y se acercó, algo triste, hacia mí.

Oye, oye, eso es mío, dijo con la mirada clavada en el camisón mientras se acercaba a mí.

¿El qué? Dije haciéndome la tonta.

Eso, gritó, señalando la ropa.

Lo siento, lo voy a comprar, le contesté

No, por favor, no… dijo con tono preocupado,… lo tenía yo…sólo he ido un momento a preguntarle la dependiente el precio.  

Observé el camisón, que por cierto era de estilo juvenil, fresco, lindo, y fingiendo contesté:

Bueno, mira, podemos hacer una cosa.

Tú lo compras, le dije mientras le entregaba la prenda y yo te invito a tomar un café, ¿te parece?

Ella Sonrió.

La acompañé hasta la caja y después de pagar, salimos de la tienda.

Por el camino me dijo que le había salido más caro de lo que pensaba.

Le contesté que a quien le había salido caro todo aquel asunto era a mí, que encima tenía que invitarla a tomar un café.

No dejaba de mirarme mientras hablaba, cuando nuestras miradas se encontraban, ella apartaba la suya rápido, como si sintiera vergüenza.

Nos sentamos en una cafetería.

Tenia unos ojos cafés de un brillo intenso; un pelo rizado marrón, recogido en un perfecto moño.

Sus labios parecían arcilla maleable a los que una artesana disfrutara dado forma.

Imaginé como las yemas de mis dedos formaban sus bordes.

¿Tengo algo en los labios?, pregunto limpiándoselos con una servilleta.

 No, no… respondí con algo de vergüenza, los estaba mirando, son preciosos.

Se sonrojó un poco.

Las dos reímos, me miró y me expuso una pregunta que le había estado rondando por la cabeza desde que nos conocimos.

Y tú,… ¿en qué crees?

¿En qué creo?, repetí sin entenderla muy bien

Sí, todo el mundo cree en algo: en Dios, en el dinero, en el amor, en el sexo, en el triunfo…

En algo tienes que creer.

Yo creo en la atracción espontánea, respondí.

¿Y eso qué es?

Me acerqué a darle un beso y nuestros ojos se cerraron mientras mis labios, desesperados y hambrientos, comenzaron a moldear los suyos apasionadamente…

 

Andrea Guadalupe.

 

 

 


                                              Andrea Guadalupe.

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domingo, septiembre 13

Pedacitos de miradas o de ilusiones

Tijuana BC Sep/009.   Pedacitos de miradas o de ilusiones

 

 

Llegue a esta página Web de prisa, buscando un lugar que me dejara sacar adelante la idea de crear y escribir por el disfrute de garabatear.

Llegué sabiendo que podía desaparecer el impulso inicial.

Una vez registrada, publiqué un pequeño post, a modo de introducción, a modo de compromiso para seguir escribiendo, ya no podía dar marcha atrás.

Ahora me siento orgullosa de mi espacio virtual.

Revisándolo me he dado cuenta de mi evolución.

Creo que he pasado por una etapa amarga en la que he maldecido una mala suerte injusta, que al final ni fue mala ni fue suerte ni fue injusta para, ahora, sentarme tranquila en este temor que nunca debí abandonar.

He escrito también intentando reflejar lo complejo y personal que puede ser el amor o el odio, la alegría o la tristeza, la reflexión.

He dejado claro que me gusta vivir, la narrativa y que  escribir bien es un arte que no domino.

Mis palabras escritas, son diarios personales abiertos, declaraciones, a veces, del alter ego que guardo en el ropero; testigo de mis errores, de mis ataques de felicidad; alimento de mi vanidad; ejército de mi mala o buena voluntad.

 

Gracias a quienes visitan este espacio habitualmente, a quienes lo han visitado buscando alguna cosa, a los que se han confundido de autora, a los que entran para ver qué tal estoy, a los que lo visitan para confirmarse que no les gusto.

A todos, muchas gracias, sin sus visitas, personalmente, esto no tendría sentido.

 

No sé cuántas veces he vuelto a empezar ni si esta es mi tercer o cuarta vez que vuelvo a nacer, por decisión propia, empujada por la triste muerte de mis acontecimientos.

Es curioso, me siento dispuesta de nuevo a caminar sospechando que tras una esquina me sorprenderá el destino, ese que te golpea y te limpia, o quizás te nuble, la ilusión virginal de ponerse el mundo por pañoleta.

Mis acontecimientos murieron una noche, a eso de las doce, cuando la ruleta de mi fortuna salió negro par y otra vez ganó la banca y otra vez perdí mis secretos.

Sólo que, qué más da eso ahora, cualquiera tiene  una noche en la que, a eso de las doce, se nos mueren las hechos.

Lo importante aquí es que quise nacer otra vez y no morirme para siempre.

Lo importante aquí es que ya no le tengo miedo a morirme otra vez.

Todas tenemos una noche en la que, a eso de las doce, nos da por brindar a la salud de nuestra mala suerte.

 

Es cierto que tan sólo son palabras y que como tales pueden invocar a la suerte para que las recuerdes.

Son pedacitos de miradas o de ilusiones tal vez que, con sus acentos, son comas, sus giros que las peinan, pretenden desfilar ante tus ojos.

Buscan destacar unas sobre otras, brillar por encima de los artículos y adverbios, presentarte a sus adjetivos del alma, todo con tal de que les prestes atención.

Porque su vida es simple y corta y, tal vez, tu mirada no se detenga ni un segundo en el cuerpo de esas palabras.

Sólo que aun así pretenden ser tus amigas, tus confidentes, tus maestras.

No pretendo obligarte a que mis palabras sean siempre de tu agrado porque, reconozco que, a veces, de entre todas las que existen escojo las menos expresivas.

Da igual que me esfuerce en ensayar con ellas, en instruirlas para que reciten solas el mensaje que intento, en guiarlas hasta la puerta de tu atención.

A veces el mensaje que quiero escribir es una tarea demasiado complicada para las palabras aspirantes que elijo.

Y aún a pesar de mis fallos, quiero decirte que mis palabras son meditadas con el mayor de los cuidados, porque cada una de ellas, ya lo dije antes, lleva un pedacito de mi mirada o de ilusión, que quiero regalarte.

La próxima vez que llamen a tu puerta o suene tu teléfono, abre o contesta, porque puede ser una de mis frases dispuesta a recitarte lo que tanto tiempo ensayó conmigo.

Gracias. Andrea Guadalupe.



                                              Andrea Guadalupe.

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domingo, septiembre 6

Es preferible soñar.

Tijuana BC Sep/009.   Es preferible soñar.

 

No sé hace cuanto tiempo tengo que dormir abrazando una almohada en mi cama.

Cuando apago la luz y me acomodo para dormir, siento como alguien se acuesta a mi lado y me pregunta: ¿Por qué?

Su voz es la misma que a veces me grita cuando descubro algún recuerdo olvidado en mi memoria, o le oigo llorar cuando encuentro alguna foto entre las páginas de un libro que alguna vez significo mucho en mi vida.  

Sólo una vez logré ver quien era.

Era la misma criatura que en ocasiones veo  reflejada en el espejo  o se asoma en alguna vitrina.

Una vez fui esa criatura, sólo que acabó consumiéndose, ahogándose en sus metas  y en su esperanza en las revoluciones lentas de conciencias.

Y ahora regresa con ánimos de no  dejarme dormir tranquila.

Quizá cuando me pregunta ese porqué, quiera saber que fue lo que hizo que la dejara morir. Aunque yo  me callaré y la dejaré dormir esa noche conmigo.

Tal vez desde su odio me quiera, y cuando me quiera me perdonará.

 

Confieso que estoy  preocupada.

Nunca se me ha roto el corazón, no he tenido el corazón en un puño, tampoco se me ha subido el corazón a la garganta, o me ha danzado el corazón en el pecho.

De ningún modo me ha dado un giro el corazón.

No he tenido jamás corazonadas, así como no he abierto mi corazón a nadie; no he asegurado nada con el corazón en la mano, o con la mano en el corazón.

No he hecho nunca de tripas corazón, no tengo un corazón de oro o de piedra.

Jamás he amado de todo corazón... Lo que sí noto es que mi corazón late, reparte la sangre por el cuerpo y hace mucho ruido.

¿Es suficiente?

 

Aprovechaba cualquier oportunidad para embobarme con su foto durante unos segundos.

Mirar esas facciones que, al principio, me habían parecido abundantes.

 Dos ojos, una nariz, una boca, todo con estilo, eso sí.

Más tarde, según me iba enamorando, resultó ser la perfección en cuanto a fisonomías se refiere, presencia que se transformó otra vez en una más, justo después de que me dejara.

Quienes la conocieron, dicen que siempre ha tenido las mismas facciones, sólo que yo no he tenido los mismos ojos. ¿Será eso?

Y su foto se quedó escondida entre mis documentos en mi bolso.

Saltó un día por casualidad de su escondite y  en vez de tirarla, o lo que se haga con las fotos de quienes has querido pero ya no puedes, la guardé otra vez.

Y me sorprendí a mí misma observándola para después insultarme y decirme que tenía que acordarme de olvidarla.

Me pareció absurdo andar corriendo delante de mi sombra para que no me descubriera mirando la foto.

Así que decidí enfrentar la situación.

Y me propuse soñar con ella otra vez y preguntarle qué debía hacer  para no estar como estaba.

Y esa noche en mis sueños apareció, guapa como la recordaba y poco más.

En cuanto me vio, me tumbó sobre la cama y me ordenó que no dijera una palabra.

Se inclinó sobre mí y empezó a recorrerme con sus manos; desde el cuello fue bajando por mi pecho, desabotonando la blusa, soltando la falda, entonces se paró repentinamente, me miró y sonrió como ella sólo sabía.

Y sin más sacó de mi bolso la foto y se fue.

Siempre tuvo mucho carácter.

 

Desde ese día me dejó arrullar por unos ojos negros y brillantes o, tal vez, claros y profundos.

Me dejó llevar de la mano de las miradas hiriente como el hielo a veces, otras, dolorosas como una rosa de funeral y unas más, ficticias, como un primero de enero.

Y así esos ojos sin fin se volvieron retiros, se tornaron oasis, se mudaron en playa para mis naufragios y en sueños para una insomne.

Así, hipnotizada de utopías comprendí porqué la humanidad tiene miedo a la muerte.

Y cerré los ojos para despertar más tarde en el mismo lugar, sólo que con aires de pesadilla, porque esos ojos sin fin ya no estaban.

Se fueron mientras dormía y me dejaron como antes, en medio de un escandaloso silencio y una soledad espantosa.

Y un día alguien encendió la luz que aquellos ojos habían apagado, me reescribió la memoria y me quitó de los hombros el cargo de conciencia.

Me abrió la puerta de la calle y empujó para volviera a buscar otra mentira con ojos sin fin, otra ilusión que me acunara y que quizás también me robaría un trozo de su alma.

Aunque asimilé que el alma es infinita, que se parece a una rara piedra preciosa, que hay quienes saben valorarla y quienes no, que siempre la vida da oportunidades para cerrar heridas y que entre soñar y el dolor del despertar, es preferible el soñar.

Andrea Guadalupe.

 

 

 

 



                                              Andrea Guadalupe.

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Muerta desde entonces


Tijuana BC SEP/009.       Muerta  desde entonces

Las horas, los días, los años pasan, a su ritmo, ilusionados por su seguridad de sólo mirar hacia delante.

Atrás van quedando las pasadas metas, aquellos espejismos nacidos de un mundo solitario, de un mundo que se antojaba enorme.

Se murieron muchos de esos sueños cuando el aire los tocó, ese aire viciado de ser respirado tantas veces a través de tantos años, por gente distinta que al final era la misma.

Se murieron y descansan en paz o en el olvido quizá.

 Sólo que quedan los hijos de esos sueños, algunos se dedican a vengar la muerte de sus progenitores y otros se olvidan de donde salieron.

Y el tiempo sigue andando, a su ritmo, atropellando diferencias y almas que se atrevieron a ponerse en su camino, guiadas por la falsa luz de la esperanza en un cambio a mejor, sin detenerse a pensar que no merece la pena morir por nada.

Nadie se acordará de nadie cuando el tiempo pase.

 

Me acomodé sobre las vías a esperar la muerte.

La misma muerte que frecuentemente rondaba mi vida, sólo que nunca me había rendido a dejarla entrar.

Me acosté  mirando al cielo, como quien está cansada y sólo espera a que el sueño le apague el pensamiento.

 Esperando al pesado ferrocarril que se llevaría mi dolor, dejando atrás el cuerpo destrozado con el que diría adiós, agitando al viento un ensangrentado pañuelo.

Me había escondido para tomar mi último tren.

Señalan que soy cobarde, que nunca nada es tan malo como para acabar de esa manera, que la vida no es un jardín lleno de flores, sino un extendido campo de batalla donde unos empuñan espadas de oro, y otros luchan con piedras.

Existen opiniones que expresan que una es digna de retirarse de la vida cuando ya no tiene nada por lo que luchar.

Había salido de la casa después del desayuno, frente a una mesa sin cariño y abundante de café.

Sin algún familiar que lograra poner una sonrisa en mi rostro, o que frecuentara mi estéril compañía.

Hacía demasiado tiempo que no pasaba nada extraordinario, la rutina era un ritmo de días ingratos.

Quise dar una vuelta por el centro de la ciudad, tal vez con la secreta intención de que algo o alguien pusieran en indecisión la idea de morir, que me obligara a buscar la cura para un corazón seco de no latir.

Camine por  las plazas tratando de encontrar gente agradable sentada en los bancos; recorrí sin prisa las avenidas, atenta a algún conocido con quien romper el silencio y volver la hoja, quitar esas telas de araña que desde la mente colgaban hasta mi boca.

Incluso busque las figuras de personas que un día admire

Una simple conocida, una amistad, habría enfriado y puesto en orden mis locas ideas, o tal vez, me habrían convencido para tomar pastillas que me llevaran al sueño eterno.

Vagaba dispuesta a que algo inesperado me desviara a continuar con vida, o simplemente demoraba el camino trazado especialmente para el día, con un objetivo claro del fin que me había propuesto.

Empecé a caminar llevando la cuenta de mis pasos en mente, y en cada uno encontraba una razón más para despreciar la vida.

 Una suicida a veces es lo mismo que una asesina.

Hay asesinas que, literalmente o no, matan a personas por desprecio a su propia vida.

Y hoy, yo iba a ser mi primera y última victima.

 Camine con decisión fuera de la ciudad, por las veredas que se extienden a lo largo de la carretera, y ya cansada de buscar en las calles en las que nunca había encontrado nada, me oculté  para sumirme en mis últimos pensamientos, que no se supo jamás, si fueron para afinar detalles o para evadirme de lo que se planeaba a hacer.

Poco más tarde, me tumbaba sobre los rieles para esperar a ese tren mientras rezaba para que, por una vez en la vida, no se escapara ese también.

Con los ojos cerrados sólo podía sentir el viento en mi cara.

Y sólo oía mi propia voz en mi cabeza.

No tenía miedo, estaba segura, era eso lo que quería hacer con mi vida.

Por fin había encontrado la respuesta a la pregunta que me hacía constantemente.

Y la respuesta era que no quería vivir.

 

Estaba cansada de no ser nadie o en el mejor de los casos, de ser una copia de alguien que a su vez era la copia de alguna otra.

Me cansé de sentirme extraña cuando soñaba y de sentirme vacía de ilusión.

Por eso lo hice, avisé,  nadie me entendió.

Nunca hablé el mismo idioma que los demás en el fondo.

Por eso lo hice.

Abrí los ojos, aunque no sabía si tenía los párpados abiertos o cerrados.

No sabía si tenía cuerpo, porque no era no sentirlo, era no acordarme de si lo tuve.

Sólo apreciaba mi propia voz.

Nada más, no escuchaba nada, me había convertido en una continuación de preguntas y pensamientos.

Pensé que eso debía ser el infierno, al fin y al cabo, me había suicidado y era ahí a donde iban las suicidas me dijeron una vez en la iglesia.

Y tenía lógica, ¿Qué peor tormento que una eternidad en dónde sólo puedes escuchar tus pensamientos?

La mayoría de los vivos huyen de quedarse a solas consigo mismos.

Recordé los motivos que me llevaron a no creer en ninguna religión.

¿Me había equivocado?

Tal vez de haber tenido una vida llena de alegrías, de momentos felices, de metas cumplidas, ahora también sería feliz recordando.

Sólo que no hice nada, busque complicaciones a todo y me escudé en mis planes rotos para no organizar nuevos.

Estaba muerta  desde entonces de alguna manera.

Y ahora tengo la eternidad por delante para arrepentirme

Quizás no sepa lo que diga.

Andrea Guadalupe.

 

                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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sábado, septiembre 5

Las cicatrices no se borran.


 

Tijuana BC Sep/009.  Las cicatrices no se borran.

 

El penetrante olor a carne descompuesta inundaba el ambiente.

¡Huele a perro agusanado!...!Que peste!

Así van a ir apareciendo los muertos, escuche decir mientras me cubría la nariz con el ante brazo.

Mi guía suspiro profundamente, mientras recordaba en voz alta los momentos cuando paramilitares cargaron a quienes señalaron como rebeldes, cuando los treparon para reventarlos lejos, en el lugar donde ya habían preparado las fosas.

Los llevaron en un camión, lejos por una brecha, mi hijo pudo saltar y esconderse, entonces una patrulla se separo de la caravana para darle alcance.

Sólo que el anduvo aprovechando que las piedras grandes no dejaban que se metan las trocas.

Lo persiguieron, le dieron carrilla hasta meterle un balazo.

A todos se los fueron llevando, sólo dejaron a los ancianos, niños y a las esposas.

Querían acabar con los hombres.

En las tumbas colectivas, van a ir encontrando las viudas a sus hombres, los hijos a sus padres, los padres a sus hijos.

El mío pudo saltar y correr para esconderse.

Una pareja de paramilitares lo busco por diversión.

¿Qué podía costarles haberlo dejado que huyera?

Sólo que no, estuvieron siguiendo sus huellas, olfateándolo, jugando, divirtiéndose.

Lo obligaron a tragar hierbas mientras huía, a dormir con el corazón palpitante,

Y cuando se tranquilizaba, lanzaban un tiro al aire para verlo correr. Tropezar, levantarse para volver a caer.

Por la noche, los vigilantes, lanzaban disparos cerca de su escondite…lo enloquecieron.

La pareja de para militares, se divertía en el centro de una guerra sin sentido.

Mientras sus compañeros expulsaban de nuestro territorio a los paisanos, ellos perseguían a mi hijo que corría agotado y sin rumbo.

Sus fuerzas desvanecidas hicieron aburrida la cacería del hombre.

Fue cuando la pareja se enfado de perseguirlo y aquí mismo lo mataron.

De nada sirvió verlo vencido.

Lo obligaron a  hacer con sus manos su fosa para ya no arrastrarlo luego, mientras él, con sus gritos cansados, pedía clemencia.

Los malditos, notificaron por radio que habían cumplido, lo dejaron escuchar que ya lo daban por muerto, cuando aun estaba vivo y difícilmente respiraba.

Entonces lo mataron, le echaron encima escombro y se fueron.

¡No cubrieron bien siquiera el cuerpo!, expreso el chiquillo.

De haber puesto atención, le habríamos visto desde un principio.

¿Cuánto tiempo no le hemos buscado?

Tantos días, qué ya se pierde la cuenta.

Nada es igual después de una guerra.

Los padres se quedan sin hijos, los hijos sin padres, y por más que se quiera lavar la sangre derramada, el olor queda en el ambiente.

Las cicatrices no se borran.

Después, sólo después, se encuentran los cadáveres al paso, los perros sin rumbo, buscando a sus amos, las moscas verdes…la sangre.

Ya no se puede recuperar la vida de mi hijo.

¿Cuándo podremos parar?

¿Cuándo habremos de aprender?

Esto no se acaba.

Acércate chiquillo, mira ese cuerpo que descansa bajo el montón de tierra, reconozco esos pies.

¿Le tienes miedo?

Es mi hijo, es tu padre.

¿Por qué le tienes desconfianza?     Andrea Guadalupe.

 

 

 

 

 

 


                                              Andrea Guadalupe.

                Tijuana BC. México. Tierra que abraza siempre al regreso, que cobija entre latidos  
                                            sumergidos en una busqueda natural.

                   Desde mi rincón existencial, donde el  sol nace al poniente.      

 
 




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